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DOCUMENTOS APROBADOS EN EL
XVI CONGRESO DEL
PARTIDO COMUNISTA DE ESPAÑA
Madrid 1, 2 y 3 de marzo de 2002
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9. La propuesta comunista ante
la crisis ecológica
NATURALEZA Y SOCIEDAD
"Ningún sistema, incluida la
sociedad humana, puede existir en el vacío; está rodeada por un
entorno. Si la sociedad humana no está adaptada a su entorno, tarde
o temprano dejará de existir". Esta frase de Nicolai Bujarin nos
recuerda que entre los clásicos del marxismo existía una preocupación
teórica por la reconciliación de la sociedad humana con la naturaleza.
Conviene recordar también lo
que Engels escribió en su "Dialéctica de la Naturaleza" y Laura
Comti recogió en el libro que relaciona de forma magnífica capital,
trabajo y medio ambiente: "no nos envanezcamos demasiado de nuestra
victoria sobre la Naturaleza, porque ésta se venga de cada una de
nuestras victorias... A cada momento se nos recuerda que no dominamos
la Naturaleza como un conquistador a un pueblo extranjero sojuzgado,
que no la dominamos como quien es extraña a ella, sino que le pertenecemos
en carne y sangre y cerebro y vivimos en su regazo".
Lo que en aquellos tiempos no
se situaba más que en el horizonte teórico, ahora, la posibilidad
de fuertes deterioros, incluso de un colapso global, de las condiciones
que permiten la vida humana en la tierra, ha pasado, con el desarrollo
del capitalismo y con los procesos de industrialización acelerada
realizados en nombre del socialismo o de la liberación nacional,
a convertirse en una realidad tangible y amenazante.
Y es que tanto el capitalismo
como el socialismo son ramas de un mismo árbol: la civilización
moderna. De ella se derivan la técnica, el productivismo y el crecimiento
desaforado. Mientras aquel dirige sus afanes hacia el lucro individual,
ilimitado y hasta anónimo, el segundo trata de lograr la mayor cantidad
de productos y servicios para distribuirlos mejor. Ninguno de los
dos ha tenido, en la práctica, conciencia de los límites naturales.
Ninguno ha caído en la cuenta de que rebasar tales límites acarrea,
cada vez de forma más notable, consecuencias perversas difíciles
de remediar o, sencillamente, irreparables. Ninguno de los dos se
ha planteado la posible y real colisión entre la tecnosfera y la
biosfera.
Hoy día la crisis ecológica
planea sobre la humanidad, al tiempo que se han extendido evolucionadas
formas de capitalismo mundial en el actual proceso de globalización
económica. Este proceso, a su vez, va acompañado de una fuerte colonización
ideológica. El ecosistema terrestre está amenazado por la sobreexplotación
de los recursos naturales y por el exceso de vertido de contaminantes
a la tierra, al aire y al agua. Esta crisis ambiental se une a la
brecha, cada vez más grande, entre países ricos y países pobres,
entre primer y tercer mundo, entre regiones favorecidas y regiones
abandonadas, entre centro y periferia, entre capital y trabajo.
La llamada Declaración de Estocolmo
estableció con gran claridad dónde están las correlaciones y contradicciones
entre la humanidad y la naturaleza, además de marcar los objetivos
necesarios para reducir significativamente las limitaciones de derechos
básicos que tienen muchos seres humanos y de conservar el medio
natural como fuente de recursos y de calidad de vida. También señala
que para alcanzar la sostenibilidad es necesario asumir costes a
corto y medio plazo, en las formas y medios de producción actuales,
costes que se deben evaluar de forma estratégica como elementos
clave en el camino de búsqueda del equilibrio necesario entre la
actividad productiva y el respeto a la naturaleza.
Lo cierto es que la mencionada
Declaración de Estocolmo y los tratados internacionales que de ella
se han ido derivando, han quedado en meras cartas de intenciones
dada la incompatibilidad de los valores que allí se defienden con
los criterios ambientales, económicos y culturales dominantes en
la sociedad capitalista, tiranizada por las reglas del mercado y
el productivismo inmediato.
