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Homenaje en Sevilla a Caballero Bonald



Felipe Alcaraz / 29 may 10

El PCE, a través de su comisión federal de cultura, ha organizado un homenaje a Caballero Bonald, en el gran teatro Lope de Vega, que se ha quedado pequeño (buen partido el que tenemos en Sevilla). Como un reloj, exacto en su tiempo y emoción, han funcionado las adhesiones, poemas y músicas en honor de un escritor que jamás se doblegó ante el franquismo, ni ante las normalizaciones poéticas y narrativas al uso, dictadas por las distintas tribus, por el mercado, o por el realismo resignado de la modernidad española.

La cima del acto la ha marcado, sin duda, un texto, quizás inédito, de Ángel González, engarzado en un saludo vibrante de su viuda Susana Rivera, que lo acababa de mandar desde Nuevo México, donde imparte clases de literatura. Ángel González, entre otras cosas alude a la “actitud de radical repulsa frente a la dictadura que nos llevó a participar en tareas conspiratorias, por supuesto clandestinas”. Al mismo tiempo plasma un perfil del talento literario de Caballero Bonald y de su insobornable talante frente a la injusticia, que tan fuerte aislamiento les produjo a ambos, así como a Celaya o a García Hortelano, entre otros muchos. “Vivíamos como un grupo de exiliados en un país ajeno y hostil, un país raro que era a la vez nuestro país. Se ha hablado bastante de ese fenómeno, que tiene un nombre: exilio interior”.

Susana Rivera completa este perfil político y moral, casi una etopeya, dirigiéndole directamente un abrazo a Caballero Bonald: “Yo, por mi parte, destaco tu valentía al no claudicar nunca, incluso ante las circunstancias más adversas, desagradables e injustas, o cuando la displicencia nos sería más cómoda pero no honesta ni digna Hago mío un verso de Ángel…: “Donde la vida se doblega nunca”.

En definitiva, el PCE, por así decirlo, ha saldado una cuenta que tenía pendiente con uno de los más destacados “compañeros de viaje”, y que, por serlo, sufrieron cárcel y represalias, como muchos otros, en una lucha múltiple y casi interminable que no estamos dispuestos a olvidar. En este caso hemos hablado de un literato, un literato de verdad, aquel que frente a la norma y el comercio nos dijo, con Faulkner y Carpentier, que lo que no es barroco en literatura es periodismo. Aquel que nos ha enseñado a amar esa detención, ese tiempo denso, ese lenguaje sembrado, esa coherencia desobediente de saber vivir en los bordes sin echar de menos la metrópoli y sus clientes. Un escritor de talla frente a la literatura de consumo, frente al territorio podrido de las patrias y frente a los oficiantes resbaladizos de la postmodernidad.

 
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