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Izquierda Unida: ¿por qué es necesario un proyecto autoinstituyente?



Manuel Monereo Pérez / Ginés Fernández González / 28 mar 08

Habría que hacer un esfuerzo por cualificar bien qué tipo de crisis vive IU y, desde este análisis, buscar la alternativa para un proyecto que, en muchos sentidos, sigue estando vigente y, hasta cierto punto, más necesario que nunca.

IU, no hay que engañar ni engañarse, vive desde hace tiempo una crisis de proyecto. La derrota de 2.004 fue una demostración más (que no la única, ni siquiera la más importante, de esta crisis) y los resultados electorales últimos expresan lo que podríamos llamar “una crisis en la crisis”.

Cuando hablamos de crisis de proyecto queremos decir, en primer lugar, que se ha producido un cambio sustancial de estrategia política. La conversión de IU en el ala izquierda del zapaterismo pone de manifiesto el sometimiento a las lógicas políticas y mediáticas dominantes y evidencian el agotamiento, esperemos que temporalmente, de su carácter alternativo en su doble faceta: a las políticas neoliberales y a las formas de hacer política en estas democracias demediadas y crecientemente oligárquicas.

En segundo lugar, su progresiva institucionalización y burocratización. Resulta paradójico, pero es verdad: con apenas tres diputados y una menguadísima representación institucional y con gravísimos problemas económicos, IU ha centrado toda su actividad en sus relaciones privilegiadas y preferentes con el PSOE y el trabajo en las instituciones. Su implantación en la sociedad y su actividad en los movimiento sociales realmente existentes han quedado relegadas a un plano secundario y a la actividad espontánea de sus militantes. La actividad política única de la organización, nos referimos a las impulsadas por la dirección federal, ha consistido en preparar las diversas campañas electorales y en ganar, por cualquier medio, poder interno, aún a costa, como pasó en la federación valenciana, de agudizar la crisis y propiciar su ruptura. No se ha tenido en cuenta que una fuerza como IU, precisamente porque quiere luchar de verdad contra el bipartidismo, tiene que ganar influencia social, relación con los movimientos (específicamente con el movimiento obrero) y protagonizar el conflicto de clases.

En tercer lugar, íntimamente unido a lo anterior, IU vive una crisis orgánica sin precedentes. Las organizaciones de base languidecen y apenas si tienen actividades relacionadas directamente con los ciudadanos y ciudadanas. Esta campaña electoral ha culminado un ciclo: los afiliados y afiliadas apenas si han contado y la estrategia de la misma ha desconectado explícitamente de ellos, de su movilización y de su tensión moral e ideal. Crisis orgánica también en una creciente desintegración territorial del proyecto y en la inexistencia de una política común libremente aceptada. El equipo dirigente ya no dirige, gobierna una fracción multicolor que abiertamente conspira contra el propio proyecto y ha pretendido cambiar la naturaleza de IU aprovechando unas singulares primarias y una precampaña electoral que, lo diremos benévolamente, ha supuesto una agudización sin precedentes de la crisis estructural que IU viene anidando desde hace mucho tiempo. En un contexto así, no puede extrañar que centenares de compañeros y compañeras hayan ido abandonando la organización y que la desmoralización y el desánimo cunda por doquier.

En cuarto lugar, la pluralidad de IU se ha ido reduciendo y ha terminado por hacer emerger las diferencias entre militantes (todos) con carnet del Partido Comunista que se alinean diversa y antagónicamente en el seno de IU. El problema no es de ahora y pone de manifiesto la enorme dificultad de hacer coexistir dos aparatos simétricos y paralelos que, a su vez, se encuentran cada vez más separados política y culturalmente. Gaspar Llamazares y su equipo siguen teniendo el carnet del PCE y muchos de ellos son miembros de su Comité Ejecutivo y de su Comité Federal. Es decir, la pluralidad de IU se ha sustituido por la pluralidad del PCE, haciendo prácticamente imposible que otros colectivos y personas puedan llegar a formar parte de IU en igualdad de condiciones y libres de dependencias.