En determinados aspectos (como
el uso excesivo de combustibles fósiles, la emisión de gases de
efecto invernadero, la sobreexplotación de acuíferos, la construcción
de embalses, la desertización y desertificación, el impacto de la
construcción de infraestructuras sobre el territorio, el cultivo
de organismos genéticamente modificados, la inseguridad alimentaria,
el consumo energético excesivo, la generación de residuos radiactivos,
la generación ilimitada de residuos y vertidos contaminantes, la
sobreexplotación de recursos pesqueros, etc.) se pone de manifiesto,
de forma global y local, la radical incompatibilidad entre la economía
capitalista y el desarrollo ecológicamente sostenible y, de forma
concreta en estos momentos, la radical incompatibilidad entre la
globalización capitalista y la posibilidad de optar por un modelo
de sociedad respetuosa con el resto de la naturaleza.
LOS LÍMITES DE LA NATURALEZA
El sistema capitalista no atribuye
valor a la naturaleza. Percibe los recursos naturales como bienes
libres por los que no debe pagar más que los costes de extracción.
No asume que los recursos naturales tienen el valor de uso para
los consumidores y usuarios directos y el valor de existencia tanto
para las generaciones futuras como para otras especies animales
o vegetales.
Hemos de reconocer que el modelo
de crecimiento económico aplicado en los llamados "países del socialismo
real" no supuso nunca una auténtica y consecuente alternativa ecológica
al capitalismo, pues en la dinámica productivista donde se instalaron,
el medio ambiente ocupó siempre, incluso en el mejor de los casos,
un modesto papel subalterno.
Podemos decir que el desarrollo
teórico y práctico del marxismo, a pesar de que en los fundamentos
teóricos existe una referencia a la naturaleza, no ha logrado asumir
hasta el momento la cultura ecologista en toda su amplitud y profundidad.
Tampoco ha sido capaz de integrarla de forma suficiente en el discurso
de clase.
Sin embargo la preocupación
por el medio ambiente y por alcanzar el máximo equilibrio entre
la sociedad humana y el resto de la naturaleza es una aspiración
emergente, revolucionaria, que se va expresando cada vez con mayor
claridad en las políticas de izquierdas. El PCE tiene la obligación
de atender, estudiar y analizar esta aspiración para asumirla con
valentía en su estrategia, objetivos prioritarios, alianzas y tácticas
de intervención en el quehacer político cotidiano. El ecologismo
social, alternativo y progresista recoge críticas radicales al sistema
capitalista y promueve constantemente actividades reivindicativas
y transformadoras.
El PCE debe asumir con coherencia
los límites de nuestro planeta, tanto en la aportación de recursos
naturales, como en la capacidad de absorber los desechos de la producción,
distribución y consumo de bienes y servicios.
Ya en el siglo XIX se detectaron
consecuencias negativas en la industrialización, como el hacinamiento
de las obreras y obreros en barrios insalubres, el desarraigo cultural,
las traumatizantes emigraciones del campo a la ciudad, la contaminación,
y la degradación, en general, de las condiciones de vida para una
gran parte de las personas.
Podemos considerar que a comienzos
de la década de 1960 se realizaron los primeros listados de problemas
ambientales. Una reseña de los que podrían considerarse como básicos
se concentra en las amenazas globales de extinción de la humanidad
por las formas de guerra de tipo nuclear, químico y bacteriológico;
las catástrofes generales ligadas a fenómenos como la destrucción
de la capa de ozono en la estratosfera o el cambio climático generado
por al contaminación atmosférica; el agotamiento de los recursos
naturales, tanto de las fuentes tradicionales de energía, madera,
carbón, petróleo o gas, como de otros elementos vitales, por ejemplo,
el agua; la degradación del medio natural por acción de la contaminación,
lluvia ácida, desertización, impacto ambiental de las infraestructuras,
destrucción del paisaje, desaparición de especies y hábitats; así
como, el deterioro de la calidad de vida.
