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El pceLa historia del PCE comienza en octubre de 1917, cuando los bolcheviques se hicieron con el poder en Rusia. El acontecimiento sacudió los cimientos del capitalismo y del movimiento obrero internacional.

En 1919 se constituyó en Moscú de la Internacional Comunista (IC), que llamó a los partidos obreros a adherirse. Poco después, las Juventudes Socialistas acordaron unirse a la naciente Internacional y, como resultado de ello, nació el Partido Comunista Español (1920). En el Congreso Extraordinario del PSOE (1921), el representante de los partidarios de unirse a la IC, Óscar Pérez Solís afirmó que, “con fe inquebrantable”, el proletariado español caminaría “por la senda áspera, pero senda de salvación” de la Internacional, bajo cuyo pabellón se acogía liderado por el naciente Partido Comunista Obrero Español.

La existencia de dos partidos se resolvió en noviembre de 1921, cuando nació el PCE fruto de la fusión del PC Español y el PCOE. Con implantación territorial limitada, su I Congreso (1922), aprobó unas tesis de carácter muy general y eligiendo secretario general a Antonio García Quejido, veterano dirigente obrero proveniente del PCOE. Su militancia era escasa y, en ocasiones, deslumbrada por el ejemplo bolchevique, actuó con un radicalismo izquierdista propio del sindicalismo revolucionario de la época: espontaneidad, indisciplina, violencia y un cierto instinto apolítico. El partido, que se decía representante y vanguardia de la clase obrera, tardó años en definir un instrumento propio para desarrollar su modelo sindical.

Poco después del II Congreso (1923), se instauró la dictadura de Primo de Rivera, obligando al partido a pasar a la clandestinidad y dificultando su crecimiento. El III Congreso (1929), celebrado en las proximidades de París, repitió fielmente las tesis emanadas de la IC. La caída de Primo de Rivera permitió que el PCE volviera a tener lentamente una limitada presencia pública, alcanzando los 5.000 militantes al inicio de los años treinta. Con estas premisas —sectarismo, debilidad orgánica, escasa reflexión teórica…— como punto de partida y una militancia reducida, el PCE recibió el 14 de abril de 1931 pronunciándose contra la república burguesa y a favor de los soviets. Sin embargo, la nueva dirección encabezada por José Díaz desde 1932 iría abandonando más adelante el camino del sectarismo y la marginalidad para convertirse, de la mano de la Internacional, en una auténtica organización de masas.
 

(Foto del periódico del Partido Comunista Español tras la celebración del I Congreso del PCE: en el extracto puede leerse "Pues a pesar de este ambiente de tragedia, de ruina y de persecuación, y desafiando todos los perligros y sorpresas, el Partido Comunista de España (S.E de la I.C) acaba de celebrar en la capital de la na...").

                                   Datos extraidos del cuadernillo "De los orígenes a la lucha guerrillera".

Durante la primera mitad de los años treinta, nuestro Partido fue una fuerza política pequeña, lastrada por su limitada base militante y su aislamiento. Después de un rápido crecimiento en el primer año de la República, la militancia del partido osciló hasta tal vez alcanzar entre 15.000 y 20.000 inscritos en 1934, en su mayoría obreros, unas cifras reducidas para la época, unidas a unos pobres resultados electorales. El partido contaba también con algunos miles de afiliados a las Juventudes, su propia fuerza sindical (CGTU) y algunos periódicos (destacando Mundo Obrero), pero adoleció de una escasa atención a la militancia femenina.

Se trataba de un partido pequeño, aislado y sin apenas influencia, una situación que derivaba en buena medida de su inicial tendencia sectaria y del radicalismo ante la República. Nuestra posición política se basó en la denuncia del nuevo régimen como una república “burguesa” y “contrarrevolucionaria”, contraria a los intereses de los obreros y campesinos, al tiempo que mantuvo una contundente oposición a los gobiernos republicano-socialistas. Seguíamos así las directrices de la III Internacional, que hasta 1934 defendió la confrontación con el “socialfascismo” y el “anarquismo pequeño-burgués”, en el marco de la política de “clase contra clase”. La táctica de alianzas, de “frente único por la base”, apenas obtuvo resultados, y la posición de combate a la República no sirvió para capitalizar el descontento obrero y campesino.

