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Respuesta al artículo de Lucía Etxeberría contra Gabriel García Márquez


Protestamos: no al acoso inquisitorial a Gabriel García Márquez


VV.AA / 10 jun 05

Hace tiempo que Lucía Etxebarría, al parecer escritora, viene difundiendo en Internet un repugnante libelo en contra del escritor colombiano Gabriel García Márquez, al que acusa de hacer “apología de la explotación infantil” en su última novela, Memoria de mis putas tristes, llegando al extremo de imputarle la comisión de un delito y de reclamar que actúe la censura, o por lo menos que caiga sobre él una insidiosa censura social. Inexplicablemente, se diría que la Secretaría de Mujer del PCE comparte las acusaciones del libelo, ya que lo ha publicado en la página web del partido.

Los ataques al autor de Cien años de soledad no son nuevos. Comienza a ser dilatado el feroz acoso al que se le somete, en una campaña tenazmente urdida por intelectuales sumisos al poder del Imperio. Molesta que un creador de la talla de García Márquez sea amigo de Fidel Castro; enfurece que respalde la revolución cubana, mientras otros muchos intelectuales se han ido plegando a los intereses del imperialismo norteamericano de manera vergonzante, y, sobre todo, no se le perdona la insobornable libertad e independencia de criterio de la que hace gala. En los últimos años, a las ya tradicionales soflamas de personajes abiertamente reaccionarios como Gabriel Albiac o Federico Jiménez Losantos, se han unido otras y otros a los que la opinión pública reconoce un cierto barniz de progresismo. Así, se hicieron célebres, con motivo de las ejecuciones en Cuba de varios terroristas internacionales, las histéricas arremetidas contra García Márquez de Susan Sontag, poco antes de morir, o de Rosa Montero, tan dispuesta a la menor ocasión a vomitar toda su bilis sobre Cuba y sobre la revolución bolivariana de Venezuela. Y ello a pesar de que García Márquez se pronunciara inequívocamente en contra de la pena de muerte, con una claridad que se echa de menos entre sus adversarios cuando se trata de ejecuciones en Estados Unidos. No es de extrañar que Lucía Etxebarría pretenda formar parte de esta última tribu. Pero con el artículo de que hablamos ha rebasado cualquier frontera de la miseria, la mezquindad y la estupidez.

Dejando al margen alguna de las idioteces menores del escrito, como que compare la concesión del Premio Nobel de Literatura a García Márquez con el de la Paz a Henry Kissinguer, es indiscutible que cada cual es muy libre de sostener el juicio que le plazca sobre una obra literaria. Claro que provoca sonrojo que Lucía Etxebarría se escandalice por el hecho de que se pueda ganar dinero con la publicación de un libro, habida cuenta de que ella se ha convertido en una de las estrellas de la narrativa más comercial de nuestro país. Pero, si pretende opinar acerca de uno de los mayores autores de la literatura universal, se le puede exigir que tenga alguna remota idea sobre aquello de lo que pontifica. La creación literaria, la creación artística en general, alberga su verdad, y no elude descender a las regiones sórdidas del ser humano cuando ello es necesario ni la presentación de personajes “reales” con todas sus contradicciones, sus miserias y sus grandezas. Entre los personajes más geniales de la historia de la literatura se hallan inmensos canallas, sin que haga falta que los autores antepongan a su aparición ninguna advertencia moral expresa –esencialmente porque las advertencias morales expresas casi siempre una “trampa” que destruye la veracidad y la eficacia del relato-. Los lectores inteligentes, entre los que seguramente nuestra inquisidora, como cualquier otro inquisidor, no se cuenta, son capaces de extraer sus conclusiones por sí mismos. La existencia humana es compleja y también son complejos, cabalmente por lo mismo, el arte y la poesía que en ella se fundan. Que las criaturas que pululan por las novelas de Lucía Etxebarría sean romas, empalagosas y sin aristas, no hace obligatorio que sea así siempre. Gabriel García Márquez, progenitor por cierto de algunos de los personajes femeninos e infantiles más hermosos y entrañables que ha alumbrado la literatura, ha penetrado como nadie en el fondo del alma humana y ha sabido describir con insólita maestría la realidad trágica, mágica y a veces siniestra del ser humano en general, y de los pueblos de América Latina en particular. Eso es lo que lo ha convertido en un escritor gigantesco.