Esta concienciación determina
la publicación de diversos estudios y análisis que promueven grandes
debates sobre la dificultad de extender y mantener la forma de vida
típica del mundo industrializado, la dificultad de proveer de alimentos
a una población que crece exponencialmente, la imposibilidad de
continuar con los mismo métodos de explotación de los recursos naturales,
y la dificultad de mantener los criterios convencionales de planificación
territorial, urbanismo y transporte.
En ese contexto se incrementa
la protesta social ante el deterioro ambiental, y se enriquece con
la experiencia de las personas y corrientes de pensamiento de las
organizaciones políticas, sindicales, vecinales y culturales, que
a partir del llamado "Mayo del 68" se unen al movimiento ecologista.
Hasta hace unos veinticinco
o treinta años, en algunos ámbitos, atender las exigencias del ecosistema
tierra, donde se conjugan y reúnen los diversos ecosistemas, parecía
una preocupación de románticos que limitaba -a juicio de los demás-
el progreso tecnológico y productivo.
En el productivismo -inconsciente
con los límites naturales- radican, por ejemplo, las políticas de
oferta, como las referidas a la energía o al agua, que impulsan
el consumo ilimitado de tales recursos, si ello fuera posible, pensando
únicamente en que cuanto más se consuma más se gana.
Y así ocurre que, por ejemplo,
se viene utilizando en la interpretación de las estadísticas la
idea de que el incremento del consumo de energía es un indicador
positivo del crecimiento económico. Pero poco o nada se habla de
si esa energía consumida se emplea con eficiencia, si los residuos
radiactivos van a ser una pesada carga a cuidar por el conjunto
de la humanidad durante milenios, o si se van a sepultar, de forma
innecesaria, valles paradisíacos, bajo las aguas de los embalses.
Frente a dichas políticas de
oferta, existen las de gestión de la demanda que parten de la limitación
de los recursos, de las consecuencias dañinas del abuso y que, por
tanto, tratan de incentivar los usos austeros y eficientes, además
de corregir los usos sin control, mejorando el aprovechamiento tanto
para la sociedad presente como para la futura.
Podemos decir que a finales
de la década de 1970 el movimiento ecologista presenta problemas
de identidad, generándose corrientes meramente conservacionistas
o ambientalistas y corrientes de ecologismo social, más consecuentes,
que avanzan en el camino de la transformación social alternativa
y progresista. Este segundo ecologismo, el social, es un movimiento
social e ideológico que pretende transformar el orden social ahora
existente, sirviéndose de la ecología como instrumento imprescindible
para incrementar el conocimiento y apoyar una opción de civilización.
Este ecologismo social es consciente de que los intentos de integrar
la ecología en el sistema dominante de ciencia, tecnología y cultura,
son perversos y contrarios a la sostenibilidad de la vida sobre
el planeta.
Hemos de asumir, que en general,
los partidos comunistas no hemos empezado a abordar seriamente la
crisis ecológica hasta finales de la década de 1980. En nuestro
caso seguimos necesitando desarrollar un gran esfuerzo en este terreno.
Si dedicamos gran atención a los problemas del mundo del trabajo,
a la cuestión de la paz y la guerra, a la situación de la mujer
(aunque a veces de forma un tanto parcial y retórica), a la educación
y la sanidad, en el caso de la ecología, apenas dejamos impreso
algún párrafo en algún que otro documento. Si apreciamos que Izquierda
Unida ha avanzado bastante en este asunto, no podemos decir que
haya sido fruto de nuestra aportación colectiva.
LA CONCIENCIA DE LOS LÍMITES
La crisis ecológica, como la
crisis económica, afecta a todo el planeta, se agudiza en los países
empobrecidos por el capitalismo, y no se podrá solucionar favorablemente
en el marco capitalista, ni para las personas trabajadoras, ni para
la mayoría de la población actual, ni para las generaciones futuras.
No es posible resolver la crisis ecológica sin cuestionar el capitalismo.