En 1932 la Comintern impulsó un recambio en la dirección del partido, lo que supuso la caída de José Bullejos y el ascenso a la secretaría general de José Díaz, al frente de un equipo renovado (Dolores Ibárruri, Mije, Hernández, Uribe, Checa…). Fue este equipo el que empezó a renovar la línea del partido desde 1933, reclamando la formación de un frente antifascista ante la alarma por el ascenso del fascismo. Así, el PCE ingresó en septiembre de 1934 en las Alianzas Obreras, junto a los socialistas, participando en la huelga general revolucionaria de Octubre de 1934. Después, las políticas reaccionarias y represivas del gobierno radical-cedista facilitaron iniciativas comunes de la izquierda y un creciente espíritu unitario, destacando la defensa por Pepe Díaz de un “bloque popular” antifascista en defensa de las libertades democráticas. Esta posición se vio refrendada y reforzada por el giro estratégico de la Internacional Comunista en su VII Congreso, cuando Dimitrov impulsó la política de formar frentes populares antifascistas que agrupasen a las fuerzas obreras y a todos los sectores progresistas y democráticos.

De este modo, cuando los socialistas y los republicanos progresistas acordaron la formación del Frente Popular, el PCE se adhirió sin reservas. Desde ese momento los comunistas españoles se convirtieron en firmes defensores de la República democrática y de la unidad del Frente Popular, con un cambio notable en el discurso del partido, desplazando el énfasis de la identidad de clase hacia una identidad colectiva más amplia, la de “pueblo trabajador”, recogiendo la tradición del discurso republicano. Supuso también la defensa del programa de la “revolución democrático-burguesa”, una formulación que no debe ocultar el fuerte contenido popular, obrero y campesino que el PCE defendía para la democracia republicana, que debía fundarse en los intereses y la participación de los sectores populares.

La nueva estrategia de amplia alianza antifascista y defensa de la república democrática permitió contribuir a la victoria electoral del Frente Popular en de febrero de 1936 -con 17 diputados del partido- y a la resistencia durante tres largos años frente al golpe reaccionario y fascista desatado desde julio de 1936. Supuso también la conversión del PCE en un partido de masas, con más de 100.000 militantes en vísperas de la guerra, (además de decenas de miles en las nacientes Juventudes Socialistas Unificadas), dando al partido una destacada posición política, hasta llegar a ser el primer baluarte en la defensa de la democracia republicana durante los años siguientes.

(En la foto: Pepe Díaz en el centro rodeado de Dolores Ibarruri, Pedro Checa, Luis Cabo, César Falcón, Antonio Mije, Rodrigo Lara y Jesús Hernández.)

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El PCE se convirtió durante la guerra civil en un partido de masas y en el principal sostén de la lucha contra el fascismo, en defensa de la República democrática. Indiscutiblemente, formaba parte de una estructura internacional, la Komintern, pero al mismo tiempo tuvo que enfrentarse a una situación muy dinámica como fue la guerra. La necesidad de reaccionar ante situaciones cambiantes situó al partido a veces ante un tiempo político y una táctica que no resultaron coincidentes con las que convenían a la estrategia soviética, interesada sobre todo en mantener el conflicto dentro de los parámetros de contención antifascista y de articulación de un sistema internacional de seguridad destinado a prevenir el expansionismo alemán, por lo que convenía no alarmar a las potencias occidentales. Esto ocurrió con la incorporación al gobierno de la República, por primera vez, de dos ministros comunistas, Vicente Uribe y Jesús Hernandez, una decisión interna no prevista en la estrategia de la Internacional Comunista, que prefería -como en el caso del Frente Popular francés- proporcionar apoyo externo sin participación en el gabinete.

