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Obituario


Francisco Umbral o los días de nuestra vida



Ricardo Rodríguez | Secretaría de Comunicación del PCE / 28 ago 07

Con la urgencia atroz que impone siempre la muerte nos apresuramos a dejar constancia del dolor que nos provoca la ausencia del escritor Francisco Umbral («escritor y columnista», se suele decir de él, como si en su caso no fuese todo ser escritor, siempre el mismo y distinto, e inconfundible).

Como hasta los lugares comunes y las frases trilladas pueden decir verdad, nos ratificamos en que Francisco Umbral ha sido uno de los mejores prosistas de nuestra lengua, un hombre de una personalidad desbordante y –en su caso sí que se puede afirmar- inclasificable. No cabe duda de que su celebridad se debió en gran parte a ese temperamento a medias hosco y a medias pícaro, a algunas escenas televisivas repetidas hasta la saciedad e incluso a su particular apariencia, siempre con sus características bufandas y sus gafas de pasta. Fue también inteligente polemista, a ratos agrio, y eterno aspirante a miembro de la Academia, su gran frustración de autodidacta que aspira a entrar en el templo. Pero, por encima de todo ello, alcanzó la excelencia literaria y humana en obras como Mortal y rosa, registró la historia de todas las esferas de nuestra vida –la subsistencia de los parias en la sociedad gris y pacata de la posguerra en La forja de un ladrón o la esterilidad de los sueños de los intelectuales falangistas adictos al franquismo en Leyenda del César Visionario-. Retrató a tribus de Corte y calle y hasta a protagonistas de crónica rosa con mordacidad en un sinnúmero de libros –algunos años llegó a publicar tres obras- y en una cantidad inmensa de columnas periodísticas en las que siempre brilló el talento literario, pensara uno lo que pensase de lo que en ellas decía, no siempre demasiado bien fundamentado y en ocasiones visiblemente guiado por ciertas manías personales, como aquella en que trató con inexplicable virulencia a la escritora Carmen Laforet, entre otras muchas. Se esforzó más que ningún otro por llevar a la literatura el lenguaje de la calle; como «el escritor más renovador y original de la prosa hispánica actual» lo calificó Miguel Delibes, que fue quien primero lo promocionó y se percató de su valía.

Así pues, con su particular visión de la sociedad, de la política y de la vida cotidiana, con los vaivenes de su biografía –como de la de todos-, con Francisco Umbral desaparece –volvemos a las frases trilladas- uno de los testigos más importantes de nuestra historia reciente, y una parte inseparable de ella.

 
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