Por eso es preciso extender
la conciencia de los límites y las consecuencias del abuso de la
naturaleza. Lo que requiere información, reflexión y debate sin
prejuicios dentro y fuera de las organizaciones políticas, sociales,
culturales y cívicas, y en el ámbito de toda la sociedad. Se da
el caso de que incluso con buena voluntad, se puede pensar que los
recursos son ilimitados y que se deben lograr al precio más barato
posible y que, si se da el caso, sean costeados por el conjunto
de la sociedad vía impuestos. Incluso se puede llegar a plantear
que, si bien algo no puede ser disfrutado con carácter general,
al menos en el caso que a mí me afecta, o que afecta a mi determinado
grupo humano, debe hacerse una excepción.
Por la cómoda inercia de "lo
normal", no es fácil asimilar todo lo anterior incluso por quienes
se autocalifican como personas de izquierda, socialistas o comunistas.
Y así ocurre, que podrá haber sobreproducción agrícola, pero se
clamará por más regadíos, y que sean pagados por todos los contribuyentes
si es posible. Regadíos que se alcanzarán, claro está, a costa de
obras faraónicas muy lucrativas, por cierto, para algunas -pocas-
personas interesadas (constructoras, cementeras, entidades financieras
y algunas vendedoras de tecnologías y productos aplicados en la
producción agrícola) que encuentran en esos futuros regantes unos
aliados perfectos.
Por tanto, es obvio que hay
que actuar y avanzar sin esperar a que toda la sociedad lo tenga
totalmente claro.
El sistema capitalista no le
atribuye valor a la naturaleza. Lo considera un "bien libre", por
el que no hay que pagar, o un recurso monopolizable del cual es
posible extraer un beneficio extraordinario. Ante todo pretende
sacarle el mayor partido en el menor tiempo posible sin pensar en
el futuro a medio-largo plazo. Consecuencias de este sistema, en
el que están inmersos la mayoría de los gobiernos actuales, son
la contaminación de los ríos o las construcciones hoteleras en primera
línea de playa, por citar ejemplos que nos son muy próximos.
La forma ecologista de desenvolver
una crítica teórica y práctica del capitalismo debe consistir principalmente
en criticar sin contemplaciones la civilización material del capitalismo
en su fase actual de desarrollo, la globalización. El lado fuerte
de esta apuesta, que en el PCE no se ha desarrollado suficientemente,
debe ser la crítica radical, a partir de criterios ecológicos y
sociales, de los procesos productivos, de sus productos y subproductos,
proponiendo alternativas igualmente precisas y concretas, y proponiendo
el desarrollo sostenible.
Uno de los flancos débiles
de nuestro acervo crítico tradicional ha sido concentrar nuestra
atención casi exclusivamente en la distribución y en los valores
de cambio, no en la producción y el consumo, es decir, no haber
prestado suficiente atención a qué se produce, cómo se produce,
y por qué se produce.
Debemos, pues, aprender del
ecologismo anticapitalista y desarrollar nuestra propia crítica
para articular algo más que la mera invocación de políticas fiscales
expansivas.
Y hay que tener en cuenta que,
si bien es cierto que la fiscalidad ecológica puede ser un buen
instrumento para sancionar y corregir, progresivamente incluso,
usos dañinos de los recursos naturales, no debe ser su principal
finalidad la recaudación de impuestos, de ingresos públicos, sino
el fomento de las buenas prácticas. Por ello no tiene, por lo general,
gran sentido esta faceta de la fiscalidad si no está acompañada
de otros mecanismos que incentiven los buenos usos de la naturaleza
y el empleo de alternativas limpias.
EXPRESIONES DE LA CRISIS ECOLÓGICA
Siendo conscientes, por tanto,
de que la crisis ecológica global significa que en la actual fase
de la humanidad lo que prioritariamente se pone en cuestión no es
la desaparición de tal o cual especie de fauna o flora, o de algunos
ecosistemas, por el envenenamiento del agua, la tierra y el aire,
sino que lo que se cuestiona es el propio futuro de la humanidad
como especie, arrastrando tras de sí de la faz del planeta al resto
de los seres vivos. Ello nos sitúa ante la centralidad de la paz
y la ecología como factores fundamentales en la lucha por el socialismo.
