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José Vidal-Beneyto | EL PAÍS - Internacional / 16 oct 04

Edgar Morin -Introduction à une politique de l'homme y Penser l'Europe-, de quien tomo prestado el neologismo del título y muchas otras consideraciones de este texto, ha insistido en la contradicción radical de una identidad, la europea, que sólo cobra pleno sentido si su proyecto central de futuro es capaz de refundar su pasado y de hacer de su elegido destino común el principio organizador de la heterogeneidad y de los antagonismos que componen su memoria histórica. No es el pasado el que genera geopolíticamente el presente y, desde él, el futuro, sino que es éste el que regenera lo que fue la vida en común de una comunidad histórica. Esta filiación ex pos no está adecuadamente representada ni en el concepto de patria ni en el de nación, pues ambas dejan escapar la dimensión esencial para Morin de toda comunidad histórico-política que es el enmadramiento en ella de sus miembros, resultado de su incorporación a un porvenir que hay que construir, que nos instala progresivamente y sin imposiciones en una ciudadanía transhistórica y compartida, que es, en sí misma, el cogollo político de cualquier área comunitaria.

Es evidente que ni la Europa-patria ni la Europa-nación, ni siquiera esta más connatural y flexible Europa-matria, caben en el proyecto de Tratado Constitucional, que desde el primer artículo del título primero hasta los protocolos finales del anexo, en particular el del rol de los Parlamentos nacionales en la UE, consagran el principio y la práctica de la Europa de los Estados. Opción dominante en el Tratado, que no es formalmente ni una federación ni una confederación, sino simple agrupación de entidades estatales, coincide además, por mor de la globalización, con el primado de la lógica nacional-estatal que se ha impuesto en la acción exterior de los Estados y en la geopolítica mundial. La doctrina de los países y de sus partidos, los discursos y declaraciones de sus líderes, reiteran que el único objetivo europeo que persiguen es favorecer sus intereses nacionales. Los defensores franceses del Tratado Constitucional, desde Chirac a Hollande, afirman que la mejor manera de promover los objetivos y el progreso de Francia es decir sí al Tratado y avanzar en la construcción europea que nos propone. Esa concepción de lo europeo como peana de lo nacional tiene su expresión más acabada en las manifestaciones de ciertos líderes centroeuropeos, entre los que se lleva la palma el ultraconservador Václav Klaus, que en su reciente visita a España declaró que la pertenencia a la Unión Europea no es un matrimonio de amor, sino de interés, que se mantiene mientras convenga. La instauración de esta contabilidad coste-beneficio de contenido político-económico es muy peligrosa para la Unión, por cuanto lo más determinante y permanente, el núcleo central de la política, la seguridad, se garantiza extracomunitariamente gracias a la OTAN y a las Fuerzas Armadas de EE UU, y la Unión Europea apenas pincha ni corta. Pero es que además el Tratado Constitucional, al reclamar la unanimidad de los 25 miembros -muy pronto 30- para cualquier toma de decisiones en Política Exterior y de Seguridad Común, hace prácticamente imposible el montaje de estructuras de geometría variable, ya que para ese tipo de acciones se exige que incluso una cooperación reforzada tenga la previa conformidad unánime de todos los miembros de la Unión. Por eso es tan sorprendente la afirmación de Javier Solana, responsable de dicha área, en su entrevista a EL PAÍS del pasado 8 de julio, de que "en campos como la seguridad o incluso en la política exterior se podría avanzar con un grupo de países que vaya más deprisa". El futuro ministro de Asuntos Exteriores de la Unión, que sabe más que nosotros sobre este punto, tiene que explicarnos su interpretación de las disposiciones de la parte tercera, título V, capítulo I, art. III 194.2 y capítulo II, art. III 201.1, que insisten en que la decisión en esta materia se toma por unanimidad, en relación con la parte primera, título V, capítulo III, art. I-43. Hasta entonces habrá que seguir considerando que sin verdadera autonomía en su política exterior, Europa sigue siendo "un gigante económico y un enano político".

 
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