DOCUMENTOS APROBADOS EN EL
XVI CONGRESO DEL
PARTIDO COMUNISTA DE ESPAÑA

Madrid 1, 2 y 3 de marzo de 2002


9. La propuesta comunista ante la crisis ecológica

NATURALEZA Y SOCIEDAD

"Ningún sistema, incluida la sociedad humana, puede existir en el vacío; está rodeada por un entorno. Si la sociedad humana no está adaptada a su entorno, tarde o temprano dejará de existir". Esta frase de Nicolai Bujarin nos recuerda que entre los clásicos del marxismo existía una preocupación teórica por la reconciliación de la sociedad humana con la naturaleza.

Conviene recordar también lo que Engels escribió en su "Dialéctica de la Naturaleza" y Laura Comti recogió en el libro que relaciona de forma magnífica capital, trabajo y medio ambiente: "no nos envanezcamos demasiado de nuestra victoria sobre la Naturaleza, porque ésta se venga de cada una de nuestras victorias... A cada momento se nos recuerda que no dominamos la Naturaleza como un conquistador a un pueblo extranjero sojuzgado, que no la dominamos como quien es extraña a ella, sino que le pertenecemos en carne y sangre y cerebro y vivimos en su regazo".

Lo que en aquellos tiempos no se situaba más que en el horizonte teórico, ahora, la posibilidad de fuertes deterioros, incluso de un colapso global, de las condiciones que permiten la vida humana en la tierra, ha pasado, con el desarrollo del capitalismo y con los procesos de industrialización acelerada realizados en nombre del socialismo o de la liberación nacional, a convertirse en una realidad tangible y amenazante.

Y es que tanto el capitalismo como el socialismo son ramas de un mismo árbol: la civilización moderna. De ella se derivan la técnica, el productivismo y el crecimiento desaforado. Mientras aquel dirige sus afanes hacia el lucro individual, ilimitado y hasta anónimo, el segundo trata de lograr la mayor cantidad de productos y servicios para distribuirlos mejor. Ninguno de los dos ha tenido, en la práctica, conciencia de los límites naturales. Ninguno ha caído en la cuenta de que rebasar tales límites acarrea, cada vez de forma más notable, consecuencias perversas difíciles de remediar o, sencillamente, irreparables. Ninguno de los dos se ha planteado la posible y real colisión entre la tecnosfera y la biosfera.

Hoy día la crisis ecológica planea sobre la humanidad, al tiempo que se han extendido evolucionadas formas de capitalismo mundial en el actual proceso de globalización económica. Este proceso, a su vez, va acompañado de una fuerte colonización ideológica. El ecosistema terrestre está amenazado por la sobreexplotación de los recursos naturales y por el exceso de vertido de contaminantes a la tierra, al aire y al agua. Esta crisis ambiental se une a la brecha, cada vez más grande, entre países ricos y países pobres, entre primer y tercer mundo, entre regiones favorecidas y regiones abandonadas, entre centro y periferia, entre capital y trabajo.

La llamada Declaración de Estocolmo estableció con gran claridad dónde están las correlaciones y contradicciones entre la humanidad y la naturaleza, además de marcar los objetivos necesarios para reducir significativamente las limitaciones de derechos básicos que tienen muchos seres humanos y de conservar el medio natural como fuente de recursos y de calidad de vida. También señala que para alcanzar la sostenibilidad es necesario asumir costes a corto y medio plazo, en las formas y medios de producción actuales, costes que se deben evaluar de forma estratégica como elementos clave en el camino de búsqueda del equilibrio necesario entre la actividad productiva y el respeto a la naturaleza.

Lo cierto es que la mencionada Declaración de Estocolmo y los tratados internacionales que de ella se han ido derivando, han quedado en meras cartas de intenciones dada la incompatibilidad de los valores que allí se defienden con los criterios ambientales, económicos y culturales dominantes en la sociedad capitalista, tiranizada por las reglas del mercado y el productivismo inmediato.