Sin dejar de reclamarse como un partido de la Revolución (con mayúscula), el PCE se convirtió en un sólido baluarte de la defensa del republicanismo progresista fundacional. Frente a las tendencias que pretendieron materializar esa revolución desde una perspectiva micro (transformaciones radicales de la economía, la sociedad y las relaciones de producción a escala local), los comunistas supieron entender el enfoque macro, leer la guerra como una lucha agónica total y proponer la articulación de los instrumentos necesarios para afrontarla: un ejército popular disciplinado, con un mando único y una potente industria de guerra.  En ese proceso, el partido se vio abocado a la triple tensión de, simultáneamente, sostener al gobierno, disputarse el espacio de la izquierda con otras fuerzas concurrentes y contener las pulsiones internas de algunos de sus sectores radicalizados. Nada de ello resultó en un equilibrio fácil de sostener, como se vio en mayo de 1937 y en los meses previos al golpe de Casado.

El PCE fue un partido cuya militancia creció de forma exponencial durante la guerra, pero que nunca pudo dar el salto cualitativo de controlar y encuadrar con eficacia a todos los que pedían su carnet y transformar a una masa de simpatizantes y afiliados en un organizado contingente de activistas. Movilizó a distintas capas de la sociedad española en torno a los valores de un ideario republicano de izquierdas (revolución democrática, reforma agraria, derechos para los trabajadores, educación popular, protagonismo de la mujer y de la juventud) del que supo convertirse en máximo exponente al ocupar un lugar de centralidad en la política del momento, explotando los instrumentos de la movilización de masas en el contexto de una guerra total moderna.

Se nutrió no solo de organizaciones del entorno tales como los Amigos de la URSS, el Socorro Rojo, Mujeres Antifascistas, JSU, etc. sino también de socialistas, republicanos de izquierda y, sobre todo, gentes sin experiencia militante previa, jóvenes y mujeres. Hombres jóvenes movilizados en filas, educados en la propaganda activa y forjados en los valores del nuevo Ejército Popular. Y mujeres que se sumaban con entusiasmo a cubrir los puestos de retaguardia, en las fábricas y en las células.

Por primera vez, el compromiso político ofrecía a las mujeres jóvenes otra forma de vida y sociabilidad que no eran las tradicionales casa, familia e iglesia. La militancia comunista fue la forma en que muchas mujeres jóvenes tuvieron acceso a la modernidad bajo la República en guerra. Este es el aspecto más significativo, hasta el punto de que se puede afirmar sin lugar a dudas que el PCE fue el partido más rejuvenecido y feminizado de la República en guerra.

El PCE fue un partido con vocación de poder, esencial en los principales aparatos del Estado, pero que hubo de retraerse por imperativo superior de asumir dicho poder, de acuerdo con las consignas de la Internacional y el objetivo de mantener el pluralismo frentepopulista. Al final de la guerra, fue la fuerza fundamental para el sostenimiento del gobierno de Juan Negrín y su política de resistencia, cargando con la animadversión de los partidarios de la capitulación, que llevaron al colapso de la República en marzo de 1939.

(En la foto: milicianas y milicianos del V Regimiento en el famoso patio del convento de Francos Rodríguez.)

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Discurso de José Díaz en 1936

Cuatro palabras definen la historia de nuestro Partido en este periodo: represión, clandestinidad, exilio y guerrilla.

La victoria de Franco en 1939 extendió e impuso en todo el país la dictadura fascista ya puesta en práctica en la España sublevada. La persecución franquista se ensañó con el PCE por su anticomunismo visceral, pero también por ser la organización que resistió hasta el final contra el fascismo español.

Una parte importante de los cuadros comunistas estaban presos antes de entrar las tropas franquistas en Madrid, debido a su oposición al golpe del coronel Casado, defendiendo la legitimidad encarnada en el gobierno de Juan Negrín. Otros, que no habían logrado salir del puerto de Alicante, fueron apresados en el campo de los Almendros y después en el de Albatera. Otros arriesgaron su vida escapando para reorganizar el partido en Madrid y por todo el país.

