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DOCUMENTOS APROBADOS EN EL
XVI CONGRESO DEL
PARTIDO COMUNISTA DE ESPAÑA
Madrid 1, 2 y 3 de marzo de 2002
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2. La construcción europea y la
izquierda transformadora: situar el socialismo en el debate público
No nos hacemos falsas ilusiones
y reconocemos que en la actual situación de la izquierda el socialismo
no aparece como un elemento sustancial en la agenda política. Nos
interesa subrayar, no obstante, que no compartimos aquellas posiciones
que consideran irrelevante la cuestión o la remiten a un simple
principio regulativo. Nuestra tesis es diferente: para resistir
las políticas neoliberales y para propiciar una estrategia alternativa
a éstas es necesario recuperar moral y políticamente la critica
al capitalismo desde la perspectiva de su superación socialista.
La tensión entre política a corto y a medio plazo, las contradicciones
entre los que se oponen al orden neoliberal y los que tenemos una
perspectiva socialista nos van a acompañar durante una larga temporada.
Clausurarlas desde un radicalismo meramente verbal (insistiendo
en principios ideológicos al margen de la correlación de fuerzas
real del movimiento) o por un realismo (que se ajusta a lo existente
pero no es capaz de comprender las raíces económicas y sociales
de los problemas) significaría romper la unidad del movimiento e
impedir que la lucha social común, que la experiencia colectiva
defina los campos de las hegemonías político culturales que nunca
han estado garantizadas "a priori".
No es preciso señalar que cuando
hablamos de socialismo estamos refiriéndonos aun proceso histórico
largo y complejo, económica y socialmente factibles dirigido democráticamente
por los ciudadanos y ciudadanas. En este sentido, diferente también
a lo que ha sido la experiencia del llamado socialismo real. El
socialismo es para nosotros la superación del capitalismo, como
modo de producir y vivir, posibilitador de una vida cotidiana no
alienada, ecológicamente fundamentada y consciente de la pluralidad
de géneros. Los objetivos, en la tradición de Marx, serían regular
y limitar el mercado, creando las condiciones para su superación;
desarrollar las libertades democráticas suprimiendo los obstáculos
que el capitalismo les impone y generando posibilidades efectivas
de autogobierno de trabajadores y trabajadoras, impulsando un verdadero
Estado de Derecho en el marco de una legalidad socialista y con
respeto efectivo a los derechos individuales y colectivos; crear
una conciencia crítica de los efectos devastadores del productivismo
en sus distintas versiones, definiendo una nueva cultura ecológico
social que reconcilie la idea emancipación social y relaciones armoniosas
con la naturaleza. En definitiva, crear socialmente un proyecto
de vida alternativo que organice una nueva concepción del poder
y sitúe a los ciudadanos y ciudadanas en el centro de la vida político-social.
La izquierda europea tiene un
enorme desafío ante sí: construir un modelo alternativo de desarrollo
europeo, convergente con las aspiraciones de los trabajadores y
los pueblos de una humanidad que lucha por condiciones de vida y
derechos democráticos a la altura de las posibilidades materiales
de esta época histórica. En este sentido, defendemos tres ideas
centrales:
La primera, que el capital no
puede y no quiere impulsar un desarrollo democrático de la Unión
Europea. Su apuesta decidida por la globalización capitalista, su
posición de clase a favor de debilitar a los trabajadores así como
su dependencia del capital y la administración norteamericana se
lo impiden. De ahí el que las decisiones se estén tomando por burocracias
sin legitimidad democrática que responden a los intereses de las
diferentes fracciones de la burguesía y, como consecuencia, se estén
perdiendo conquistas históricas de los trabajadores europeos a través
de los procesos de privatización.
