XVII Congreso PCE - 24, 25 y 26 de Junio de 2005
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Tesis Políticas - XVII Congreso PCE


2. Globalización capitalista, imperialismo e internacionalismo

Partido Comunista de España / 24, 25 y 26 de Junio de 2005

Documento definitivo

La segunda guerra de Iraq y los conflictos en Oriente Medio ponen de manifiesto, entre otras cosas y en primer lugar, la importancia estratégica de la geoeconomía de los recursos naturales. En segundo lugar, la presencia de la guerra como instrumento normalizado en los conflictos internacionales. En tercer lugar, la emergencia explícita de lo que tradicionalmente se han venido en llamar conflictos interimperialistas. En cuarto lugar, la apertura de lo que podría denominarse un proceso constituyente de un nuevo orden internacional. En quinto lugar, uno de los datos más sobresalientes de esta realidad, la emergencia de un sujeto político-cultural internacional, el movimiento antiglobalización que, explícitamente, cuestiona el neoliberalismo y la guerra y que obliga a definir un programa alternativo. En sexto lugar la movilización creciente de amplios sectores sociales que contestan al sistema y golpean cada vez con más fuerza al neoliberalismo, por ejemplo en América Latina.

Estas cuestiones están estrechamente enlazadas: la disputa por materias primas esenciales y por el reparto de zonas de influencia geopolítica se relacionan con el enfrentamiento entre superpotencias y el uso de la fuerza militar marca el predominio en las relaciones de poder, en un combate siempre inacabado que sitúa a los pueblos del sur del mundo y a su riqueza como botín susceptible a repartir. Las viejas resonancias y el retorno de problemas que muchos consideraron ya superados no nos pueden hacer olvidar, de un lado, el sentido y la orientación (respecto a los poderes reales) de los cambios acontecidos y, de otro, las novedades incorporadas al presente.

Lo primero obliga a constatar que el nuevo orden que tendencialmente se ha ido configurando no ha generado más libertades, más democracia real y más bienestar para las mayorías sociales, más bien todo lo contrario. Cada vez se hace mas profunda la contradicción entre la producción capitalista y el bienestar humano, entre el objetivo del beneficio y el objetivo del cuidado de la vida. Se agudizan mas las contradicciones entre capital-trabajo, donde las reformas laborales recomendadas desde el FMI agravan mas la explotación del hombre por el hombre, transmitiendose a la realidad internacional con precarizacion, salario bajos,… y ahí es donde se desarrollan las contradicciones del liberalismo con el trabajo asalariado. La tendencia es a la exclusión, al incremento descomunal de las desigualdades sociales al bloqueo en amplias zonas del planeta de los procesos de emancipación iniciados por las mujeres en el siglo XX, y a la pérdida de derechos individuales y colectivos, en un contexto caracterizado por un alarmante deterioro de los fundamentos ecológico-sociales del planeta y un empobrecimiento cultural sin precedentes en lo que podríamos llamar una nueva occidentalización del mundo. Esta globalización y estrategia neoliberal incluye como parte fundamental la lucha ideológica que para el capital supone eliminar el concepto de clase. El control de los medios de comunicación acarrea además de una desinformación que ya hemos visto en la Guerra de Irak o en el Referéndum por la Constitución Europea, una impregnación de valores individualistas que impide que los trabajadores adquieran conciencia de clase. Nos encontramos pues, en una época de cambios transcendentales en el plano geopolítico. El fin de la guerra fría ha supuesto la derrota y desintegración total del Bloque Socialista. Estos acontecimientos, traen como consecuencia inmediata la consolidación de los Estados Unidos de América como única e indiscutible superpotencia mundial, auto-otorgándose el papel de gendarme mundial encargada de garantizar la seguridad del orden vigente en todo el planeta. Bajo este “Nuevo Orden” monopolar, las viejas estructuras deben de adaptarse a las nuevas realidades. Así, por citar algunos ejemplos, alianzas teóricamente defensivas como fue en sus inicios la OTAN deben, ante la desaparición de su enemigo histórico, redefinir sus funciones. Pasaría pues, a convertirse en un bloque militar abiertamente ofensivo y con capacidad para intervenir, bajo el pretexto del mantenimiento de la paz o de supuestas labores humanitarias, allí donde los intereses de las principales potencias imperialistas se vean amenazados. La desaparición del enemigo común crea también otros problemas. Ya no es posible justificar una política exterior agresiva sin una aparente amenaza para la seguridad de las potencias imperialistas. Para cubrir tal necesidad, la lucha contra el terrorismo ha desbancado al viejo fantasma del comunismo en los discursos de las cancillerías occidentales. En el afán por saciar la posible inquietud de la opinión pública, la caduca Doctrina Truman ha dado paso a el nuevo concepto de “Guerra Preventiva”. De esta forma, los viejos formalismos protocolarios imperantes durante siglos en la diplomacia mundial han desaparecido. Tratados y convenciones como la de Ginebra se ven superados ante esta nueva situación. Las guerras ya no se declaran, y los prisioneros de guerra no tienen pues tal condición, por lo que carecen de derechos ante el “vacío legal” presente