Con muchos de los militantes fusilados o encarcelados, muchas militantes, sobre todo chicas jóvenes, asumieron un papel destacado en las redes clandestinas orientadas a reorganizar el partido y dar ayuda a los presos y los escondidos. El riesgo era enorme, pues cada reorganización en clandestinidad (ya fuera local, provincial, regional o nacional: Comisión Central Reorganizadora de Madrid, Heriberto Quiñones, etc., impulsada desde el interior o desde el exilio), apenas perduró, porque una tras otra fue cayendo en manos de la Brigada Político Social, que entregaba a las personas detenidas a la justicia militar, siendo muchas condenadas a muerte en consejos de guerra sin ninguna garantía ni derecho a elegir abogado defensor.

La inmensa prisión en que se convirtió la España de Franco fusiló, encerró, explotó el trabajo forzado, expulsó de su empleo, expropió los bienes o sancionó con cuantiosas multas a decenas de miles de comunistas y centenares de miles de españoles. Los presos organizaron estructuras del Partido para mantener la entereza y la dignidad como presos políticos, coordinar la solidaridad interna y externa a través del Socorro Rojo, resistir frente al régimen franquista (protestas como huelgas de hambre de las mujeres en los penales de Ventas y Segovia) y ayudar con asesoría judicial a las presas (desde abril de 1939 funcionó en Ventas un servicio organizado por Matilde Landa, castigada con el traslado a la cárcel de Mallorca).

La persecución política estuvo militarizada hasta la condena a Julián Grimau en 1963. A partir de entonces se estableció el Tribunal de Orden Público, órgano de excepción con jueces civiles para perseguir a la oposición política y sindical, protagonizada principalmente por el PCE y las recién nacidas Comisiones Obreras.

La dirigencia y la militancia del partido que pudo huir de la represión franquista se repartió entre la URSS (donde estuvo el núcleo dirigente con José Díaz, sustituido a su muerte por Dolores Ibárruri), Francia, el norte de África francesa y México. El PCE quedó aislado del resto de fuerzas republicanas y de izquierda durante un tiempo debido al pacto germano-soviético de 1939 y al enfrentamiento final con socialistas y anarquistas por el golpe de Casado.

Aunque ya existió guerrilla activa durante la guerra y la primera posguerra, ésta se desarrolló especialmente a partir de 1944. En ella participaron huidos al monte junto a guerrilleros venidos de Francia con larga trayectoria de lucha contra la ocupación nazi a través de la Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE), mayoritariamente comunista, integrada en las Fuerzas Francesas del Interior. Liberada Francia, el exilio español esperaba de los aliados occidentales la misma ayuda que éstos habían prestado a las guerrillas de otros países.

Pero ese apoyo nunca llegó y el PCE organizó con los miles de guerrilleros concentrados en Francia la Operación Reconquista de España, con la invasión del valle de Arán en octubre de 1944. Su fracaso derivó en la distribución por todo el país de los combatientes, estructurados teóricamente en seis agrupaciones territoriales, pero carentes de suficiente coordinación entre sí y de un mando único operativo.

La lucha heroica de guerrilleros y de enlaces (fundamentalmente mujeres) solo consiguió que fueran asesinados o encarcelados por una dictadura que se hacía fuerte con la Guerra Fría. Por ello, desde 1948 se ordenó el abandono de la lucha guerrillera -que todavía perduraría hasta entrados los años cincuenta- y se apostó por la infiltración en los sindicatos franquistas.


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El fin de la experiencia guerrillera y la prioridad otorgada a la movilización social, utilizando entre otras cosas la infiltración en las organizaciones de la dictadura (especialmente las sindicales), pronto empezaron a dar sus frutos. Las nuevas orientaciones, más apegadas al terreno, sintonizaban bien con cambios en la sociedad española, que el PCE no siempre supo interpretar adecuadamente en sus análisis, pero sí consiguió aprovechar con una práctica a la vez tenaz, flexible y realista. El V Congreso (1954) y sobre todo la Política de Reconciliación Nacional (1956) iniciaban el gran viraje, que llevaría al partido a convertirse en la fuerza hegemónica del antifranquismo.