La segunda es que la izquierda
transformadora europea, uniendo su lucha contra el neoliberalismo
a nivel mundial con la propuesta de alternativas que avancen hacia
la trasformación socialista de la sociedad, debe impulsar la construcción
de una Europa soberana, política y económicamente independiente
de EE.UU. y la OTAN con política propia de seguridad, paz y solidaridad
con los países empobrecidos, avanzada socialmente y democráticamente
controlada. Condición fundamental para ello es que la izquierda
transformadora organice a la clase trabajadora y otros sectores
populares como sujeto político a escala europea, estructurándose
de forma plural y dotandose de un programa alternativo. El Comité
Federal que salga de este Congreso y su comisión de política internacional
tomarán medidas para impulsar el logro de este objetivo. Sería también
una contribución importante que la socialdemocracia europea supere
su subalternidad respecto a la administración norteamericana y al
capital europeo, recuperando la movilización social y recomponiendo
la unidad con la izquierda social y política.
La tercera idea es que la construcción
de una Europa democrática (basada en una Constitución europea que
consagre el papel legislativo pleno del Parlamento europeo y los
derechos de la ciudadanía europea, entre ellos los recogidos en
la Carta Social Europea) ayudaría, en las condiciones de hoy, al
proyecto de liberación social y nacional del Sur del Mundo. Este
tipo de Europa por la que apostamos, desarrollaría las condiciones
para un mundo más multipolar, limitando el poder de los EE.UU. e
impulsando una regionalización alternativa de los países del Sur.
Igualmente, se posibilitarían mecanismos redistributivos y de control
del sistema financiero como la Tasa Tobin aplicada a la recuperación
económica de los países empobrecidos y la práctica de políticas
económicas diferenciadas del neoliberalismo. Para todo lo cual es
necesaria una alternativa transformadora que conduzca a la Europa
social de los pueblos.
La reconstrucción de los movimientos
sociales.
El apoyo de los comunistas a
los movimientos sociales no debe suponer que se eludan las críticas
que pueden ayudar a recuperarlos. Del mismo modo que el PCE debe
recobrar la acción social, la intervención comunista socialmente
organizada, la política del partido en los movimientos sociales,
su orientación a los comunistas que en ellos participan, tiene que
ser coherentemente la de la lucha contra la burocratización, la
movilización social reivindicativa y el rescate de la capacidad
crítica frente a la sumisión al poder establecido.
Aunque sea un lugar común entenderlo
de esta manera, lo cierto es que no solamente los partidos políticos
de izquierdas y los sindicatos mayoritarios han padecido un proceso
de institucionalización y burocratización. Movimientos como el vecinal
se han acabado hundiendo en vicios similares, cuando no en mero
clientelismo. Salvo muy contadas excepciones, las organizaciones
vecinales se han convertido en entidades aisladas de la realidad
ciudadana. El caso del movimiento verde, integrado en su cuna europea,
en Alemania, en la estrategia militar de la OTAN es aún más dramático.
Ello evidencia la capacidad del sistema para cooptar a aquellos
brotes de protesta ciudadana, si no se articula una referencia política
anticapitalista que pueda actuar como vía de orientación en el sentido
contrario, y la necesidad de que el PCE se proponga diseñar una
estrategia de recuperación de la pujanza de los movimientos sociales
en su conjunto. Pero, por supuesto, la primera condición para que
las y los comunistas tengan la capacidad de intervenir en la dinámica
de los movimientos sociales es estar en ellos, trabajar lealmente
por los propios objetivos que cada movimiento se traza y, en el
ejercicio de esa labor, ejercer el derecho de crítica y propuesta.
Para lo cual es preciso que el PCE se constituye en espacio de discusión
de los camaradas que trabajan en movimientos sociales acerca de
la tarea que en ellos desempeñan.
Sin excluir a otros, y dada
la presente deriva del imperialismo, cobran particular transcendencia
todos los movimientos de carácter pacifista o antimilitarista, entre
ellos el de los insumisos, muchos de ellos aún en prisión. También,
por su talante combativo y juvenil, el movimiento "okupa". Por cierto,
en este país el movimiento vecinal y la izquierda abandonaron un
movimiento de ocupación de viviendas vacías, que atacaba al tinglado
corrupto de la especulación inmobiliaria, que todavía mantiene herencias
de la política de vivienda que diseñaran los falangistas. Sería
importante recuperar ese movimiento.