Lo segundo, exige definir las novedades, lo singular de una coyuntura histórica marcada por discontinuidades radicales con respecto al pasado más reciente. El rasgo más sobresaliente tiene que ver con la presencia de la guerra, de la guerra preventiva y permanente, como elemento característico de esta etapa que, confusamente, se ha denominado de globalización capitalista. No se trata de guerra en general o de la política agresiva de una Administración norteamericana especialmente de derechas, que también. Es algo más sustancial y definitorio: la conexión directa entre el proyecto globalitario del capital, una nueva forma de imperialismo impulsado no sólo por las clases dominantes norteamericanas (el unilateralismo norteamericano propicia también otras actuaciones belicistas, como las de Rusia en Chechenia o las de Francia en África, por ejemplo en Costa de Marfil), y la guerra preventiva. A esto hay que señalar que a aparte del uso de la fuerza preventiva, las elites dominantes en la realidad internacional están usando otra técnica mas sofisticada y menos costosa, el principio de injerencia. Esta técnica vulnera el principio básico de ius cogen de derecho internacional de no injerencia en asuntos internos de estados soberanos. El imperialismo a través de esa técnica financia a grupos de la oposición para organizar movimiento de masas que se rebelen contra el orden imperante en la soberanía de esos estados y propiciar cambios de gobiernos al servicio del imperialismo, esto se pudo comprobar en Ucrania , Kirguiztan, Georgia, Venezuela o Serbia

Todo ello tiende a generar complicidades que, más allá de las reticencias concretas ante ciertas actuaciones unilaterales, dan cobertura al imperialismo, convirtiendo en última instancia al Consejo de Seguridad de la ONU en un instrumento a su servicio. Resulta sangrante también en ese sentido la utilización periódica contra Cuba de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, mientras ignora violaciones de los derechos humanos tan flagrantes como las que se producen en Abu Graib o Guantánamo. Es evidente que en este nuevo orden mundial que pretenden establecer los EE.UU. y sus aliados satélites, la ONU juega cada día que pasa un papel más ineficaz y en algunos momentos deplorable y con escasa credibilidad como foro que garantice la paz para los pueblos. Es imprescindible que quienes defendemos la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Paz en el mundo, luchemos por rehabilitar el espíritu fundacional para el que fue concebida la ONU. Y en el ámbito de la política interior, con graves restricciones de las libertades democráticas, como las que se han plasmado en la Ley Patriota de Estados Unidos, en la Ley de Partidos del Estado Español y en la Ley sobre Seguridad del Reino Unido. Bajo ese doble rasero para medir los hechos, monarquías absolutas como Arabia Saudita o Kuwait, dictaduras como Turkmenistán, o supuestas democracias como Colombia, practican la tortura con total impunidad gracias a su condición de estrechos aliados del gobierno de Washington. o en las cárceles privatizadas de EEUU, o en países enteros como Arabia Saudita, o los actos de terrorismo de Israel hacia la población palestina, con el agravante poco conocido y publicitado de la negación por parte de las autoridades norteamericanas de la adhesión al Tribunal Penal Internacional, y la solicitud (y obtención) de impunidad para sus tropas en el extranjero (sean en situación de guerra, de ejercicios conjuntos, de ‘asesores militares’, en bases permanentes o acantonamientos circunstanciales).

