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Prostitución: ¿problema de violencia y pobreza, o de libre elección?


Maite Mola / Diario de Noticias / 20 jun 06

La modernidad en España y en Navarra esgrime a veces extrañas banderas. Una de ellas es la de la reglamentación de la prostitución, porque al parecer es hipócrita no reconocer que existe, y por tanto hay que aceptarla y regularla. Lo más alejado en este caso del ideario de la izquierda transformadora que lo que hace es después de detectar que existe, por ejemplo, el trabajo infantil, intenta poner medios para que éste desaparezca: boicot a las empresas que lo practican, denuncias, etcétera pero, evidentemente, no se habla de que los niños y niñas tengan un convenio colectivo justo, que delimite, por ejemplo, que trabajen sólo 6 horas al día para poder ir algún ratito a la escuela, y tener un día libre semanal, con un salario equiparable al mínimo interprofesional. Sería demasiado fuerte, aunque es verdad que seguramente muchos niños estarían encantados de no trabajar 14 horas al día, 7 días a la semana, y encima cobrando cien veces más de lo que cobran. Ese mismo planteamiento se realiza con las mujeres prostituidas, pero con la conclusión contraria. Vamos a regular la prostitución, porque así tendrían Seguridad Social, habría control sanitario, el Estado recaudaría impuestos, etcétera, ellas estarán encantadas si, además, se les regula por convenio colectivo el número de prácticas dolorosas o desagradables y peligrosas diarias. Mejor eso que nada.

Perfecto: Los mismos argumentos de los que se lucran, los proxenetas del siglo XXI, que ahora se autodenominan empresarios del sexo. Llegan a todas partes, no es extraño, la venta de seres humanos es el segundo negocio más lucrativo del mundo después del tráfico de armas.

El de las personas que realmente se interesan por los demás debería ser: Seguridad Social para todos y todas, parados, inmigrantes, pobres... Sanidad pública para todas y todos, gratuita, y, por supuesto, si tanto se preocupan de la salud de las prostitutas, se deberían plantear cómo se controla que un cliente no tenga sida u otras enfermedades para que la mujer no sea contagiada. Pero el único bienestar que se contempla en la reglamentación del intercambio de sexo por dinero es el de la persona que genera la demanda, el prostituidor, y es precisamente a él, a sus garantías sanitarias, de discreción, de seguridad en todos los aspectos, a quien protege las medidas reguladoras del sistema prostitucional: seguridad del prostituidor a cambio de instaurar jurídicamente la cosificación de otros seres humanos. Hipocresía pura decir que les preocupa la mujer prostituida, como en todo sistema capitalista, sólo preocupa y se protege al que paga.

La erradicación de la prostitución es la única alternativa a adoptar desde una posición feminista que considere los Derechos Humanos en toda su extensión como marco jurídico y ético para la convivencia humana, por lo que hemos luchado y seguimos trabajando contra las campañas reglamentistas, que esconden en algunos casos o un contradictorio concepto de libertad (¿la libertad de ser esclava?) y en otros, la cobertura de un gran negocio: el comercio del sexo. Porque lo que se oculta en el discurso reglamentista es que se trata de la situación de personas forzadas a ejercer la venta de su cuerpo en un 99,9% de los casos. Venta en estado de necesidad y la mayoría de las veces obligadas por mafias que trafican con ellas.

No podemos por tanto estar más de acuerdo con el Instituto de la Mujer a nivel estatal, que rechaza la reglamentación del sistema prostituidor porque no quiere legitimar la violencia contra las mujeres y considera la prostitución una práctica degradante y que en última instancia el Estado se convierta en proxeneta finalista, que llenaría las arcas públicas con impuestos recaudados del comercio de la dignidad humana. El camino va a ser duro, hay mucho, demasiado, dinero de por medio.

Los gobiernos y los partidos políticos, según su ámbito de poder, debemos afrontar la cuestión. No podemos esconder la cabeza bajo el ala, ni dejarnos presionar por intereses de varios tipos, proxenetas, vecinos molestos, etcétera, y legislar bajo presión por encima del interés general. Así, siguiendo las directrices de la ONU, nos puede servir de referente el modelo sueco en el que se penaliza al cliente-prostituidor y al que se beneficia de la compraventa de carne humana, centrando los esfuerzos en la mujer en situación de prostitución y su salida del estado de necesidad en el que se encuentra, mediante la adopción de medidas de inserción social y laboral. ¿Una utopía? Puede ser, como que no haya ricos y pobres, que haya solidaridad o que no exista el racismo.

 
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