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San Carlos Borromeo


Imaginate si fuera



Ricardo Rodriguez / 04 abr 07

No tengo demasiada afición a escribir poesía de circunstancias, pero que tampoco la desdeño cuando se hace imprescindible.
Creo que así ocurre en la lucha mantenida contra el cierra de la parroquia San Carlos Borromeo. Para un ateo irredento como yo, que no obstante se siente hermanado con todas y todos los que confían en la capacidad de luchar del ser humano por la justicia y por su propia dignidad (nada humano me es ajeno, que diría Marx), escribirlo ha supuesto un inmenso esfuerzo de concentración y aplacamiento de emociones.(Ricardo Rodriguez)

¿Y si fueran el Cristo los parias?
¿Y si caminara el Cristo los otoños por calles sucias y por glorietas de bancos desportillados y por sendas llovidas y embarradas, a solas en los caminos, entre muchedumbres de pobres en las glorietas de los arrabales?,
¿y si fuera a ser que anda el Cristo sobre botas viejas y con abrigo raído y sin cayado y con el cabello bañado de hojas secas, de árboles desnudos, de otoños ásperos como unas manos hechas a la vida sin favores ni contemplaciones?
¿Y si fuera que el Cristo ronda y habita en las glorietas, en las calles sucias, en los campos llovidos o en los otoños desabridos como manos nudosas y huidizas?
¿Y si mirases por la ventana y el Cristo fuera lo que vieses, ahí, en tu mismo barrio, bajo los geranios de tu casa, en la acera, donde un viejo gruñón desovilla la memoria a garrotazos?

¿Y si fuera una niña, el Cristo, digo, una niña cualquiera, esa por ejemplo que se acurruca en camisón en un rincón del sótano, entre esteras y dos garrafas de agua sin agua y una muñeca sin inocencia que la zarandee y la descabece?,
¿y si contemplase el Cristo por sus ojos, por los ojos de la niña, el techo del sótano, bajo el techo del edificio, bajo el techo del cielo que arde en la ciudad bombardeada?,
¿y si fuera que el Cristo tiene miedo cuando la niña llora?, ¿y si fuera que el Cristo no soporta las bombas?
¿Y si se saliera el Cristo, a raudales, por los ojos abiertos de par en par, llenos de pánico e incomprensión, los ojos de la niña que ya no juega con muñecas?,
¿y si brotara un rugido de espanto de los sótanos en los que se refugian mil o cien mil niños y padres y ancianos y muñecas abandonadas y clamara contra los que mandan bombardear en nombre de un templo vacío o de un altar sin carne ni alma?,
¿no sería entonces Cristo el colérico clamor?, ¿no estaría el Cristo en los sótanos?

¿Y si fueran el Cristo los que protestan, y si fueran los que sueñan, y si fueran los que se abrazan, los que cantan, los que no se resignan, los que se aman a borbotones y a contrapié de los otoños?
¿Quienes se yerguen desde más abajo del suelo?, ¿no son ellos el Cristo antes que nadie?
¿Y si el Cristo habla con palabras que entendemos y si descarga a plomo los brazos en las fábricas y los abre luego como ramas vivas y generosas y acoge y se deja acoger de los otros que son él mismo y si agita el aire y templa los alientos que se encuentran, el Cristo, todos el Cristo, con voces tronadoras que treparan a las azoteas como humus o como himno o como pueblo alzado?
¿Y si el Cristo fuera la justicia y el anhelo y la justicia y el anhelo?
¿Y si fuera el redoble de conciencia?

Porque puede ser, si lo imaginas, o sin siquiera imaginarlo, digo que puede ser que así sea.
Porque, si lo azotaron quienes lo exhiben prendido en la ropa como un broche de diamantes,
si lo atormentaron quienes regurgitan palabras muertas encaramados en tribunas doradas como si bailaran sobre catafalcos,
y aun creen medrar a su sombra,
si lo clavaron los poderosos y lo despellejaron los poderosos y los poderosos quisieron pisotear la sangre nutricia.
Porque, si nos azotaron y nos atormentaron y nos clavaron en todos los maderos de todas las ciudades y todos los campos,
somos entonces nosotros el Cristo,
cuando nos desclavamos,
el Cristo alzado, que es decir resucitado y redimido, el Cristo que habla en las glorietas y las calles y las sendas por las que camina, el Cristo que habla con palabras que entendemos, si somos nosotros mismos quienes hablamos, por su voz, él por la nuestra.
Somos nosotros el Cristo,
digo que pudiera ser,
porque somos los parias.

A quienes se han encontrado, se encuentran y se encontrarán en San Carlos Borromeo, el corazón de Vallecas. Madrid, 4 de abril de 2007

 
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