En determinados aspectos (como el uso excesivo de combustibles fósiles, la emisión de gases de efecto invernadero, la sobreexplotación de acuíferos, la construcción de embalses, la desertización y desertificación, el impacto de la construcción de infraestructuras sobre el territorio, el cultivo de organismos genéticamente modificados, la inseguridad alimentaria, el consumo energético excesivo, la generación de residuos radiactivos, la generación ilimitada de residuos y vertidos contaminantes, la sobreexplotación de recursos pesqueros, etc.) se pone de manifiesto, de forma global y local, la radical incompatibilidad entre la economía capitalista y el desarrollo ecológicamente sostenible y, de forma concreta en estos momentos, la radical incompatibilidad entre la globalización capitalista y la posibilidad de optar por un modelo de sociedad respetuosa con el resto de la naturaleza.

LOS LÍMITES DE LA NATURALEZA

El sistema capitalista no atribuye valor a la naturaleza. Percibe los recursos naturales como bienes libres por los que no debe pagar más que los costes de extracción. No asume que los recursos naturales tienen el valor de uso para los consumidores y usuarios directos y el valor de existencia tanto para las generaciones futuras como para otras especies animales o vegetales.

Hemos de reconocer que el modelo de crecimiento económico aplicado en los llamados "países del socialismo real" no supuso nunca una auténtica y consecuente alternativa ecológica al capitalismo, pues en la dinámica productivista donde se instalaron, el medio ambiente ocupó siempre, incluso en el mejor de los casos, un modesto papel subalterno.

Podemos decir que el desarrollo teórico y práctico del marxismo, a pesar de que en los fundamentos teóricos existe una referencia a la naturaleza, no ha logrado asumir hasta el momento la cultura ecologista en toda su amplitud y profundidad. Tampoco ha sido capaz de integrarla de forma suficiente en el discurso de clase.

Sin embargo la preocupación por el medio ambiente y por alcanzar el máximo equilibrio entre la sociedad humana y el resto de la naturaleza es una aspiración emergente, revolucionaria, que se va expresando cada vez con mayor claridad en las políticas de izquierdas. El PCE tiene la obligación de atender, estudiar y analizar esta aspiración para asumirla con valentía en su estrategia, objetivos prioritarios, alianzas y tácticas de intervención en el quehacer político cotidiano. El ecologismo social, alternativo y progresista recoge críticas radicales al sistema capitalista y promueve constantemente actividades reivindicativas y transformadoras.

El PCE debe asumir con coherencia los límites de nuestro planeta, tanto en la aportación de recursos naturales, como en la capacidad de absorber los desechos de la producción, distribución y consumo de bienes y servicios.

Ya en el siglo XIX se detectaron consecuencias negativas en la industrialización, como el hacinamiento de las obreras y obreros en barrios insalubres, el desarraigo cultural, las traumatizantes emigraciones del campo a la ciudad, la contaminación, y la degradación, en general, de las condiciones de vida para una gran parte de las personas.

Podemos considerar que a comienzos de la década de 1960 se realizaron los primeros listados de problemas ambientales. Una reseña de los que podrían considerarse como básicos se concentra en las amenazas globales de extinción de la humanidad por las formas de guerra de tipo nuclear, químico y bacteriológico; las catástrofes generales ligadas a fenómenos como la destrucción de la capa de ozono en la estratosfera o el cambio climático generado por al contaminación atmosférica; el agotamiento de los recursos naturales, tanto de las fuentes tradicionales de energía, madera, carbón, petróleo o gas, como de otros elementos vitales, por ejemplo, el agua; la degradación del medio natural por acción de la contaminación, lluvia ácida, desertización, impacto ambiental de las infraestructuras, destrucción del paisaje, desaparición de especies y hábitats; así como, el deterioro de la calidad de vida.