El movimiento antiglobalización.
El nacimiento del movimiento
antiglobalización encarna hoy el despertar de una conciencia ciudadana
crítica con el capitalismo. Sin negar el hecho de la coexistencia,
dentro del movimiento antiglobalización, de organizaciones y personas
que no se consideran anticapitalistas, el carácter de conjunto del
movimiento, las injusticias que denuncia, las reformas sociales,
políticas, económicas y de otra índole que en su seno se discuten,
y su propia dinámica, en suma, convierten al movimiento antiglobalización
en un movimiento anticapitalista. La lucha contra las injusticias
del mundo actual y el esfuerzo por construir colectivamente un mundo
distinto alcanza su sentido, en último término, en la destrucción
del capitalismo y la edificación de una sociedad socialista. En
último extremo, el comunismo es la razón de ser latente de todo
movimiento verdaderamente emancipador. Esta es la convicción que
a nosotros nos hace comunistas, lo cual no quiere decir que excluyamos
absolutamente a nadie de ningún movimiento. Significa que las luchas
concretas contra las injusticias exacerban las contradicciones del
sistema y terminan por encararse con él y con el conjunto de intereses
de las clases dominantes que en él se desenvuelven. Si así lo creemos,
ésas son las ideas que deberíamos expresar en los debates abiertos
en los movimientos emancipatorios en los que participemos, ésa es
la orientación que habríamos de imprimir a nuestras propuestas y
nuestro trabajo.
En este sentido, compartimos
plenamente el análisis realizado por él Partido de la Refundación
Comunista de Italia cuando en los documentos para el debate de su
próximo congreso afirma: "Frente a los nuevos y múltiples movimientos,
el partido debe aceptar su particularidad, que, en nuestro caso
es su lectura clasista de la sociedad, la propuesta de la cuestión
del comunismo, y esto no sólo es una ventaja sino una necesidad
histórica".
Una dosis razonable de humildad
en nuestra acción en un movimiento de las características del movimiento
antiglobalización, como de cualquier otro, no quiere decir que silenciemos
nuestras convicciones. Si sectores del mismo se plantean que es
posible reformar los aspectos más terribles de la globalización,
promocionando al tiempo su vertiente presuntamente saludable, igual
que si hay sectores que estiman que aún es reformable el capitalismo,
tendremos que discutir sin sectarismo con ellos, habrá objetivos
comunes que nos unan en la acción, pero no debemos renunciar a la
defensa de nuestra visión, a intentar que el anticapitalismo sea
cada día más espinazo y razón de ser del movimiento.
Es necesario que el movimiento
antiglobalización avance en el proceso de creciente organización
que desde hace tiempo desarrolla. Ha de dar el paso, por otro lado,
a una coordinación de las luchas contra el imperialismo que en cada
lugar del mundo se producen, en el ámbito de las luchas de clases
nacionales. Las luchas de los campesinos en Brasil, o de los obreros
argentinos que encaran el draconiano ajuste estructural que pretende
imponerles su gobierno, las luchas de los zapatistas, la lucha del
pueblo cubano por su soberanía frente al embargo norteamericano,
las luchas de los estudiantes coreanos o de los trabajadores inmigrantes
en grandes compañías de EEUU, son otras tantas manifestaciones de
una lucha más general contra el capitalismo, porque todas ellas
rompen con intereses específicos de la estrategia de dominación
imperialista.