Hoy nadie puede negar que el terrorismo ha sido una excusa para invadir Iraq y que está sirviendo activamente para reestructurar las relaciones internacionales. Los conflictos entre EE.UU. y la llamada vieja Europa tienen mucho que ver con la existencia de intereses geopolíticos contradictorios y con estrategias políticas diferenciadas. Cooperación y conflicto van a ir articulándose en función de los problemas reales y, sobre todo, esto terminará siendo fundamental en el futuro, en función de la aparición de nuevas potencias. Conflicto, en la redefinición de espacios de decisión y cuestionamiento de una hegemonía estadounidense incapaz de compartir el poder. Cooperación, en el común objetivo de impulsar y apoyar a la globalización imperial del capital y vencer, usando todos los medios disponibles, los obstáculos que se puedan oponer a la misma. Las líneas de fractura entre las superpotencias de la tríada tienen un fundamento básico: la tendencia hacia la multipolaridad de las relaciones internacionales y la pretensión estratégica de EE.UU. por consolidar un orden unipolar, haciendo de la superioridad político-militar un instrumento definitorio. La política interior que desarrollan estados como Rusia o Israel con respecto a los pueblos checheno y palestino respectivamente, no son objeto de ningún tipo de sanción en la practica. El argumento de la lucha contra el terrorismo, vuelve a ser en estos casos parte fundamental del corpus teórico que justifica tales acciones. Las potencias de segundo orden intentan todas ellas conservar sus históricas y “naturales” áreas de influencia. Dicha postura las obliga inevitablemente a un enfrentamiento con la omnipresente política norteamericana en la zona. Los enfrentamientos nunca son directos, se dan indirectamente y en el interior de los estados afectados. A semejanza de una partida de ajedrez, las potencias imperialistas compiten por jugar sus peones dentro de los países dominados y colocarlos en el poder a modo de gobiernos marionetas. La rivalidad americana frente a Rusia por el control de Ucrania y Georgia ha desencadenado golpes presuntamente “populares” que han desplazado en estos países a los gobiernos rusófilos del poder. Este enfrentamiento sigue aun latente por el control del Asia Central ex soviética. Otros ejemplo de disputa por el control de un área de influencia, es la que mantienen Francia y los Estados Unidos por el control del África media y occidental. Aquí se suceden diferentes guerras civiles en los países del ecuador africano y del Golfo de Guinea, que sirven de escenario a este juego de potencias. De esta forma, el gobierno pro-francés de Mobutu Sese Seko fue sustituido en el poder por un gobierno mas proclive a la administración norteamericana. Todo ello, tras una cruenta guerra civil que asoló, aún más, el ya de por si devastado Zaire.

Estas contradicciones, que expresan siempre relaciones de poder, no son sólo político-militares, están relacionadas con las bases del orden económico y político internacional. Las reglas del juego que las gobiernan favorecen descaradamente a los EE.UU. y perjudican, directa o indirectamente, no sólo a los países del sur del mundo sino a las otras superpotencias de la tríada y, específicamente, a las nuevas potencias emergentes (China e India a las que habría que añadir, desde otra dimensión a Brasil y Sudáfrica) que son las más interesadas en su modificación. La posición de Rusia en este contexto es especialmente delicada: de un lado, Occidente (con la OTAN como vínculo) está intentando que la situación geoestratégica actual de Rusia sea irreversible, es decir que se perpetúe la desintegración de su espacio geopolítico de influencia. De otro lado, Rusia sigue siendo una potencia militar y nuclear de grandes dimensiones que es necesario neutralizar, favoreciendo todos aquellos procesos internos que perpetúen "gobiernos privados" y que impidan que se reconstruya un Estado ruso fuerte.