Esta concienciación determina la publicación de diversos estudios y análisis que promueven grandes debates sobre la dificultad de extender y mantener la forma de vida típica del mundo industrializado, la dificultad de proveer de alimentos a una población que crece exponencialmente, la imposibilidad de continuar con los mismo métodos de explotación de los recursos naturales, y la dificultad de mantener los criterios convencionales de planificación territorial, urbanismo y transporte.

En ese contexto se incrementa la protesta social ante el deterioro ambiental, y se enriquece con la experiencia de las personas y corrientes de pensamiento de las organizaciones políticas, sindicales, vecinales y culturales, que a partir del llamado "Mayo del 68" se unen al movimiento ecologista.

Hasta hace unos veinticinco o treinta años, en algunos ámbitos, atender las exigencias del ecosistema tierra, donde se conjugan y reúnen los diversos ecosistemas, parecía una preocupación de románticos que limitaba -a juicio de los demás- el progreso tecnológico y productivo.

En el productivismo -inconsciente con los límites naturales- radican, por ejemplo, las políticas de oferta, como las referidas a la energía o al agua, que impulsan el consumo ilimitado de tales recursos, si ello fuera posible, pensando únicamente en que cuanto más se consuma más se gana.

Y así ocurre que, por ejemplo, se viene utilizando en la interpretación de las estadísticas la idea de que el incremento del consumo de energía es un indicador positivo del crecimiento económico. Pero poco o nada se habla de si esa energía consumida se emplea con eficiencia, si los residuos radiactivos van a ser una pesada carga a cuidar por el conjunto de la humanidad durante milenios, o si se van a sepultar, de forma innecesaria, valles paradisíacos, bajo las aguas de los embalses.

Frente a dichas políticas de oferta, existen las de gestión de la demanda que parten de la limitación de los recursos, de las consecuencias dañinas del abuso y que, por tanto, tratan de incentivar los usos austeros y eficientes, además de corregir los usos sin control, mejorando el aprovechamiento tanto para la sociedad presente como para la futura.

Podemos decir que a finales de la década de 1970 el movimiento ecologista presenta problemas de identidad, generándose corrientes meramente conservacionistas o ambientalistas y corrientes de ecologismo social, más consecuentes, que avanzan en el camino de la transformación social alternativa y progresista. Este segundo ecologismo, el social, es un movimiento social e ideológico que pretende transformar el orden social ahora existente, sirviéndose de la ecología como instrumento imprescindible para incrementar el conocimiento y apoyar una opción de civilización. Este ecologismo social es consciente de que los intentos de integrar la ecología en el sistema dominante de ciencia, tecnología y cultura, son perversos y contrarios a la sostenibilidad de la vida sobre el planeta.

Hemos de asumir, que en general, los partidos comunistas no hemos empezado a abordar seriamente la crisis ecológica hasta finales de la década de 1980. En nuestro caso seguimos necesitando desarrollar un gran esfuerzo en este terreno. Si dedicamos gran atención a los problemas del mundo del trabajo, a la cuestión de la paz y la guerra, a la situación de la mujer (aunque a veces de forma un tanto parcial y retórica), a la educación y la sanidad, en el caso de la ecología, apenas dejamos impreso algún párrafo en algún que otro documento. Si apreciamos que Izquierda Unida ha avanzado bastante en este asunto, no podemos decir que haya sido fruto de nuestra aportación colectiva.

LA CONCIENCIA DE LOS LÍMITES

La crisis ecológica, como la crisis económica, afecta a todo el planeta, se agudiza en los países empobrecidos por el capitalismo, y no se podrá solucionar favorablemente en el marco capitalista, ni para las personas trabajadoras, ni para la mayoría de la población actual, ni para las generaciones futuras. No es posible resolver la crisis ecológica sin cuestionar el capitalismo.

