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Trabajadoras africanas: el empleo invisible


Soledad Vieitez Cerdeño / Revista Pueblos / 17 abr 06

Una considerable porción del trabajo que realizan las mujeres africanas no aparece reflejado en las estadísticas oficiales sobre actividad económica y empleo del continente [1], es decir, es invisible para los Estados y las instituciones. Peor aún es el hecho de que propongan mejorar la calidad del empleo o atajar la pobreza cuando ni siquiera recogen datos sobre la actividad económica femenina en países del África Subsahariana.

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En el continente africano existe una gran diversidad de roles económicos femeninos, tanto en áreas urbanas como rurales (Hay y Stichter, 1984; Clark, 1994). En los sectores económicos formales encontramos funcionarias, médicas, cooperativistas agropecuarias, juezas, periodistas, abogadas, trabajadoras del campo, ejecutivas y empresarias, agricultoras, banqueras, políticas, consultoras, diplomáticas o militares. Los sectores informales, es decir, aquellos del sector denominado “hogar” (diferenciándolo del sector “mercado”) ocupan a agricultoras (familiares o de subsistencia), destiladoras de cervezas y otras bebidas, empresarias de venta de comidas u otros servicios, comerciantes de menudeo, médicas tradicionales o curanderas, bailarinas, acreedoras o banqueras tradicionales, comerciantes a larga distancia (en redes clandestinas, a veces) o trabajadoras por cuenta propia. Curiosamente, datos del propio Banco Mundial para 1995 sobre la fuerza de trabajo femenina muestran un porcentaje del 45 por ciento para Europa y Asia central, con un cercano 42 por ciento para África Subsahariana (World Bank, 2002: 53).

Las mujeres africanas son mayoritariamente cultivadoras en dicha región, con contribuciones agrícolas de entre el 60 y 80 por ciento de la producción alimentaria total. Pese a enormes variaciones al respecto (Paulme, 1960), podemos afirmar que la producción agrícola familiar y una buena parte de la agricultura comercial es femenina en África Subsahariana. La comercialización de alimentos es una parte integral de los sectores agrarios, ocupando el comercio femenino entre el 30 y el 80 por ciento del total. Estos porcentajes serían aún mayores, si restringiésemos el comercio al mercadeo de alimentos exclusivamente.
Estrecho margen al empleo

Las economías africanas han sufrido relevantes transformaciones desde la descolonización y los mercados de trabajo se han ido diversificando sobre la marcha, más allá de los mercados coloniales de reservas de trabajo agrícolas o mineras, las cuales dejaban estrecho margen de empleo y oportunidades a las mujeres: el servicio doméstico, el comercio informal, la venta de algunos servicios y poco más.

Las crisis políticas y económicas, las presiones sobre la tierra, los conflictos, los subsecuentes desplazamientos masivos de gente o los desastres naturales han incidido en las estrategias productivas de los hombres y las mujeres africanas. Estados antes dependientes de la exportación agrícola (Nigeria) desarrollaron nuevos sectores productivos y de empleo desde la década de los 70, ante la presión de modelos modernizadores del desarrollo, entonces (como ahora) muy imperantes. La minería y la industria, que requerían de una mano de obra más permanente y cualificada, han sido quizás los más significativos junto con la agricultura industrial. En otros países (Ghana, Senegal o Tanzania), donde los pequeños productores agrícolas han sido y son esenciales para sus economías nacionales, el desarrollo económico nacional ha llevado a la promoción de la agricultura comercial y, posteriormente, el agrobusiness. Este fenómeno ha tenido lugar, sobre todo, desde mediados de los 80 por los Planes de Ajuste Estructural y Social. Países como Camerún y Costa de Marfil han intentado propulsar la producción agrícola a mayor escala. En general, la agricultura no ha sido el sector de crecimiento mayoritario en el continente, pero sin embargo, tres cuartas partes de la población africana encuentra empleo en ella, siendo las áreas rurales principales abastecedoras de mano de obra para los restantes sectores, pese a la urbanización masiva que siguió a la descolonización.
Destiladoras de cervezas y reinas del shebeen