La crisis ecológica se presenta,
en nuestra sociedad, ahora y entre otras formas, con una de sus
peores expresiones, la amenaza nuclear. Amenaza derivada de las
centrales eléctricas que utilizan dicha fuente de energía y almacenan
los residuos radioactivos de alta densidad en el cementerio nuclear
de El Cabril (Córdoba), por ejemplo. Amenaza generada por los buques
militares de la OTAN propulsados con dicha fuente de energía, o
dotados de armamento nuclear, que se desplazan libremente por nuestro
entorno o atracan en nuestros puertos, especialmente en la base
naval de Rota (o en Gibraltar como el caso del submarino Tireless).
Amenaza producida por la propia fuerza aérea norteamericana instalada
permanentemente en la base de Morón, y utilizando además otros aeródromos
de la Península Ibérica y alrededores.
El calentamiento global y el
consiguiente cambio climático que arriesgan transformar en áridos
desiertos zonas templadas del planeta e inundar regiones costeras
bajas, todo ello originado en la liberación de gases de efectos
invernadero (sobre todo dióxido de carbono producido por la combustión
de combustibles fósiles). El efecto de los productos químicos sintéticos
y los aerosoles que destruyen la capa de ozono e incrementan los
casos de cáncer de piel, la lluvia ácida que destruye bosques insustituibles
y fauna, el cuidado almacenamiento de los residuos tóxicos, la necesaria
vigilancia para evitar que a través de la captura y comercialización
de pez-queñines se acaben los recursos pesqueros, y hasta el cuidado
para que no continúe desapareciendo la biodiversidad, ya no son
temas exclusivos de especialistas. Para el PCE estos bienes públicos
comunes, no son precisamente, no deben ser curiosidades para gente
desocupada.
Las crisis ecológicas provocadas
por las sociedades humanas han existido a todo lo largo de la historia,
baste recordar, por ejemplo, la deforestación y desertificación
de Oriente Medio en la antigüedad. Lo cualitativamente nuevo, en
este momento, es la perspectiva de crisis ecológicas globales cuando
la acción humana ha alcanzado una magnitud capaz de comprometer
los equilibrios básicos de la biosfera planetaria. Junto al riesgo
de grandes cataclismos globales, coexiste también, como consecuencia
de la acción humana, un riesgo difuso que se puede manifestar de
manera inmediata en problemas de salud y, a medio plazo, en complejas
interacciones de consecuencias imprevisibles.
La crisis ecológica también
se presenta entre nosotros con la creciente contaminación atmosférica
generada por el aumento del consumo de energías fósiles debido al
incremento de la movilidad urbana en transporte por carretera y
privado frente al uso del ferrocarril y el transporte público colectivo.
El despilfarro en el uso y consumo eléctrico tanto en la industria
como en las ciudades y viviendas. Los vertidos descontrolados a
la atmósfera de sustancias químicas en los procesos industriales,
con casos como los de la nube tóxica por combustión de abonos en
Cartagena, o por las incineradoras de residuos urbanos. La importante
contaminación de los ríos por los vertidos permanentes de aguas
residuales urbanas e industriales, con hechos clamorosos como los
vertidos de Aznalcóllar que afectaron al Parque Natural de Doñana,
o los de mercurio en el Ebro o el reciente vertido tóxico en el
río Adaja (Ávila).
La destrucción de hábitats y
espacios naturales ante la progresiva especulación urbanística,
destruyendo gran parte del litoral y grandes áreas de bosques y
zonas de cultivo a favor de urbanizaciones, campos de golf o puertos
deportivos; las políticas de canalizaciones y embalses, impulsadas
por la administración pública dentro del Plan Hidrológico, que son
también causa de grandes amenazas sobre nuestros ríos, donde más
de la mitad padece graves procesos erosivos, principalmente en el
área mediterránea, acelerados por la pérdida de cubierta vegetal
de los suelos, como consecuencia de los incendios forestales, procesos
urbanizadores, construcción de grandes infraestructuras, proliferación
de canteras y abandono de tierras de cultivo; la creciente generación
de basuras urbanas; las crisis alimentarias ("vacas locas", pollos
con dioxinas, alimentos transgénicos, abusos de fertilizantes,...);
la amenaza de contaminación electromagnética (teléfonos móviles);
son un conjunto de expresiones de los insostenibles modelos actuales
de producción y consumo.