Por eso es preciso extender la conciencia de los límites y las consecuencias del abuso de la naturaleza. Lo que requiere información, reflexión y debate sin prejuicios dentro y fuera de las organizaciones políticas, sociales, culturales y cívicas, y en el ámbito de toda la sociedad. Se da el caso de que incluso con buena voluntad, se puede pensar que los recursos son ilimitados y que se deben lograr al precio más barato posible y que, si se da el caso, sean costeados por el conjunto de la sociedad vía impuestos. Incluso se puede llegar a plantear que, si bien algo no puede ser disfrutado con carácter general, al menos en el caso que a mí me afecta, o que afecta a mi determinado grupo humano, debe hacerse una excepción.

Por la cómoda inercia de "lo normal", no es fácil asimilar todo lo anterior incluso por quienes se autocalifican como personas de izquierda, socialistas o comunistas. Y así ocurre, que podrá haber sobreproducción agrícola, pero se clamará por más regadíos, y que sean pagados por todos los contribuyentes si es posible. Regadíos que se alcanzarán, claro está, a costa de obras faraónicas muy lucrativas, por cierto, para algunas -pocas- personas interesadas (constructoras, cementeras, entidades financieras y algunas vendedoras de tecnologías y productos aplicados en la producción agrícola) que encuentran en esos futuros regantes unos aliados perfectos.

Por tanto, es obvio que hay que actuar y avanzar sin esperar a que toda la sociedad lo tenga totalmente claro.

El sistema capitalista no le atribuye valor a la naturaleza. Lo considera un "bien libre", por el que no hay que pagar, o un recurso monopolizable del cual es posible extraer un beneficio extraordinario. Ante todo pretende sacarle el mayor partido en el menor tiempo posible sin pensar en el futuro a medio-largo plazo. Consecuencias de este sistema, en el que están inmersos la mayoría de los gobiernos actuales, son la contaminación de los ríos o las construcciones hoteleras en primera línea de playa, por citar ejemplos que nos son muy próximos.

La forma ecologista de desenvolver una crítica teórica y práctica del capitalismo debe consistir principalmente en criticar sin contemplaciones la civilización material del capitalismo en su fase actual de desarrollo, la globalización. El lado fuerte de esta apuesta, que en el PCE no se ha desarrollado suficientemente, debe ser la crítica radical, a partir de criterios ecológicos y sociales, de los procesos productivos, de sus productos y subproductos, proponiendo alternativas igualmente precisas y concretas, y proponiendo el desarrollo sostenible.

Uno de los flancos débiles de nuestro acervo crítico tradicional ha sido concentrar nuestra atención casi exclusivamente en la distribución y en los valores de cambio, no en la producción y el consumo, es decir, no haber prestado suficiente atención a qué se produce, cómo se produce, y por qué se produce.

Debemos, pues, aprender del ecologismo anticapitalista y desarrollar nuestra propia crítica para articular algo más que la mera invocación de políticas fiscales expansivas.

Y hay que tener en cuenta que, si bien es cierto que la fiscalidad ecológica puede ser un buen instrumento para sancionar y corregir, progresivamente incluso, usos dañinos de los recursos naturales, no debe ser su principal finalidad la recaudación de impuestos, de ingresos públicos, sino el fomento de las buenas prácticas. Por ello no tiene, por lo general, gran sentido esta faceta de la fiscalidad si no está acompañada de otros mecanismos que incentiven los buenos usos de la naturaleza y el empleo de alternativas limpias.

EXPRESIONES DE LA CRISIS ECOLÓGICA

Siendo conscientes, por tanto, de que la crisis ecológica global significa que en la actual fase de la humanidad lo que prioritariamente se pone en cuestión no es la desaparición de tal o cual especie de fauna o flora, o de algunos ecosistemas, por el envenenamiento del agua, la tierra y el aire, sino que lo que se cuestiona es el propio futuro de la humanidad como especie, arrastrando tras de sí de la faz del planeta al resto de los seres vivos. Ello nos sitúa ante la centralidad de la paz y la ecología como factores fundamentales en la lucha por el socialismo.

