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Asociación revolucionara de mujeres afganas (RAWA)

Shela pide el regreso del rey para convocar elecciones democráticas y huir del fundamentalismo
"La Alianza es tan radical como los talibán"


Diario La Verdad (Alicante) / 02 abr 02

Shela tiene 27 años y estuvo ayer en Alicante para contar la verdad sobre el pueblo y las mujeres afganas. Pertenece a la asociación revolucionara de mujeres afganas RAWA, integrada por más de 2.000. Vive en un campo de refugiados, pero con frecuencia se escapa, como ayer. Escondida tras sus manos, relata las atrocidades con las que viven. Pide la vuelta del rey, porque asegura que nada ha cambiado en Afganistán.

Se esconde bajo el nombre de Shela porque su verdadera identidad no puede ser revelada por nada ni por nadie. Está amenazada de muerte por defender sus ideales. Son sencillos, aunque en un país donde la palabra libertad suena extraña, vivir se convierte en una tortura, donde la leyes ni castigan ni respaldan a nadie. Esta mujer de 27 años con un niño de tres a sus espaldas es afgana. Pertenece a una asociación revolucionaria de mujeres, denominada RAWA, y recorre medio mundo para contar su historia y pedir ayuda organizada.

Shela se convirtió ayer en la voz de RAWA en Alicante. En esta ciudad pidió «coherencia» a los ciudadanos que quieran escuchar. Asegura que su país no estar mejor que antes y reclama la vuelta del rey Zahir Shah para aglutinar a todos los grupos étnicos de Afganistán. Apuesta por una monarquía transitoria para restablecer la paz en su país y convocar elecciones democráticas y libres. De este sufragio, asegura, «saldría un país libre». Eso sí, debería contar con el apoyo de las fuerzas de paz de la ONU. No cree que las tropas militares enviadas por una coalición de países sirvan para algo, porque ¿cuál es su misión, proteger a los fundamentalistas o desarmarlos?».

Rechazan el fundamentalismo de cualquier clase y, por tanto, niegan la autoridad de la Alianza del Norte, a la que consideran de igual manera fundamentalista. Pero sus enemigos más acérrimos son los Estados Unidos, culpables, a su juicio, de todos los fundamentalismos existentes en su país. Shela cree firmemente que tanto la Alianza como Osama Ben Laden son creación del Gobierno estadounidense, porque, tras bombardear Afganistán, nada ha cambiado.

De las imágenes más idílicas en la que los hombres se cortaban la barba y las mujeres se quitaban el burka, Shela sostiene que ya no queda nada, porque sigue sin haber libertad. «No hay seguridad en las ciudades y por tanto se sigue viviendo con miedo en Afganistán». Ni las propias ONG, ni la ONU pueden trabajar allí por la falta de seguridad en cualquier zona.

La vida de la mujer en este país no ha cambiado mucho tras la salida de los talibán del poder. No salen sin el burka por miedo a los fundamentalistas, siguen careciendo de los derechos más básicos. En un país donde más de la mitad de la población son mujeres, unos 14 millones de personas, la mayoría sigue sumida en la oscuridad de sus casas.

Pero para Shela, que vive en un campo de refugiados, lo fundamental es la miseria y la pobreza en la que viven las gentes de su país. «La vida en Afganistán no está normalizada porque se siguen cometiendo violaciones y asesinatos que quedan impunes», apunta esta representante de RAWA. «Desde 1992 y con la llegada de los talibán aún más, los crímenes y la atrocidad más brutal han sido más abiertos y de manera más descarada contra las mujeres», constata esta mujer afgana.

Shela arremete una y otra vez contra los fundamentalistas de su país, quienes asegura que están soportados por los gobiernos de otras naciones. Además, afirma que la prensa occidental está engañada y está jugando un papel negativo en el transcurso de la supuesta vuelta a la normalidad.

Ayer contó su historia a los alicantinos. Una vida seccionada desde los 18 años, en los que empezó a vivir en campamentos de refugiados. Está casada con un afgano que comparte su manera de ver la vida y defiende la libertad para el género femenino, pero que no puede luchar en primera línea porque el RAWA es sólo para mujeres. Al menos, se queda en la retaguardia donde puede influir en otros, que viven en los campos de refugiados.

 
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