Por último, la acumulación de crisis ha terminado por generar un verdadero bloqueo de identidad de IU. A estas alturas, los hombres y mujeres de IU no saben muy bien si son la izquierda del PSOE o la izquierda alternativa anticapitalista y con voluntad socialista. No saben si su tarea histórica es cambiar al Partido Socialista o crear las condiciones histórico-sociales para una alternativa de izquierdas en nuestro país. La alianza rojo, verde y violeta que sintetizaba programáticamente la alianza entre el movimiento obrero organizado y los nuevos movimientos sociales emancipatorios, se ha ido convirtiendo en un galimatías absolutamente incomprensible para los no iniciados, donde aparecen ecosocialistas que poco o nada tienen que ver con una perspectiva socialista y con un ecologismo político digno de ese nombre y donde el pacifismo militante se combina, sin aparente contradicción, con el apoyo a unos Presupuestos Generales del Estado que, entre otros muchos elementos, incorpora un crecimiento imponente del gasto militar y de la investigación y ciencia dedicado a ello. Se ha perdido coherencia programática y emerge un debate ideológico trufado de tacticismo y de verdades a medias que someten a los afiliados y simpatizantes a la confusión y a una interpretación cada vez más esotérica de lo que viene de arriba.

Se podría continuar, pero creo que lo dicho supone una negativa de fondo a cualquier intento de cerrar el debate apenas iniciado y a un reajuste de poderes internos entre las Federaciones más poderosas económica e institucionalmente. De hecho, en los últimos años, esta estrategia ha sido intentada una y otra vez y ha fracasado siempre, precisamente porque ha ignorado el carácter y la profundidad de la crisis de IU y porque ha subestimado la nocividad de las políticas del actual grupo dirigente de IU.

El dato más significativo del que hay que partir es que IU, a pesar de todo, sigue teniendo una apreciable base social y electoral, una red organizativa que abarca prácticamente todo el Estado y un conjunto significativo de cargos públicos locales y provinciales que siguen apostando por IU y su futuro.

Cualquier solución seria a la crisis de IU debe propiciar la participación activa de todos y cada uno de los afiliados y afiliadas de IU y de los miles de hombres y mujeres que simpatizaron o simpatizan con un proyecto que durante muchos años fue una esperanza real para miles de trabajadores y trabajadoras y para una ciudadanía cada vez más subalternizada a los poderes fácticos, mediáticos y económicos.

Por lo tanto, lo fundamental aquí y ahora es tener un análisis veraz de lo que nos pasa y crear las condiciones colectivas para la superación de la crisis de IU. Muchos de nosotros defendemos una proceso autoinstituyente de IU, es decir, que los militantes, los afiliados y afiliadas, el soberano, defina las nuevas reglas, los principios y valores y los modos de organizarse y trabajar en la sociedad, haciéndolo de modo abierto e inclusivo, buscando que en el propio debate participen y converjan hombres y mujeres que estén dispuestos a organizarse en un proyecto de la izquierda alternativa. Crear ilusión, salir de unos marcos políticos y organizativos cada vez más limitados debe ser una tarea impostergable para afianzar el proceso. Queremos ser más, organizar más y generar expectativas positivas en una sociedad que vive con unos enormes déficits de izquierdas y que necesita de proyectos capaces de regenerar la vida pública y de mejorar las condiciones de vida y de trabajo de las mayorías sociales. Autoinstituyente, en este sentido fuerte, significa situar en el centro la Política, con mayúsculas.

En definitiva, deberíamos ir a un proceso en dos fases. La primera, la próxima Asamblea, tendría como objetivo definir con precisión y claridad la apertura de este proceso autoinstituyente y cómo hacerlo factible política y organizativamente, creando un equipo colectivo de dirección capaz de atender las enormes tareas políticas pendientes. En este sentido, nombrar un nuevo coordinador general sería cerrar más que abrir el proceso y nos podría llevar a divisiones internas que favorecerían de nuevo las lógicas de poder y la perpetuación de dinámicas que bloqueen una salida en positivo de la crisis.

Una segunda fase, que comenzaría al día siguiente de la Asamblea, tendría como objetivo abrir un debate profundo en la organización y en la sociedad en torno al contenido de la izquierda alternativa hoy, de su programa y de su forma organizativa. Autoinstitución significa, es bueno insistir sobre ello, que del proceso puede surgir la refundación o la reconstrucción de IU o bien la creación de otra cosa; significa que esto se deje en manos del conjunto de la militancia y que el debate irá esclareciendo y definiendo.

IU tiene sentido, pero depende del compromiso moral e intelectual de los hombres y mujeres que seguimos pensando que otro mundo es posible, que el capitalismo no puede ni debe ser el horizonte insuperable de la humanidad y que la emancipación socialista sigue teniendo sentido.

Manuel Monereo Pérez, miembro de Presidencia Federal de IU,
Ginés Fernández González, miembro de la Permanente Federal de IU.

Madrid, 25 de Marzo de 2008

 
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