La crisis ecológica se presenta, en nuestra sociedad, ahora y entre otras formas, con una de sus peores expresiones, la amenaza nuclear. Amenaza derivada de las centrales eléctricas que utilizan dicha fuente de energía y almacenan los residuos radioactivos de alta densidad en el cementerio nuclear de El Cabril (Córdoba), por ejemplo. Amenaza generada por los buques militares de la OTAN propulsados con dicha fuente de energía, o dotados de armamento nuclear, que se desplazan libremente por nuestro entorno o atracan en nuestros puertos, especialmente en la base naval de Rota (o en Gibraltar como el caso del submarino Tireless). Amenaza producida por la propia fuerza aérea norteamericana instalada permanentemente en la base de Morón, y utilizando además otros aeródromos de la Península Ibérica y alrededores.

El calentamiento global y el consiguiente cambio climático que arriesgan transformar en áridos desiertos zonas templadas del planeta e inundar regiones costeras bajas, todo ello originado en la liberación de gases de efectos invernadero (sobre todo dióxido de carbono producido por la combustión de combustibles fósiles). El efecto de los productos químicos sintéticos y los aerosoles que destruyen la capa de ozono e incrementan los casos de cáncer de piel, la lluvia ácida que destruye bosques insustituibles y fauna, el cuidado almacenamiento de los residuos tóxicos, la necesaria vigilancia para evitar que a través de la captura y comercialización de pez-queñines se acaben los recursos pesqueros, y hasta el cuidado para que no continúe desapareciendo la biodiversidad, ya no son temas exclusivos de especialistas. Para el PCE estos bienes públicos comunes, no son precisamente, no deben ser curiosidades para gente desocupada.

Las crisis ecológicas provocadas por las sociedades humanas han existido a todo lo largo de la historia, baste recordar, por ejemplo, la deforestación y desertificación de Oriente Medio en la antigüedad. Lo cualitativamente nuevo, en este momento, es la perspectiva de crisis ecológicas globales cuando la acción humana ha alcanzado una magnitud capaz de comprometer los equilibrios básicos de la biosfera planetaria. Junto al riesgo de grandes cataclismos globales, coexiste también, como consecuencia de la acción humana, un riesgo difuso que se puede manifestar de manera inmediata en problemas de salud y, a medio plazo, en complejas interacciones de consecuencias imprevisibles.

La crisis ecológica también se presenta entre nosotros con la creciente contaminación atmosférica generada por el aumento del consumo de energías fósiles debido al incremento de la movilidad urbana en transporte por carretera y privado frente al uso del ferrocarril y el transporte público colectivo. El despilfarro en el uso y consumo eléctrico tanto en la industria como en las ciudades y viviendas. Los vertidos descontrolados a la atmósfera de sustancias químicas en los procesos industriales, con casos como los de la nube tóxica por combustión de abonos en Cartagena, o por las incineradoras de residuos urbanos. La importante contaminación de los ríos por los vertidos permanentes de aguas residuales urbanas e industriales, con hechos clamorosos como los vertidos de Aznalcóllar que afectaron al Parque Natural de Doñana, o los de mercurio en el Ebro o el reciente vertido tóxico en el río Adaja (Ávila).

La destrucción de hábitats y espacios naturales ante la progresiva especulación urbanística, destruyendo gran parte del litoral y grandes áreas de bosques y zonas de cultivo a favor de urbanizaciones, campos de golf o puertos deportivos; las políticas de canalizaciones y embalses, impulsadas por la administración pública dentro del Plan Hidrológico, que son también causa de grandes amenazas sobre nuestros ríos, donde más de la mitad padece graves procesos erosivos, principalmente en el área mediterránea, acelerados por la pérdida de cubierta vegetal de los suelos, como consecuencia de los incendios forestales, procesos urbanizadores, construcción de grandes infraestructuras, proliferación de canteras y abandono de tierras de cultivo; la creciente generación de basuras urbanas; las crisis alimentarias ("vacas locas", pollos con dioxinas, alimentos transgénicos, abusos de fertilizantes,...); la amenaza de contaminación electromagnética (teléfonos móviles); son un conjunto de expresiones de los insostenibles modelos actuales de producción y consumo.