Una parte central de la acción
del movimiento antiglobalización se ha convertido, de manera inevitable,
en movilización contra la guerra. El militarismo a ultranza de EEUU
y la OTAN es la manifestación más sangrienta y descarnada de la
globalización y, al mismo tiempo, se inserta hoy como nunca antes
en el proceso de acumulación capitalista, dada la torrentera de
crisis en cadena por la que el modo de producción del capital precipita
al mundo. Por ello, es lógico que el movimiento antiglobalización
se transforme en movimiento también contra la guerra, contra el
militarismo. Es lógico que desenmascare los intereses económicos
y geoestratégicos que el imperialismo norteamericano, europeo occidental
y de las mismas élites árabes corruptas a ellos asociados tienen
en los yacimientos de gas y petróleo del Mar Caspio, razón de fondo
de los bombardeos sobre Afganistán. Es lógico que se desenmascare
lo que tiene de hipócrita la presunta "coalición internacional contra
el terrorismo", dirigida por el gobierno más terrorista de la historia
de la humanidad. Ahora bien, por los motivos antes aducidos, la
lucha contra la guerra y el militarismo, no debe quedarse en lucha
contra esta guerra de Afganistán en concreto, o contra la guerra
de mañana, o de pasado mañana. Es una lucha contra todas las guerras,
contra el militarismo, una lucha que tiene como objetivo final la
desaparición de todos los ejércitos. Y ello es tanto como decir,
de nuevo, la lucha contra el capitalismo, en cuya lógica, en la
etapa podrida de su evolución que padecemos, el militarismo es un
componente muy principal.
El movimiento de inmigrantes.
Las relaciones con los inmigrantes
y su integración en el contexto de la lucha de clases deben ocupar
un lugar central en la política del Partido Comunista. El análisis
del fenómeno de las migraciones de carácter económico debe realizarse
atendiendo a dos aspectos básicos: por un lado, las exigencias del
actual proceso de reestructuración financiera y expansión del sistema
capitalista; y, por otro, las condiciones en que se está reconfigurando
la clase trabajadora en España.
En la actualidad, los movimientos
migratorios son el resultado de la aplicación, consciente y deliberada,
de políticas de explotación basadas en planes de ajuste duro en
los países subdesarrollados. Estos planes privan de sus medios de
subsistencia tradicional a amplias masas de trabajadores, condenándoles
a la pobreza o a la emigración, al tiempo que consiguen abaratar
los costes de producción tanto en los países emisores como en los
de acogida de estos emigrantes, y crean, además, nuevas y profundas
contradicciones en el seno de la clase trabajadora. El objetivo
último del proceso, aumentar la acumulación capitalista y modificar
en su favor las condiciones que garantizan tal acumulación.
La actual legislación española
de extranjería pone a numerosos inmigrantes recién llegados en la
necesidad de aceptar cualquier trabajo en las condiciones administrativas
y económicas que se les ofrezcan, creando un nuevo sector sobreexplotado
en la clase trabajadora, muchas veces en condiciones de semiesclavitud.
Por su propia situación, y también, en bastantes casos, por falta
de experiencia previa en luchas políticas y sindicales organizadas,
su única reivindicación colectiva viene referida a sus necesidades
más urgentes: los papeles. Su aceptación de condiciones laborales
y económicas inferiores a las de los españoles así como sus esporádicas
reivindicaciones sociales van a producir en ocasiones conflictos
con los trabajadores autóctonos, que ven en los inmigrantes un factor
añadido a la situación de paro o precariedad que padecen. La derecha
conservadora atiza estos sentimientos xenófobos que contribuyen
a fragmentar a la clase trabajadora.
Es, por tanto, desde un punto
de vista de clase, un objetivo fundamental la oposición a las políticas
de extranjería e inmigración de la burguesía, aunque sin caer en
prácticas de tipo exclusivamente asistencial, al modo de la mayoría
de las ONGs, que no cuestionan el sistema y, por el contrario, contribuyen
a hacerlo más presentable. El fortalecimiento y la unidad de la
clase trabajadora exige la incorporación de los inmigrantes a la
lucha contra el capitalismo, apoyando su autoorganización en asociaciones
de clase y afiliando a nuestras agrupaciones a aquellos que lo deseen.
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