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Frente Popular


75 años del triunfo del Frente Popular



Secretaría de Comunicación del PCE / 16 feb 11

Hace ahora 75 años, el 16 de febrero de 1936, la candidatura unitaria de izquierdas conocida como Bloque Popular obtenía un resonante –aunque ajustado en votos- triunfo electoral en nuestro país. En realidad, no pasaba de ser entonces una coalición heterogénea, unida por la voluntad de restañar, mediante la amnistía, las heridas de la represión posterior a Octubre de 1934, y de subsanar los destrozos de dos años largos de gobierno derechista (el “bienio negro”).

Por su programa moderado y las fuerzas que lo encabezaban, el pacto del luego denominado Frente Popular parecía poco más que una tímida reedición de la conjunción republicano-socialista que había gobernado España en 1931-1933. Los errores e insuficiencias de esta coalición reformadora y la acción desestabilizadora de la derecha condujeron a su derrota en las urnas y a la formación de una nueva mayoría parlamentaria, articulada en torno a los Radicales de Lerroux y al partido católico (la CEDA). Se abría así una etapa de “rectificación” que, pieza a pieza, desmontaba las modestas reformas anteriores, restauraba privilegios que la República había ido erradicando y sembraba el camino –según percibían las izquierdas –para el establecimiento de uno de esos regímenes autoritarios y anti-obreros que, en la Europa de los años 30, tenían en los fascismos su más directa inspiración.

La respuesta a esta “desnaturalización” de la República propició el voluntarismo heroico de Octubre. Tras su inevitable fracaso, la reacción de las fuerzas obreras y republicanas de izquierda permitió ir hilvanando un “tejido frentepopulista” que conduciría al triunfo electoral.

Hay que decir que lo que surge en febrero de 1936 no es aún propiamente un frente popular. De hecho, sólo el PCE defendía entonces la necesidad de una alianza antifascista amplia y estable, con su núcleo en el pacto entre socialistas y comunistas. Pero las tesis del PCE, grupo todavía débil, no podían prevalecer pese a que constituían, en puridad, la propuesta más razonable.

Debemos recordar, asimismo, que la idea de los frentes populares se abre paso desde 1934 y se formula y aprueba en el VII Congreso de la Internacional Comunista, en el verano de 1935. Que viene a reemplazar a la sectaria y desastrosa táctica de “clase contra clase” prevaleciente entre 1928 y 1934.

La política frentepopulista, surgida en cierto modo con sentido defensivo, poseía sin embargo amplias virtualidades. Permitió, por ejemplo, la conversión de los partidos comunistas en auténticas fuerzas “nacionales”, y una valoración de la democracia que, por vez primera, iba más allá de lo meramente circunstancial o instrumental. En términos estratégicos, suponía la constatación de que el “asalto” al Estado burgués debía ser sustituido por el “asedio”, en la perspectiva de encontrar una vía realista para avanzar. Democracia, socialismo, y vastas alianzas se conjugaban así en una propuesta bastante abierta, no exenta de indeterminaciones, pero tremendamente innovadora. Como fórmula electoral, tuvo efectos limitados, salvo en Francia y sobre todo en España, donde la movilización y las esperanzas que suscitó desbordaban con mucho la modestia del programa. Pero la resistencia antifascista de los años siguientes y los “frentes nacionales” que llevan su sello, configuran la etapa más preñada de expectativas de toda la historia de la izquierda y el movimiento revolucionario del siglo XX. Por eso el antifascismo es hoy tan denostado por los adalides del neoliberalismo; por eso sigue conservando un papel central en la memoria colectiva popular.

El frente popular en general y su versión española constituyen experiencias plagadas de enseñanzas sobre cuestiones tales como la necesidad de articular la lucha por las libertades y transformación social, o de construir bloques de progreso, o acerca del papel de la movilización social. Y éstos siguen siendo, en definitiva, los grandes retos, en el siglo XXI, para una izquierda transformadora no claudicante, que no se limite a revisitar mimeticamente las vías muertas del pasado, y que a la vez no se refugie en el resistencialismo idealista o la estética martirial.

 
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