ALGUNAS AGRESIONES Y ALGUNOS RETOS

Ante esta grave situación ecológica las políticas mantenidas por los diferentes gobiernos, antes del PSOE y ahora del PP, han sido las de impulsar actividades muy agresivas y de gran impacto ambiental, apoyándose en los sectores económicos más propicios a beneficiarse de ellas (constructoras, eléctricas, inmobiliarias, petroleras, etc.). Podríamos afirmar que ha existido, y se mantiene, una promoción pública de la destrucción-degradación ambiental en nombre del mercado y "el crecimiento económico".

La llegada del PP, y su mayoría absoluta, han acelerado esta agresión ambiental, siendo ejemplos de ello el Plan Hidrológico, más la política territorial, la especulación urbanística, la política energética y la política de transporte, que han aumentando notablemente los niveles de emisiones de gases invernadero. El Ministerio de Medio Ambiente, paradójicamente, es el que concentra un mayor gasto en "sembrar de hormigón" el territorio, donde su Dirección General de Obras Hidráulicas está encargada de aplicar el 82% del presupuesto ministerial. A esta acción destructiva hemos de sumar la derivada de las inversiones aplicadas por las sociedades estatales que también dependen del citado Ministerio. En contraposición, los programas de protección y mejora del medio ambiente apenas suponen el 9% del presupuesto del referido Ministerio.

Las políticas gubernamentales actuales son claramente insostenibles, aunque utilizan una retórica ambientalista para maquillar su imagen pública. No existe ninguna voluntad real de mantener políticas ecológicamente sostenibles. En este contexto el Gobierno ha presentado un borrador de Estrategia Española para el Desarrollo Sostenible, ante la Presidencia Española de la Unión Europea y ante la Conferencia Mundial Río+10, a celebrar en Johannesburgo, sin dialogar con las organizaciones ecologistas, y sin mantener objetivos cuantificables y plazos para desarrollarlos, lo que los deja, evidentemente, en papel mojado.

Algunas de las preocupaciones esenciales del movimiento ecologista de este momento se refieren al Plan Hidrológico propuesto y aprobado como Ley por el PP, ya que supone una gravísima agresión a los conceptos de uso eficiente y racional del agua, ahorro de este recurso natural vital, incremento de la calidad del agua y reducción de la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas. Además el Plan Hidrológico persigue el desequilibrio territorial, el empobrecimiento del mundo rural y la confrontación entre los diferentes territorios del Estado, entre territorios ricos en agua y territorios pobres.

También preocupa al mundo del ecologismo social el Plan de Infraestructuras para el Transporte 2000-2007 que continúa defendiendo el criterio falso de que "a más movilidad y transporte, más desarrollo económico". Criterio que ha abandonado hasta la Unión Europea en su Estrategia para el Desarrollo Sostenible aprobada en la Cumbre de Gotemburgo de junio de 2001. Plan de infraestructuras que continúa construyendo grandes e innecesarias autopistas y autovías, grandes líneas ferroviarias de alta velocidad, grandes aeropuertos y grandes puertos, abandonando el transporte público colectivo, desvertebrando el territorio, generando enormes e insostenibles aglomeraciones urbanas, desertificando el mundo rural y contribuyendo al aumento de los gases de efecto invernadero y el cambio climático.

Otra preocupación se refiere al Plan Energético del PP dado que se guía por el criterio falso de que "a mayor consumo energético, mayor desarrollo económico". En este terreno el Gobierno español apoya la continuidad de las centrales nucleares e impide su cierre, continúa aprobando la instalación de más centrales térmicas de combustibles fósiles y sigue proponiendo la construcción de más grandes presas en los cauces de los ríos en contra de la nueva cultura del agua.