El llamado Tercer Mundo ha ido perdiendo influencia política y se ha balcanizado El "sur" del mundo ha incrementado sustancialmente su heterogeneidad. Ha tomado un nuevo protagonismo. Una parte del mismo, los países más empobrecidos, están siendo progresivamente desconectados y se ceban sobre ellos todo tipo de problemas, desde la miseria extrema hasta el deterioro ecológico, pasando por crueles y durísimas guerras civiles. En este marco el neoliberalismo o imperialismo impulsa que algunos de estos países sean exportadores de materia prima (en algunos casos imponiendo el monocultivo como en Argentina con la soja transgénica) o proveedores de mano de obra abundante, barata y en muchos casos semiesclava. Todo mediante la acción directa de la guerra, o cualquier otro recurso que el poder internacional haya considerado efectivo como el estrangulamiento económico merced a los manejos del FMI y del BM que, por ejemplo, han obligado a muchos países a contraer una deuda externa que se ha vuelto impagable. Hay que añadir que una parte singular de países productores de petróleo, dadas las actuales circunstancias empiezan a recuperar recursos económicos, influencia y poder económico. La posesión de petróleo o su ausencia, con los actuales precios y condiciones (reservas, consumo propio, etc), genera mayores tensiones alrededor de estos países. A pesar de las recientes crisis, la presencia de los llamados tigres asiáticos, que han configurado un espacio económico propio cada vez más integrado en torno a China y con relaciones privilegiadas con Japón, sigue siendo un factor decisivo con el que, necesariamente, hay que contar. El rasgo más sobresaliente es, sin duda, el proceso de grandes migraciones humanas que verdaderamente están transformando el mundo, tanto en los países centrales como en la periferia del sistema. La configuración de una clase trabajadora transnacional va a obligar al conjunto de la izquierda y al movimiento obrero organizado a repensar categorías, formas de organización y de intervención política.

América Latina sigue siendo un terreno de conflicto, de aplicación de políticas neoliberales y de resistencia popular que expresa una línea de fractura donde se condensan las contradicciones básicas del nuevo orden imperial. La aplicación de lo que se ha denominado el "consenso de Washington" ha producido una auténtica catástrofe social donde a los incrementos sustanciales de la pobreza se ha unido el desmantelamiento de las redes de protección social y del entero sector público, la desindustrialización forzada y la sobreexplotación del campesinado, a lo que habría que añadir el agravamiento de la ya difícil situación de los llamados pueblos originarios. Denominar a todos estos procesos neocolonialismo no resulta, desde luego, exagerado: la dependencia y la explotación económica se han organizado en torno al dominio político de unas oligarquías (viejas y nuevas) íntimamente relacionadas con los EE.UU.

Lo sustancial es que la resistencia, animada por la heroica defensa durante décadas por parte del pueblo cubano de su revolución, las luchas sociales, han crecido en todo el continente y que, de modo contradictorio y desigual, éstas se han ido transformando en alternativas políticas de carácter democrático y con un fuerte sentido antineoliberal. Las experiencias que estamos conociendo (de la Venezuela Bolivariana de Chávez al gobierno de Tabaré Vázquez en Uruguay, pasando por el Brasil de Lula o la Argentina de Kichtner) ponen de manifiesto, en primer lugar, el creciente rechazo popular a las políticas neoliberales; en segundo lugar, las dificultades para articular un proyecto económico y político alternativo y, en tercer lugar, la dimensión continental de los procesos que obligan a una nueva relación entre lo nacional y lo internacional, en el sentido preciso de que las políticas de izquierdas y democráticas exigen cambios sustanciales en el terreno internacional y, específicamente, organizar formas de cooperación que vayan más allá de la retórica y de la diplomacia. Las movilizaciones de obreros, campesinos y estudiantes en Ecuador derrocaron al presidente Lucio Gutiérrez y ha sido una derrota de las políticas que EEUU quería imponer a través del ALCA y la dolarización del país. El triunfo del Frente Amplio en Uruguay y del plebiscito que defiende la nacionalización del agua muestra la decisión del pueblo uruguayo de sumarse al proceso de transformación social por el que lucha todo el continente. Las huelgas y movilizaciones en Paraguay, Perú, Nicaragua, Argentina y la defensa que está haciendo el pueblo boliviano de la nacionalización de sus recursos energéticos son un ejemplo de la decisión de las clases populares de impulsar una perspectiva de cambio que resuelva sus problemas estructurales. En este sentido el acuerdo entre Cuba y Venezuela poniendo en marcha el ALBA (Alternativa Bolivariana para América Latina) propone un mercado con sentido y contenido social que va a ser punto de referencia que aglutine desde una perspectiva programática a estos procesos

Una de las tendencias más firmes del último período está siendo la organización de espacios económicos supranacionales. Todo apunta a una "regionalización de la economía-mundo", comercial y aduanera en una primera fase pero que podría profundizarse hacia diversas formas de integración económica y, eventualmente, política. Hay que subrayar que está será una de las líneas de conflicto más fuerte ya que no es lo mismo que los países del sur se unifiquen para defender sus intereses y negociar con las potencias económicas, a que el norte organice en torno a sí espacios económicos propios que perpetúen y refuercen las relaciones de dependencia existentes. El ejemplo del ALCA de un lado y de MERCOSUR por otro pueden definir bien los dilemas de fondo existentes.