ALGUNAS AGRESIONES Y ALGUNOS
RETOS
Ante esta grave situación ecológica
las políticas mantenidas por los diferentes gobiernos, antes del
PSOE y ahora del PP, han sido las de impulsar actividades muy agresivas
y de gran impacto ambiental, apoyándose en los sectores económicos
más propicios a beneficiarse de ellas (constructoras, eléctricas,
inmobiliarias, petroleras, etc.). Podríamos afirmar que ha existido,
y se mantiene, una promoción pública de la destrucción-degradación
ambiental en nombre del mercado y "el crecimiento económico".
La llegada del PP, y su mayoría
absoluta, han acelerado esta agresión ambiental, siendo ejemplos
de ello el Plan Hidrológico, más la política territorial, la especulación
urbanística, la política energética y la política de transporte,
que han aumentando notablemente los niveles de emisiones de gases
invernadero. El Ministerio de Medio Ambiente, paradójicamente, es
el que concentra un mayor gasto en "sembrar de hormigón" el territorio,
donde su Dirección General de Obras Hidráulicas está encargada de
aplicar el 82% del presupuesto ministerial. A esta acción destructiva
hemos de sumar la derivada de las inversiones aplicadas por las
sociedades estatales que también dependen del citado Ministerio.
En contraposición, los programas de protección y mejora del medio
ambiente apenas suponen el 9% del presupuesto del referido Ministerio.
Las políticas gubernamentales
actuales son claramente insostenibles, aunque utilizan una retórica
ambientalista para maquillar su imagen pública. No existe ninguna
voluntad real de mantener políticas ecológicamente sostenibles.
En este contexto el Gobierno ha presentado un borrador de Estrategia
Española para el Desarrollo Sostenible, ante la Presidencia Española
de la Unión Europea y ante la Conferencia Mundial Río+10, a celebrar
en Johannesburgo, sin dialogar con las organizaciones ecologistas,
y sin mantener objetivos cuantificables y plazos para desarrollarlos,
lo que los deja, evidentemente, en papel mojado.
Algunas de las preocupaciones
esenciales del movimiento ecologista de este momento se refieren
al Plan Hidrológico propuesto y aprobado como Ley por el PP, ya
que supone una gravísima agresión a los conceptos de uso eficiente
y racional del agua, ahorro de este recurso natural vital, incremento
de la calidad del agua y reducción de la contaminación de las aguas
superficiales y subterráneas. Además el Plan Hidrológico persigue
el desequilibrio territorial, el empobrecimiento del mundo rural
y la confrontación entre los diferentes territorios del Estado,
entre territorios ricos en agua y territorios pobres.
También preocupa al mundo del
ecologismo social el Plan de Infraestructuras para el Transporte
2000-2007 que continúa defendiendo el criterio falso de que "a más
movilidad y transporte, más desarrollo económico". Criterio que
ha abandonado hasta la Unión Europea en su Estrategia para el Desarrollo
Sostenible aprobada en la Cumbre de Gotemburgo de junio de 2001.
Plan de infraestructuras que continúa construyendo grandes e innecesarias
autopistas y autovías, grandes líneas ferroviarias de alta velocidad,
grandes aeropuertos y grandes puertos, abandonando el transporte
público colectivo, desvertebrando el territorio, generando enormes
e insostenibles aglomeraciones urbanas, desertificando el mundo
rural y contribuyendo al aumento de los gases de efecto invernadero
y el cambio climático.
Otra preocupación se refiere
al Plan Energético del PP dado que se guía por el criterio falso
de que "a mayor consumo energético, mayor desarrollo económico".
En este terreno el Gobierno español apoya la continuidad de las
centrales nucleares e impide su cierre, continúa aprobando la instalación
de más centrales térmicas de combustibles fósiles y sigue proponiendo
la construcción de más grandes presas en los cauces de los ríos
en contra de la nueva cultura del agua.