También preocupan otras muchas actuaciones como los excesos urbanísticos-especulativos en ámbitos territoriales como en la Comunidad de Madrid, Cataluña y costas mediterráneas; excesos del turismo de sol y playa; construcción de campos de golf en zonas áridas o semiáridas; explotaciones mineras a cielo abierto; instalaciones de nieve artificial en las montañas; abandono de la ganadería tradicional y de la agricultura familiar; destrucción de humedales; proliferación de incineradoras de basuras; quema de residuos orgánicos en cementeras; incremento de la contaminación electromagnética generada por instalaciones inadecuadas de telefonía móvil, líneas de alta tensión y transformadores; destrucción de las cañadas y vías pecuarias; falta de protección de dominio público hidráulico; mal trato a los animales; etc.

Los retos del PCE pasarían hoy día por:

1. Realizar un impulso programático de lo medioambiental, centrándonos prioritariamente en cinco temas:
· Políticas a favor del clima para reducir el consumo de energías fósiles y su sustitución por energías renovables.
· Gestión integral del ciclo del agua, dentro de una Nueva Cultura del Agua, que favorezca el uso racional, desde la austeridad y el ahorro, además de la depuración de las aguas residuales. E impulsando la resistencia a los proyectos más agresivos del Plan Hidrológico.
· Defensa de los espacios naturales, para el mantenimiento de las masas forestales existentes, y del medio marino. Limitando el crecimiento urbanístico.
· Gestión de los residuos sólidos urbanos e industriales, favoreciendo su reducción, reutilización y reciclaje.
· Denuncia de los peligros alimentarios debidos a la producción agraria basada en el uso masivo de insumos químicos o pesticidas, a la ganadería con uso inadecuado de piensos, y al caso de los productos transgénicos.

2. Impulsar la asociación de los miembros del PCE en las organizaciones ecologistas.

3. Desarrollar el diálogo del marxismo con la ecología política, creando foros de debate que posibiliten el intercambio de posiciones y el enriquecimiento mutuo. Utilizando como medios el Área de Formación y la Fundación de Investigaciones Marxistas, para profundizar en la crítica ecológica del capitalismo y en la renovación del internacionalismo, tal y como nos legó Manuel Sacristán.

Lo aquí expuesto, en lo posible, debe articularse en la convergencia con los movimientos ecologistas dentro de las luchas concretas que tienen contenido anticapitalista y transformador. Debe, igualmente, alimentar la prefiguración de una sociedad nueva, socialista y solidaria con las generaciones futuras.

Todo ello nos conduce a la necesidad de cambiar la mentalidad, las propuestas y la practica individual y colectiva, tanto en la vida cotidiana como en la sociedad, en las instituciones y en las organizaciones en las que de una u otra forma participamos.

LA "HUELLA ECOLÓGICA"

Y hay algo más.

Porque es muy fácil estar de acuerdo, en teoría, con el principio general de que las capacidades del planeta tierra son un bien común al que todo el género humano debería tener derecho de acceso para satisfacer sus necesidades, al menos, de forma suficiente, mejor de forma equitativa. ¿Puede alguien no estar de acuerdo con esa afirmación?

Pero es menos fácil sacar las consecuencias prácticas de las conclusiones de los estudios de los diversos modelos de consumo, o aprovechamiento, de los recursos naturales que se dan en el planeta. No se trata de provocar la angustia, pero sí abrir los ojos a aspectos importantes de la realidad para, modestamente, ayudar a las soluciones necesarias.

Los estudios sobre la "huella ecológica" establecen estimaciones, cada vez más ajustadas, sobre la cantidad (hectáreas) de superficie productiva de la tierra que se requiere por persona para cada uno de los modelos de consumo existentes. Con datos de 1997 si se repartía la biocapacidad disponible por habitante, considerando todos los conceptos (alimentación, energía, infraestructuras, preservación mínima de la biocapacidad, etc.), de forma equitativa, correspondía 1,7 hectáreas por persona. Pues bien, en esa fecha ya se estaba utilizando una media de 2,8 hectáreas por persona.