La Reconciliación Nacional (RN) llamaba a superar la fijación en las trincheras de la Guerra Civil, que dividía a las clases populares y apenas sintonizaba con la sensibilidad de nuevas generaciones crecidas tras el conflicto. Pero pretendía, sobre todo, tejer amplias alianzas en los movimientos de masas (especialmente con sectores católicos y nuevas fuerzas emergentes) y avanzar en la unidad con otras fuerzas en el campo político, con el fin de aislar al régimen y conquistar la democracia.

La formulación de la RN coincidía, no por casualidad, con un nuevo clima nacional e internacional. En España, se sumaba al cambio de ciclo que suponían los primeros y prometedores brotes de protesta estudiantiles y, sobre todo, a la todavía lenta revitalización de las movilizaciones obreras que luego, desde 1962, se convirtieron en un factor político de primer orden. En el ámbito internacional, el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS (1956) iniciaba la compleja desestalinización y abría paso al fin del monolitismo del movimiento comunista y a la aceptación de la diversidad de vías nacionales al socialismo.

En términos generales, el PCE supo interpretar acertadamente las nuevas condiciones, pese a errores en su diagnóstico sobre la supuesta debilidad de la base social del régimen. El exceso de voluntarismo en ese sentido condujo (en 1958 y 1959) a convocatorias de movilización a fecha fija con exiguos resultados, pero que no afectaron en lo esencial a una política unitaria eficaz en el movimiento obrero y los movimientos sociales. Particularmente, el partido supo interpretar y encauzar correctamente la novedad de las primeras comisiones obreras que surgían en los conflictos más o menos “espontáneamente”. Su estabilización y regularización, junto con el aprovechamiento de los cauces legales y la infiltración en el Sindicato Vertical, fueron las bases de la Oposición Sindical impulsada por los comunistas desde finales de los años cincuenta, que en pocos años rendiría óptimos resultados. Hay que señalar asimismo el compromiso de muchas militantes en las redes de solidaridad con los encarcelados y de denuncia de la represión, una labor en la que con frecuencia se implicaron a partir de su condición de mujeres de presos.

Paralelamente a la reactivación de nuevos frentes (obrero, estudiantil, femenino, intelectual…), tuvo lugar un proceso de renovación en la dirección, que incorporó a luchadores activos dentro del país y también a la generación de dirigentes ya experimentados surgidos de la antigua Juventud Socialista Unificada. Con este cambio generacional que encarnaba, en la cúpula, la figura de Santiago Carrillo (nuevo secretario general desde 1959, mientras Dolores Ibárruri pasaba a ser presidenta), la segunda mitad de los cincuenta y los primeros sesenta fueron años de consolidación y avances indudables en la implantación del partido.

El VI Congreso (diciembre de 1959-enero de 1960) vino a refrendar la línea emprendida y a poner en marcha el diseño de nuevas tácticas de lucha. El objetivo final, en la estela de las resoluciones del XX Congreso, se cifraba en una “vía nacional al socialismo” definida como “democrática” y “pacífica”. El paso intermedio era la “salida democrática” (opuesta a la oligárquica) al régimen, mediante una ruptura política basada en un amplio movimiento social y ciudadano (la Huelga Nacional), que abriera el camino al derrocamiento de la dictadura y la apertura de una nueva etapa de democracia avanzada.

Imágenes del Archivo Histórico del PCE

Foto 1:
V Congreso del PCE, celebrado en Bucarest en 1954.
Foto 2:
Reunión del Comité Central del PCE en 1957, en la que se abordaría el debate de los sucesos húngaros del año anterior. Entre otros se pueden ver, de izda. a dcha., en primera fila a Santiago Álvarez, Simón Sánchez Montero y Tomás García; en segunda fila a Ignacio Gallego, Josep Serradel (PSUC), Julián Grimau y Dolores Ibárruri (sentada); en tercera fila se distingue a Romero Marín y a Ramón Mendezona.
Foto 3: Mesa Presidencial del VI Congreso del PCE, Praga, diciembre 1959 - enero 1960. En él Carrillo plantea la posibilidad de una vía al socialismo propia, distinta de la soviética, bajo un sistema parlamentario con pluralidad de partidos.

