¿Por qué es tan importante la boda de los príncipes?
Una monarquía es la forma de estado en que el poder político aparece representado por una familia que tiene el derecho patrimonial a poseerlo. Así las dinastías se convierten en el símbolo visible del poder, por lo que como forma de estado se ha ido adaptando a lo largo de los siglos, conforme han ido cambiando los modos de producción en Europa.
Los sucesos familiares de las familias reales son, siempre, actos políticos claves para el dominio de clase, así ocurre con la muerte del rey, la entronización del heredero, simbolizada por la coronación, la proclamación del nuevo heredero y su boda, que es pieza indispensable para la supervivencia de la institución. En el Medioevo, durante el modo de producción feudal, los reyes lo eran por gracia divina, por lo que todos estos actos eran presididos por los representantes de la Iglesia en presencia de la nobleza, que, en función de aceptar ser los espectadores de la ceremonia, aceptaban su sumisión como clase hacia el rey. El rey pasaba a ser un Primus Inter. Pares, que solo era superior por la consagración divina, de ahí la leyenda: Rey de España por la gracia de Dios.
En la Edad Moderna con el Estado Absoluto, hay un nuevo actor que es la naciente burguesía y los monarcas pasan a basarse en ambas clases: aristocracia y burguesía, actuando como árbitro entre sus intereses lo que les permitirá un enorme poder. Es la época del Despotismo Ilustrado de la frase de Luis XIV: El estado soy yo. El Estado Absolutista obligará a la monarquía a tener una presencia mucho mayor, lo que hará que proliferen y se magnifiquen los actos de los reyes. A lo largo del periodo de los siglos XVI-XVIII aumentaran las demostraciones teatrales del poder de los soberanos montándose verdaderos decorados para grandes festejos por las ocasiones más triviales, no ya solo para las ocasiones centrales que hemos comentado arriba, sino incluso para simples visitas de los monarcas a una ciudad, el nacimiento de un hijo, etc.
Con el paso del tiempo, al llegar al siglo XIX, el desarrollo del modo de producción capitalista requerirá que la monarquía se transforme en monarquía burguesa y no aristocrática, pues no hay equilibrio entre estas clases sociales. Nacerá así la monarquía constitucional y el rey pasará a ser denominado en las monedas de Alfonso XII: Rey por la Gracia de Dios y de la Constitución, aludiendo a que las fuentes de su poder social son la aristocracia del antiguo modo de producción feudal y la Iglesia (Dios) y la burguesía (La Constitución). Lo que como todas las soluciones de compromiso será inestable y con los pies de barro, ya que la progresiva laicización de la sociedad que se producirá en el modo de producción capitalista conllevará a que la única base del poder de un rey sea un supuesto apoyo social de la mayoría del país.
En tiempos la legitimación de la monarquía era de derecho divino por lo que la elevación del heredero de la corona tenía más importancia que su boda, y, la boda tenía gran importancia. Allí estaban los invitados, que eran los fieles y los detentadores del poder y esa unión la de los novios entre sí y con los poderosos la sancionaba la Iglesia. Pero en los tiempos en que el derecho divino de los reyes está demodé, la verdadera sanción de la ceremonia de perpetuación de la monarquía la da el índice de audiencia que tenga la retransmisión por la TV, por lo que es muy importante para la clase dirigente que acuda la mayor cantidad de gente a la boda y que la vea la mayor cantidad de personas y en consecuencia la propaganda durante los días anteriores para que sea vista por TV es impresionante.
Por eso la negativa de Llamazares a la asistencia a la boda tiene su importancia. Llamazares dice que no acude al acto porque es una ceremonia privada. Pues no señor Llamazares, no es una ceremonia privada sino un acto de reafirmación del dominio de clase por la burguesía y es, porque no es una ceremonia privada, por lo que no hay que acudir y tampoco callar, sino que hay que denunciar, para avanzar hacia la emancipación de la clase trabajadora. Aunque peor ha sido la aceptación por Fidalgo y Méndez de las invitaciones de boda.
Si las bodas son tan caras es porque no puede el poder aparecer con actos triunfales habitualmente pues ese espectáculo ocasionaría más rechazo que apoyo. En la sociedad burguesa la revelación del poder la cumplen las ostentaciones de dinero, por ejemplo el yate real o, más modestamente, el ciudadano de la pequeña burguesía que se compra un coche lo más caro posible muy por encima de sus posibilidades y necesidades. Pero en la regata del yate no hay pueblo físico que in situ acepte el papel de plebe que apoye a la institución real, para eso hay muy pocas ocasiones y hay que aprovecharlas.