De otra manera, y siguiendo esa estrecha concepción de lo “políticamente correcto” de Lucía Etxebarría en la que no caben asesinos, prostitutas ni proxenetas –sólo ángeles-, tendríamos que prohibir como perniciosas para la moral pública, junto a Memoria de mis putas tristes, obras como La Celestina o El Lazarillo de Tormes. Habría que entregar a la voracidad de las llamas purificadoras por lo menos un tercio del Quijote, aparte de alguna de las mejores novelas ejemplares de Cervantes, por no hablar de las tragedias de Sófocles, y sin olvidar creaciones más modernas como Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina, de Robert Graves, o Viaje al fin de la noche, de Céline, entre otras muchas. Al final, nos sorprendería que los criterios censores de lo “políticamente correcto” se parezcan tanto a los de cualquier dictador ultramontano de nuestro pasado. Estamos convencidos de que Franco se solidarizaría de mil amores con la denuncia que Lucía Etxebarría ha hecho de la novela de García Márquez. Seguro que en la España de los años cincuenta no habría podido ser publicada.

Ahora bien, el afán inquisidor de Lucía Etxebarría lo único que logra es retratar su misma mezquindad. Pero resulta indignante que la Secretaría de Mujer del PCE haga suyas las reconvenciones de la inquisidora colgando su artículo sin más en la página web del partido. Sorprende que el PCE no se haya pronunciado sobre las jornadas en las que CC.OO. ha reivindicado el reconocimiento legal de la prostitución como una relación laboral más; que ni haya rechistado ante el hecho de que en esas jornadas se vetara la posición al respecto que se recoge en el programa de IU, impidiéndose que una camarada del PCE pudiese explicarla, y que se haga eco en cambio de la infame arremetida de Lucía Etxebarría contra García Márquez, al tiempo que ignora que el ataque encierra un fondo político que nada tiene que ver con la defensa de los derechos de las mujeres y de los niños. Es incomprensible que el PCE guarde un persisitente silencio sobre la publicación de ensayos de historia que revigorizan los postulados de la propaganda fascista en nuestro país con el respaldo de grandes multinacionales y aparatos de comunicación –los libros de Pío Moa y César Vidal, por ejemplo-, y se sume con tal diligencia a la campaña de desprestigio de uno de los pocos escritores de gran difusión que apoya sin fisuras la revolución cubana, una campaña de desprestigio que tiene su causa justamente en ese apoyo.

Da que pensar, en fin, que algunos camaradas de la dirección federal se hayan escandalizado por entender que la tesis referente a la cultura presentada a debate del XVII Congreso puede ofender a ciertos intelectuales o artistas afines al PSOE y, sin embargo, parezca que no haya inconveniente en insultar de forma gratuita a Gabriel García Márquez. Por lo visto, Gabriel García Márquez no ha de figurar entre los intelectuales a los que nos interesa tener próximos. Mal podremos emprender ninguna política de cultura en el partido si el grado de nuestra ignorancia al respecto es tan estremecedor.

Nos gustaría, en cualquier caso, que se publicara este escrito de contestación en la página web del partido y que la Secretaría de Mujer, si no emite alguna nota de rectificación, tuviese la prudencia en el futuro, por lo menos, de leerse un libro antes de dar a la luz la primera filípica sin fundamento que caiga en sus manos. Porque queremos pensar que la responsable de la Secretaría de Mujer ha podido dar crédito al libelo de Lucía Etxebarría por no haber leído la novela que denuncia de García Márquez. Si encima la hubiese leído, sería para echarse a temblar.


Suscriben este escrito las y los siguientes camaradas del PCE:
Sagrario Losada
Manuel Ariza Gil-Pérez
Ricardo Rodríguez
Ana María Martínez de Arenaza
Bárbara Areal
Felicita Velásquez
Juan Ignacio Ramos
Jorge Sancho Caparrós
Antonio Pérez
Miguel Ángel Andrade
Eduardo Montesinos Martín
Julio J. Hellín
Juan Pablo Menchén Quiñónez
Antonio Gimeno Peg
José Luis Hernández Espigar
Anabel Segado
Sofía García-Hortelano Martín-Ampudia
José Ignacio Cortés González
Félix López García
Jesús Jiménez Morales
Manuel Martínez Llaneza

 
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