Pero mientras que Bangla Desh, India, Pakistán, Etiopía, Egipto, China, Nigeria o Perú ocupan una capacidad inferior a la sostenible (menos de 1,7 hectáreas por persona), Estados Unidos acapara 10,3; Australia, 9; Canadá 7,7; Rusia, 6; Suecia, 5,9; Alemania, 5,3; Italia 4,2; Japón, 4,3; Francia y Austria, 4,1; y España y Portugal 3,8 hectáreas por habitante, situadas en la zona media de la insostenibilidad.

Si todo el mundo pretendiera vivir con el modelo de consumo de EE.UU. necesitaríamos disponer de seis planetas Tierra, y se necesitarían algo más de dos planetas si todo el mundo quisiera vivir como quienes estamos en la Península Ibérica.

Estos estudios de la realidad concreta ayudan a descubrir el camino a recorrer para irnos aproximando a un uso social y ecológicamente duradero y sostenible de la naturaleza.

Para lograr una situación justa, los habitantes de nuestra Península deberíamos reducir a la mitad nuestra huella ecológica, y los habitantes de EE.UU. a la sexta parte.

Estos análisis de los déficits ecológicos que producimos, revelan hasta qué punto los países ricos se apropian (nos apropiamos) de la capacidad productiva de la biosfera del planeta, que debería ser repartido entre toda la humanidad.

Y UNA CONCLUSIÓN GENERAL

La equidad global y la sostenibilidad exigen una clarificación de las conciencias y requerirán diversas formas de intervención en la sociedad y en los mercados, para reconducirlos democráticamente hacia modelos de desarrollo social y ecológicamente sostenibles.

Va siendo ya el momento de generalizar la adecuada reflexión que nos aleje de los modelos basados en el productivismo, la competitividad, la ambición de los pocos que abusan de los demás en beneficio propio. Se trata de ir hacia modelos al servicio del desarrollo duradero y sostenible, tanto en el campo social como en el ecológico, que pongan el acento en los derechos de todas las personas y equilibren las actividades económicas con los objetivos sociales y ambientales. Ello plantea la necesidad urgente de gobernar la globalización para ponerla al servicio de la humanidad actual y futura.

Y no conviene ocultarlo, hay grandes resistencias, como las de quienes pretenden aplicar estrategias de reducción poblacional contra lo que ellos llaman exceso de población en nuestro planeta. Esos sujetos pretenden apropiarse del espacio, o hectáreas de biocapacidad, que aún ocupan las masas que han sido empobrecidas por el sistema económico imperante. Por un lado aceptan que entre la población de China en el mercado mundial, pero les sobran 2.800 millones de gentes desposeídas, que no disponen de capacidad para insertarse en el modelo consumo. ¿Es que tienen vinculación las estrategias de reducción poblacional con las nuevas fórmulas de expansión comercial de las transnacionales, y con la diversificación de los métodos de genocidio aplicados contra los diferentes pueblos?

Con sencillez, sin tener soluciones mágicas, totales e inmediatas, pero con dedicación tenemos que fomentar el conocimiento de las realidades, impulsar las consecuencias teóricas y prácticas así como organizar las confluencias posibles de quienes quieran ir avanzando en la dirección de dar respuesta positiva a estar realidades. Realidades, no fantasías ni meras especulaciones de gente ociosa.

En efecto, la crisis ecológica nos plantea un gran reto en todos los ámbitos. Desde luego ello nos exige bastante más que sumarnos, colaborar o merecer ir encabezando tal o cual manifestación medioambiental, aunque también ello pueda ser necesario.

La ecología no es la guinda del pastel. Es, precisamente, el pastel. Como decía un respetado activista social y político, parece obvio que "algunos debemos vivir sencillamente para que muchos (todos) puedan sencillamente vivir".


Imprimir