De las escasas excepciones, una son las bodas reales. La celebración de una boda, hace que se acepte como natural y sin generar rechazos la revelación del poder. Pero por ser una ocasión única que cumple una función necesaria para el dominio de clase hay que aprovecharla a tope y que sea lo más importante posible, como para compensar la ausencia de actos similares durante mucho tiempo. No debe de extrañarnos que entre las primeras retransmisiones en directo de la televisión estuviera la boda de Isabel II de Inglaterra. Pero tras la boda de Isabel II hay un vuelco, pues aparece un nuevo actor que es la televisión. A través de la TV hay un nuevo espectador, el que lo ve por la TV, por lo que los anteriores espectadores de la calle pasan a ser a su vez actores de una nueva representación.
El acto más o menos íntimo del poder de la ceremonia en la Iglesia pasa a ser representación para el gran público y el paso por las calles hace que la condición de la plebe vitoreando sea a la vez de espectador y actor, aunque un actor pasivo, al igual que todos en la ceremonia de la iglesia. El paseo por la calle retransmitido por la TV eleva a la plebe a icono mostrado. Nos encontramos con una equiparación tan icono son los novios como las calles decoradas, como la gente que está en las aceras.
En la calle los novios se transforman en iconos, en objetos de admiración, pero estos objetos exigen una relación no equitativa, pues exigen culto, el culto al poder, que no tienen en la calle simples espectadores que serían sus iguales ya que estos están en la ceremonia en el recinto de la Iglesia, sino espectadores, adoradores de su divinidad, el poder, por lo que los espectadores de la calle están en un plano inferior, de dependencia y asumen su inferioridad, su subordinación.
Pero para transformar al pueblo en plebe, a los ciudadanos en atrezzo, es preciso que la ciudad ya no sea la ciudad, sino que se haya transformado en decorado. Es preciso, que las calles dejen de ser calles y para ello se debe impedir que sean vías de paso, de uso para todos los ciudadanos y se cortan se impiden para uso para los ciudadanos reservándolas para uso como decorado de la función de teatro, dejando de ser el espacio de todos, para indicar que el espacio es de los príncipes, del poder.
Cuando la boda se retransmite por TV llega a todo el mundo logrando implicar a todo el país, cuando antes solo se lograba llegar a la población de la capital, pero el medio es el mensaje y al retransmitirse por TV hubo una transformación y los espectadores de las calles pasaron a ser actores de TV. De modo que hubo un sutil desliz en los roles. Quienes están en las calles están para representar a quienes están conformes con el actual statu quo y son su base social, quienes hubiesen querido estar en la Iglesia y no han podido, quienes hubiesen querido formar parte de la clase dominante y no lo son, pero están alegremente a su servicio, ese es el papel destinado para la pequeña burguesía. No forman parte de la burguesía pues la clase dominante está en la Iglesia representada por los invitados a la ceremonia y no está en la calle, no saldrá a la calle a aplaudir, sino que esperará para comer junto a los novios en el Palacio Real. Y el telespectador en esta planificada farsa burguesa representa al que se desea ver como sujeto pasivo por excelencia, al proletariado, a la clase obrera.
Nos encontramos con una magnífica exposición de nuestra sociedad:
Burguesía, la clase dominante: representada por los invitados a la boda
La pequeña burguesía: representada por los asistentes en la calle para vitorear a los novios
El proletariado: viendo la TV
Los novios icono de adoración, abstracción del poder de la burguesía, son equivalentes a una imagen de Iglesia, las calles decoradas es el espacio en que está la imagen, la hornacina del santo, y el tercer elemento de la imagen, la peana, la basa, sobre la que se apoya el poder es la pequeña burguesía. El espectador al aceptar formar parte del decorado se rebaja pues acepta su transformación de ciudadano en plebe. Y el telespectador pasivo que es lo que se quiere que sea la clase trabajadora es el fiel arrodillado ante la imagen que reza y pone dinero en el cepillo de la imagen.
Todo se transforma en representación, en ficción, pues hasta el anterior sujeto pasivo se ha transformado en actor de la farsa. Mas la farsa no es entretenimiento, no es inocente, sino que inculca relaciones de poder. El icono de los novios en la iglesia, entre iguales y el icono de los novios en la calle entre no iguales y todos ellos a través de la TV como icono colectivo ofrecido a los subalternos para que acepten su subalterneidad.