También preocupan otras muchas
actuaciones como los excesos urbanísticos-especulativos en ámbitos
territoriales como en la Comunidad de Madrid, Cataluña y costas
mediterráneas; excesos del turismo de sol y playa; construcción
de campos de golf en zonas áridas o semiáridas; explotaciones mineras
a cielo abierto; instalaciones de nieve artificial en las montañas;
abandono de la ganadería tradicional y de la agricultura familiar;
destrucción de humedales; proliferación de incineradoras de basuras;
quema de residuos orgánicos en cementeras; incremento de la contaminación
electromagnética generada por instalaciones inadecuadas de telefonía
móvil, líneas de alta tensión y transformadores; destrucción de
las cañadas y vías pecuarias; falta de protección de dominio público
hidráulico; mal trato a los animales; etc.
Los retos del PCE pasarían hoy
día por:
1. Realizar un impulso programático
de lo medioambiental, centrándonos prioritariamente en cinco temas:
· Políticas a favor del clima para reducir el consumo de energías
fósiles y su sustitución por energías renovables.
· Gestión integral del ciclo del agua, dentro de una Nueva Cultura
del Agua, que favorezca el uso racional, desde la austeridad y el
ahorro, además de la depuración de las aguas residuales. E impulsando
la resistencia a los proyectos más agresivos del Plan Hidrológico.
· Defensa de los espacios naturales, para el mantenimiento de las
masas forestales existentes, y del medio marino. Limitando el crecimiento
urbanístico.
· Gestión de los residuos sólidos urbanos e industriales, favoreciendo
su reducción, reutilización y reciclaje.
· Denuncia de los peligros alimentarios debidos a la producción
agraria basada en el uso masivo de insumos químicos o pesticidas,
a la ganadería con uso inadecuado de piensos, y al caso de los productos
transgénicos.
2. Impulsar la asociación de
los miembros del PCE en las organizaciones ecologistas.
3. Desarrollar el diálogo del
marxismo con la ecología política, creando foros de debate que posibiliten
el intercambio de posiciones y el enriquecimiento mutuo. Utilizando
como medios el Área de Formación y la Fundación de Investigaciones
Marxistas, para profundizar en la crítica ecológica del capitalismo
y en la renovación del internacionalismo, tal y como nos legó Manuel
Sacristán.
Lo aquí expuesto, en lo posible,
debe articularse en la convergencia con los movimientos ecologistas
dentro de las luchas concretas que tienen contenido anticapitalista
y transformador. Debe, igualmente, alimentar la prefiguración de
una sociedad nueva, socialista y solidaria con las generaciones
futuras.
Todo ello nos conduce a la necesidad
de cambiar la mentalidad, las propuestas y la practica individual
y colectiva, tanto en la vida cotidiana como en la sociedad, en
las instituciones y en las organizaciones en las que de una u otra
forma participamos.
LA "HUELLA ECOLÓGICA"
Y hay algo más.
Porque es muy fácil estar de
acuerdo, en teoría, con el principio general de que las capacidades
del planeta tierra son un bien común al que todo el género humano
debería tener derecho de acceso para satisfacer sus necesidades,
al menos, de forma suficiente, mejor de forma equitativa. ¿Puede
alguien no estar de acuerdo con esa afirmación?
Pero es menos fácil sacar las
consecuencias prácticas de las conclusiones de los estudios de los
diversos modelos de consumo, o aprovechamiento, de los recursos
naturales que se dan en el planeta. No se trata de provocar la angustia,
pero sí abrir los ojos a aspectos importantes de la realidad para,
modestamente, ayudar a las soluciones necesarias.
Los estudios sobre la "huella
ecológica" establecen estimaciones, cada vez más ajustadas, sobre
la cantidad (hectáreas) de superficie productiva de la tierra que
se requiere por persona para cada uno de los modelos de consumo
existentes. Con datos de 1997 si se repartía la biocapacidad disponible
por habitante, considerando todos los conceptos (alimentación, energía,
infraestructuras, preservación mínima de la biocapacidad, etc.),
de forma equitativa, correspondía 1,7 hectáreas por persona. Pues
bien, en esa fecha ya se estaba utilizando una media de 2,8 hectáreas
por persona.