Una estrategia económica de primera magnitud que apenas ha recibido atención, pese a ser controlada por parte de algunas mujeres africanas, es la destilación y la venta de bebidas tradicionales. La preparación de cervezas, vinos y licores a partir de diversos cereales, frutas dulces y frutos secos es característica de las sociedades africanas al sur del Sahara. Es frecuente ver, fuera de las casas, recipientes de cristal o plástico colgados de unos cordeles, indicando la existencia de una taberna de este tipo que regentan una o varias mujeres. Estas empresas informales son un ámbito de producción, distribución y consumo de bebidas extendido desde la región oriental (Kenia) hasta la austral (Sudáfrica). Desde luego, podríamos señalar los procesos sociales, familiares y del ciclo de la vida en los que la elaboración, la distribución y el consumo de cervezas, vinos y aguardientes son relevantes, aunque preferimos sólo destacar el empoderamiento de las mujeres a partir de estos establecimientos o shebeens.

Los shebeens no suelen contar con permisos legales de apertura y están ubicados en áreas de gran densidad de población y bajos ingresos, o en los suburbios marginales de ciudades. Reciben otros nombres, aunque por todo el África austral se conoce a las mujeres que los regentan como shebeen queens.

En el caso de Lesotho, la proliferación de este tipo de locales tuvo que ver con la prohibición de vender alcohol en lugares públicos por la enorme influencia de las sectas protestantes. Lesotho es un país totalmente rodeado por Sudáfrica, donde la agricultura y el ganado son las principales fuentes de subsistencia. Como la región sur de Mozambique, se convirtió en una reserva de emigración masculina para las minas o la agricultura comercial, por lo que las mujeres vieron muy limitadas sus oportunidades de acometer negocios propios. En esta región, las opciones quedaron reducidas al cultivo agrícola, el servicio doméstico en Johanesburgo u otras zonas del Rand, a menudo ilegal, y la producción y el mercadeo a pequeña escala de productos agrícolas (y otros servicios y productos).

Las empresas femeninas de shebeens representan una enorme oportunidad para las mujeres de desligarse de otras obligaciones derivadas de las relaciones con varones (u otras comunitarias, no deseadas) y conseguir la independencia económica y social que algunas añoran. No es extraño que una mayoría de ellas sean madres con varios hijos, solteras, divorciadas o separadas quienes a su vez forman otras agrupaciones femeninas (Hodgson y McCurdy, 2001).

Estos establecimientos son espacios de mujeres para mujeres, en torno a los que viven. En contextos donde no existen empresas femeninas de otros tipos, permiten la financiación de otros negocios (puestos de venta ambulante de comida, mercadeo de tejidos o tabaco), así como las asociaciones y la creación de bancas, sistemas propios de crédito o fondos económicos de mujeres que inician préstamos, semejantes a las bancas femeninas de tontines en África occidental.

Referencias:

- CLARK, Gracia (1994): Onions are my Husband. Survival and Accumulation by West African Market Women. The University of Chicago Press. Chicago.
- HAY, Margaret Jean y STICHTER, Sharon (Eds.) (1984):African Women South of the Sahara. Longman, Londres.
- HODGSON, Dorothy Louise y MCCURDY, Sheryl A. (Eds.) (2001): “Wicked” Women and the Reconfiguration of Gender in Africa. Heinemann, James Currey, David Philip. Portsmouth, NH, Oxford, Cape Town.
- PAULME, Denisse (Ed.) (1960): Women of Tropical Africa. University of California Press. Los Angeles y Berkeley.
- World Bank (2002): Engendering Development Through Gender Equality in Rights, Resources, and Voice. The International Bank for Reconstruction and Development & Oxford University Press, Washington y Nueva York.
Mª Soledad Vieitez Cerdeño es profesora de Antropología Social de la Universidad de Granada y preside el Centre d’Estudis Africans (CEA) de Barcelona. Este artículo ha sido publicado en la edición impresa de Pueblos, nº 20, marzo de 2006, pp. 52-54.

[1] World Bank, 2002: 53, 71

 
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