Conforme pasan las modas y los nuevos fenómenos son analizados críticamente, se percibe de una manera nítida que términos como el de globalización confunden más que aclaran: aluden a fenómenos reales, a tendencias existentes embrionariamente pero eluden una definición rigurosa e impiden, la mayoría de las veces, discutir sobre bases sólidas. Lo sustancial es que no estamos ni en el superimperialismo omnipresente ni en la copia mimética de las relaciones imperialistas marcadas en el siglo XIX y gran parte del XX. Vivimos un proceso de transición determinado por cambios históricos fundamentales: de un lado, el fin de un tipo específico de capitalismo configurado en los países centrales en torno a lo que se llamó modelo keynesiano-fordista o el llamado pacto socialdemocrático, cuyas variantes en la periferia fueron los llamados estados desarrollistas; de otro, la crisis de la experiencia histórica de construcción del socialismo y también de los diversos intentos de construir vías no capitalistas al desarrollo. Ahora bien, como toda transición sistémica, el proceso está abierto, y por tanto es posible individualizar tendencias y también contratendencias. Lo decisivo, como siempre, es que los pueblos cuentan, que los trabajadores y trabajadoras cuentan, que la gente, cuando se organiza y lucha y define un proyecto colectivo determina o influye en los procesos. Se cuestiona el liberalismo salvaje y se defiende una intervención estatal para el desarrollo de un capitalismo nacional pero sin olvidar que se esta desarrollando un gran avance en las fuerzas productivas de dicho capitalismo nacional y eso hace que surga una seria de movimientos sociales que sufren las contradicciones del sistema, como pueden ser los movimientos indiginestas del MAS (Movimiento al Socialismo) y MST (Movimiento sin Tierra) son movimientos que plantean una alternativa real a esos gobiernos. Por otra parte, el término globalización refleja una construcción ideológica engañosa, porque da una idea de interdependencia internacional simétrica que no existe; lo que define hoy al mundo no es esa interdependencia sino la dominación. El término imperialismo continúa expresando de manera más correcta la realidad; la globalización sería para nosotros en todo caso una etapa imperialista de desarrollo del capitalismo. Ello no significa que las cosas no hayan cambiado desde los tiempos de la Revolución Rusa hasta nuestros días, sino que los mecanismos básicos de explotación denunciados por Lenin, Rosa Luxemburg y otros marxistas revolucionarios a principios de siglo XX persisten. Al anterior enfrentamiento entre bloques ahora la globalización pone más de manifiesto que la realidad de las contradicciones se da en el seno de cada país, de cada bloque regional, como lucha de clases, y que es del fruto de esa lucha de intereses de donde saldrá la alternativa al capitalismo, puesto que este hace ya tiempo que ha dejado de ser una fuerza progresiva de la humanidad. Es importante precisar que el retroceso de las conquistas sociales y el aumento de la marginación global en los últimos 15 años ha sido fruto de una intervención política consciente sobre la economía para revertir dos siglos de avances logrados por los trabajadores y trabajadoras y sus organizaciones. El proceso ha tenido lugar simultáneamente en cuatro planos: 1º) Deslocalización y reliberalización de los mercados: la supresión de barreras a la libre circulación de capitales a nivel mundial; 2º) Desreglamentación: Desmontaje de las garantías sociales, normas laborales, ayudas estatales y progresividad impositiva en perjuicio de los estratos populares; 3º) Concentración de la riqueza: extrema polarización de la riqueza del planeta en beneficio de unos pocos privilegiados. 4º) Reabsolutización de la empresa privada: vuelta a la tiranía y poder despótico del empresario sobre unos trabajadores desprovistos de todo derecho. La necesaria lucha por el socialismo posee como uno de sus componentes la profundización de la democracia, y en ese sentido la propuesta de una ONU democratizada que represente los intereses de toda la población mundial y que por tanto dirima a su través los diferentes conflictos que se presenten.