Los novios obligan a la realización del evento, los invitados son los que pueden decir que comparten el poder, que son los representantes de la clase dominante, la burguesía. Y los espectadores en la calle son necesarios, pues todo poder se ejerce sobre otro y ellos son, simbólicamente el otro, de no acudir, indican que sobre ellos no hay poder y la función se viene abajo, se acaba la farsa.
Por todo ello es preciso que asista plebe que se note que los poderosos lo son y los telespectadores en este juego de planos diversos reciben dos mensajes:
- En la Iglesia, ver y contemplar a los poderosos comprobar que existen
- En las calles, ver que los poderosos tienen apoyo y el papel que le corresponde visualizando a la plebe, aceptando el poder y, además, que son masa quienes apoyan el sistema de dominación burgués, mientras él está solo y, por tanto, impotente para cuestionarlo.
Nos acercamos a comprender porque es tan importante la boda. El poder vive en nuestras sociedades una contradicción. Es preciso que se sepa que existe pero debe permanecer poco ostentoso, ya que en la ficción de la democracia burguesa no hay poder sobre el pueblo ya que el pueblo es el poder. Sin embargo es necesario que se sepa de su existencia, estar presente, de modo que necesita visualizarse como si fuera un espectro, de vez en cuando, para que no olvidemos su existencia.
Las apariciones del poder son muchas: los desfiles militares, los despliegues policiales en las manifestaciones, las ceremonias de promesa o jura de los nuevos altos cargos, etc... Dependiendo del tipo de sociedad, estado y cultura serán unas u otras las formas. Por ejemplo en la sociedad burguesa, en la que sosteniendo la ficción de que el poder es del pueblo, realmente descansa sobre el capital. El poder se revela en la ostentación económica, pero no basta con ello, también necesita que las instituciones sean vistas con todo su poder, que se vea cual es la fuente del mismo.
En toda sociedad., dice M. Mann hay 4 fuentes de poder social: militar, ideológico, político y económico. Desde luego para los marxistas el poder económico de la clase dominante es la base sobre la que se sustentan las demás, aunque en magnífica proposición dialéctica el resto son herramientas necesarias para conseguir el dominio de clase.
En la boda se visualizan y simbolizan estos 4 poderes:
Militar: en los uniformes del rey del príncipe y otros
Político: asistencia al completo del gobierno, Presidentes de Senado, Tribunal Constitucional, etc. Presencia de mandatarios extranjeros...
Económico: Asistencia de todos los ricos del país a la boda, el despilfarro en la preparación de la ceremonia y decoración de Madrid, etc
Ideológico: Boda religiosa (por todo lo descrito antes no podía ser civil), Medios de Comunicación, etc.
El pueblo tiene solo dos papeles asignados, de telespectador y de pagador mediante sus impuestos de la ceremonia. Que son los que le adjudica la clase dominante. Pasivos y a pagar la factura, quietecitos, pero laboriosos, en su casa, en el taller, invisibles y pagando la factura de los despilfarros de los burgueses.
La Perpetuación de la dinastía es la sublimación de la perpetuación de la clase dominante. La aceptación como espectador, sujeto pasivo de la boda, supone la aceptación como sujeto pasivo de la clase dominante. Esa es la clave del espectáculo de la boda televisada. Verlo supone aceptar la perpetuación de la clase dominante y su dominio sobre la clase trabajadora. Y por eso era tan importante para la burguesía que la boda saliera lo mejor posible.
Hace 200 años, Fernando VII, se paseó en carroza mientras el pueblo-plebe, gritaba: vivan las cadenas, aceptando de modo denigrante el despotismo de la clase dominante. Hoy doscientos años después el pueblo no tiene vocación de plebe, entre otras cosas porque el pueblo se ha transformado en clase obrera, que solo puede ser dominada si carece de conciencia de clase, si no es clase para sí. La boda principesca es funcional para el dominio de clase ya que colabora en la alienación de los trabajadores, pues sirve para la aceptación simbólica de su dominio por la clase dominante y, en este proceso juega un importante papel la televisión mediante la que se llega a todos los hogares. Al responder a los intereses de la clase dominante –su propietaria- no debe extrañar que todas las cadenas de televisión hayan retransmitido el evento, pues objetivo fundamental de la clase dominante es inculcar a los trabajadores la perpetuación del poder de la clase dominante y su legitimación. Las distintas cadenas de televisión han hecho su trabajo y no dudo que bien puede la burguesía decir con orgullo: vivan las cadenas (de televisión) que contribuyen tan eficazmente a que los trabajadores acepten las otras cadenas.