Más en el cuadernillo "De la Reconciliación Nacional a la crisis de la Transición"

La lucha por las libertades y en el movimiento obrero desde los años sesenta

En la década de los sesenta se produjo una notable revitalización de la lucha antifranquista, fuertemente intensificada, en la primera mitad de los setenta, con la crisis terminal del régimen. El principal desafío a la dictadura vino representado, entonces, por la movilización de la clase trabajadora, gracias a la conversión del incipiente fenómeno de las comisiones de obreros en el robusto y combativo movimiento político y social de las Comisiones Obreras. Pero también otras sensibilidades militantes y democráticas (estudiantil y, más tarde, cultural, profesional, vecinal y ciudadana, feminista, etc.) contribuyeron al cerco a la dictadura mediante un amplio tejido antifranquista progresivamente extendido, sobre todo en la zonas más dinámicas del país. Muchas mujeres, militantes o simpatizantes comunistas, participaron en estas luchas, constituyendo en 1965 el Movimiento Democrático de Mujeres como frente con un marcado carácter de clase y de solidaridad frente a la represión, que con el tiempo fue desarrollando también planteamientos feministas.

El PCE no fue el único grupo, pero sí el más persistente, activo y hegemónico en esta estrategia de lucha política y social. Decenas de miles de hombres y mujeres organizados en torno al partido y bajo su dirección, pese a los duros costes de la represión, supieron impulsar la lucha asumiendo con realismo las reivindicaciones inmediatas de la clase trabajadora e insertándolas a la vez en un horizonte de lucha por la democracia y los cambios sociales en el país.

Gracias a este dinamismo, el partido fue incrementando numéricamente su militancia e implantación y avanzando en su influencia social. Ni las crisis internas de dirección o las escisiones minoritarias, ni la competencia de otras fuerzas de la “izquierda radical” o grupos comunistas disidentes, impidieron este ascenso, cimentado en la profunda imbricación y los aciertos tácticos fundamentales en el movimiento obrero y los demás frentes de lucha. A la vez, continuaba el debate y la profundización sobre la “vía democrática al socialismo”, la necesidad de amplias alianzas sociales estratégicas (lo que se definió como confluencia de las fuerzas del trabajo y de la cultura) y la modulación de las tácticas en la acción política y social para poner fin a la dictadura.

Más difícil se evidenció la posibilidad de articular una amplia alianza política antifranquista, tanto por la debilidad de las demás fuerzas opositoras como por la falta de voluntad unitaria de las mismas. Y ello pese a que la propuesta unitaria, siempre amplia y flexible, se fue ensanchando hasta dirigirse a sectores “democráticos” de la burguesía y “reformistas” del régimen. Tal apertura fue facilitada con el llamamiento al Pacto por la Libertad (1969) y los cambios y propuestas del VIII Congreso (1972). La Junta Democrática, con sus méritos pero también sus limitaciones, fue, ya en 1974, en el contexto de la enfermedad del dictador, su principal plasmación práctica.

El crecimiento del partido y la formulación del esquema estratégico y táctico que cristalizó en el Manifiesto-programa de 1975, fueron paralelos al distanciamiento de la Unión Soviética y a las primeras críticas al modelo del llamado “socialismo real”. La crisis del movimiento comunista internacional y las condiciones de la lucha en los países europeos y de capitalismo avanzado alentó cambios en la política del partido, en continuidad acentuada con el viraje iniciado en 1956. La condena en 1968 de la intervención militar del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia supuso un punto crítico de inflexión, generando conmociones y algunas fracturas entre la militancia. En los años siguientes, en sintonía con otros partidos comunistas de países próximos, coincidiendo con los comienzos de la Transición en España, el PCE formulará su propuesta de lo que se conocerá como eurocomunismo.