Pero mientras que Bangla Desh,
India, Pakistán, Etiopía, Egipto, China, Nigeria o Perú ocupan una
capacidad inferior a la sostenible (menos de 1,7 hectáreas por persona),
Estados Unidos acapara 10,3; Australia, 9; Canadá 7,7; Rusia, 6;
Suecia, 5,9; Alemania, 5,3; Italia 4,2; Japón, 4,3; Francia y Austria,
4,1; y España y Portugal 3,8 hectáreas por habitante, situadas en
la zona media de la insostenibilidad.
Si todo el mundo pretendiera
vivir con el modelo de consumo de EE.UU. necesitaríamos disponer
de seis planetas Tierra, y se necesitarían algo más de dos planetas
si todo el mundo quisiera vivir como quienes estamos en la Península
Ibérica.
Estos estudios de la realidad
concreta ayudan a descubrir el camino a recorrer para irnos aproximando
a un uso social y ecológicamente duradero y sostenible de la naturaleza.
Para lograr una situación justa,
los habitantes de nuestra Península deberíamos reducir a la mitad
nuestra huella ecológica, y los habitantes de EE.UU. a la sexta
parte.
Estos análisis de los déficits
ecológicos que producimos, revelan hasta qué punto los países ricos
se apropian (nos apropiamos) de la capacidad productiva de la biosfera
del planeta, que debería ser repartido entre toda la humanidad.
Y UNA CONCLUSIÓN GENERAL
La equidad global y la sostenibilidad
exigen una clarificación de las conciencias y requerirán diversas
formas de intervención en la sociedad y en los mercados, para reconducirlos
democráticamente hacia modelos de desarrollo social y ecológicamente
sostenibles.
Va siendo ya el momento de generalizar
la adecuada reflexión que nos aleje de los modelos basados en el
productivismo, la competitividad, la ambición de los pocos que abusan
de los demás en beneficio propio. Se trata de ir hacia modelos al
servicio del desarrollo duradero y sostenible, tanto en el campo
social como en el ecológico, que pongan el acento en los derechos
de todas las personas y equilibren las actividades económicas con
los objetivos sociales y ambientales. Ello plantea la necesidad
urgente de gobernar la globalización para ponerla al servicio de
la humanidad actual y futura.
Y no conviene ocultarlo, hay
grandes resistencias, como las de quienes pretenden aplicar estrategias
de reducción poblacional contra lo que ellos llaman exceso de población
en nuestro planeta. Esos sujetos pretenden apropiarse del espacio,
o hectáreas de biocapacidad, que aún ocupan las masas que han sido
empobrecidas por el sistema económico imperante. Por un lado aceptan
que entre la población de China en el mercado mundial, pero les
sobran 2.800 millones de gentes desposeídas, que no disponen de
capacidad para insertarse en el modelo consumo. ¿Es que tienen vinculación
las estrategias de reducción poblacional con las nuevas fórmulas
de expansión comercial de las transnacionales, y con la diversificación
de los métodos de genocidio aplicados contra los diferentes pueblos?
Con sencillez, sin tener soluciones
mágicas, totales e inmediatas, pero con dedicación tenemos que fomentar
el conocimiento de las realidades, impulsar las consecuencias teóricas
y prácticas así como organizar las confluencias posibles de quienes
quieran ir avanzando en la dirección de dar respuesta positiva a
estar realidades. Realidades, no fantasías ni meras especulaciones
de gente ociosa.
En efecto, la crisis ecológica
nos plantea un gran reto en todos los ámbitos. Desde luego ello
nos exige bastante más que sumarnos, colaborar o merecer ir encabezando
tal o cual manifestación medioambiental, aunque también ello pueda
ser necesario.
La ecología no es la guinda
del pastel. Es, precisamente, el pastel. Como decía un respetado
activista social y político, parece obvio que "algunos debemos vivir
sencillamente para que muchos (todos) puedan sencillamente vivir".
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