En este contexto, el movimiento de los movimientos, el llamado movimiento antiglobalización o altermundialista, adquiere una dimensión que va más allá de lo coyuntural y que define opciones de futuro "de los de abajo". En primer lugar significa la emergencia de un sujeto político, social y cultural que actúa globalmente y cuya composición es transnacional. En segundo lugar, el movimiento incorpora una crítica razonada al modelo neoliberal y a la guerra como uno de los fundamentos de estas políticas. En tercer lugar está haciendo posible una coordinación de las luchas, está creando redes de contrainformación y, lo que es más importante, empieza a construirse un programa alternativo. Se trata, en definitiva, de la gran novedad del presente y un instrumento político que puede convertirse en un referente antagónico a este nuevo orden internacional que están configurando las potencias imperialistas. Para la izquierda alternativa y, especialmente, para las fuerzas que luchamos por el socialismo este movimiento es un desafío y una oportunidad de grandes dimensiones. Desafío porque obliga a trabajar con una concepción nueva de la política y de las formas de ejercerla, y oportunidad porque el movimiento, más allá de sus evidentes contradicciones expresa movimientos culturales y sociales de fondo, modos de organización e intervención que son decisivos para la configuración de una alternativa al neoliberalismo y de la puesta en pie de un nuevo internacionalismo de base popular y democrática. Resulta también importante la aparición, a partir de la actividad de los movimientos, de una identidad global internacional que va más allá de sus organizaciones y activistas impregnando a importantes sectores sociales en una suerte de cultura alternativa mundial

En este movimiento participamos en primer lugar los partidos obreros (comunistas y socialistas) junto a otras organizaciones también obreras, sindicales, gentes de tradición anarquista, campesinos pobres y medios, braceros, jornaleros y campesinos sin tierra o con tierra muy insuficiente. Y junto a ellos, gentes del mundo científico, intelectual y estudiantil, pacifistas, ecologistas, el movimiento feminista y otros representantes de las mujeres, de la juventud, etc. Ha sido denominado “el movimiento de movimientos” y que por su amplitud e importancia requiere la intervención consciente y organizada de los comunistas que no podemos dejarlo que discurra por la vía del espontaneísmo. Deberemos analizar en profundidad a qué se deben los recelos del Movimiento Antiglobalización hacia los partidos politicos. La debilidad del movimiento antiglobalización, su imposibilidad de concretar un programa revolucionario, nos hace trabajar en su seno, reforzando los elementos más transformadores y uniendo las luchas concretas.

Elemento esencial de esta estrategia de la izquierda alternativa en general y de los comunistas en particular es propiciar una sólida alianza entre el movimiento de los movimientos y el movimiento obrero y el feminista. La mutua interrelación, la convergencia de proyectos y de formas de acción pueden ir consolidando, en la teoría y en la práctica, una alternativa al neoliberalismo y a la guerra junto a formas de acción que combinen la lucha en el plano estatal con el plano regional e internacional. En este contexto, el recurso a la huelga de masas, a formas de desobediencia civil y en general a movilizaciones de carácter internacional pueden ir configurando un polo internacional realmente alternativo.

Asimismo, es fundamental impulsar la unidad de acción democrática, a nivel internacional y dentro de cada país, en defensa de la paz, las libertades democráticas, la democracia participativa y los derechos humanos, sociales, económicos y culturales Ello requiere dar prioridad a la solidaridad con los pueblos que resisten a la ocupación militar, como es el caso de Iraq, Palestina o Chechenia, apoyando soluciones pacíficas sobre la base de la salida de las tropas de ocupación y el respeto a su derecho de autodeterminación. Así como combatir en cada país toda restricción a las libertades democráticas, que en última instancia favorece la represión de la movilización social frente a las agresiones contra los derechos sociales que son el santo y seña del neoliberalismo. Al mismo tiempo, el P.C.E. debe dar prioridad en sus campañas a la solidaridad con aquellos pueblos y gobiernos legítimos que hoy luchan por la profundización de la democracia popular y que son atacados y calumniados por el imperialismo, como son los casos de la República de Cuba y de la República Bolivariana de Venezuela.

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