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Entrevista a Julio Anguita


"Llegó el momento de sentarnos y decir cómo escribiríamos el Manifiesto Comunista del siglo XXI"



Antonio Gómez Villar, Renacimiento/Rebelión / 03 feb 07

Julio Anguita ingresó en el PCE en 1972 y fue elegido secretario general en 1989. También fue nombrado candidato a la presidencia del gobierno en ese mismo año. Con él, IU obtuvo su techo electoral. Julio no está retirado de la política, simplemente ha cambiado de trinchera. Actualmente trabaja en la elaboración del “Manifiesto programa” del PCE, escribe semanalmente en la revista “La Clave”, imparte conferencias sobre diversos temas, como por ejemplo “La globalización”, “¿Qué es la izquierda?”, “El Tratado de Constitución Europea” y “La Tercera República”.

El legado que deja Julio a la izquierda de su paso por la política institucional es muy grande, yo me que quedo con el ya famoso “programa, programa, programa”, por su pretensión de concreción y consecuencia. No es algo accidental, accesorio, es sinónimo de elaboración colectiva. Las alianzas hay que hacerlas en torno a él. Su rectitud ética y su compromiso han hecho que sea un político conocido y reconocido por todos, aunque como apunta Julio con tono jocoso “fui el político que más tiempo estuve en las hornacinas pero menos en las urnas”.

LA IZQUIERDA HOY (1)

Antonio Gómez: En primer lugar, tenemos que decir que estamos encantados de poder estar hoy aquí y compartir unos minutos con usted. Le hemos encontrado bastante fuerte físicamente, de salud se le ve muy bien.

Julio Anguita: Bueno, este estado mío de salud que no es malo, es el resultado de varias cosas. Lo primero es que los infartos que tuve los cogí a tiempo, después hubo una operación en 1999 con la implantación de tres by-pass que me han sentado muy bien. Además de eso, todos los lunes, miércoles y viernes voy a un gimnasio donde hago dos horas intensas de ejercicio. Yo ando mucho y eso me mantiene en forma. A todo ello, también hay que añadirle la tranquilidad con que ahora hago mi vida, lo cual no quiere decir que me encuentre apartado de actividades políticas, pero sí de cuestiones institucionales y eso es una vida mucho más relajada.

Nosotros nos alegramos. Quien parece que anda peor de salud es la izquierda.

Antes de la entrevista he estado actualizando un guión de conferencia que voy a impartir en unas jornadas que el PCE organiza en Granada en torno al debate del manifiesto-programa. Creo que ha llegado el momento de ajustar cuentas teóricas, culturales y filosóficas con nuestra propia ideología. Ajustar cuentas no quiere decir que la combatamos sino que la limpiemos de las posibles excrecencias que el tiempo y la historia han acumulado sobre ella. Hemos de preguntarnos qué valor tiene ser comunista, qué sentido tiene la izquierda y, lo que es más importante, a qué llamamos izquierda. En los inicios del siglo XXI, estos planteamientos o se los hace la izquierda o la izquierda terminará desapareciendo, como de hecho está ocurriendo. Actualmente, se mantienen sus siglas, se mantienen sus medios de comunicación, más o menos modestos, se mantienen sus candidaturas pero el nervio teórico, el nervio político está desapareciendo. La confusión es terrible. Es más, esta mañana en el diario EL PAIS, viene el resumen de una conferencia de Felipe González, donde él dice que Europa tiene que ser más competitiva, que el mercado laboral está siendo demasiado rígido, es decir, el contenido exacto de la derecha. Pero no debemos ser rápidos de lengua con este hombre, porque el capital tiene una lógica y se llama globalización, y es lógico, yo no digo que esté de acuerdo, digo que es lógico. Tiene un proyecto de economía. Pues muy bien, el problema es que nosotros no tenemos una lógica, ni un proyecto alternativo aunque implique nadar contracorriente, Por ejemplo, frente a las horas extraordinarias y al empleo precario aquí hay que hablar del reparto de la jornada de trabajo, lo cual implica otro modelo de sociedad, pero es que no hay otra salida. Y ahí, sindicatos, y hablo de UGT y CCOO e IU empiezan ya a flaquear, porque estamos ya en cierta medida instalados en los valores del poder, en la cultura del poder, en los hábitos del poder, en el consumismo y en los hábitos puramente electorales. Pues bien, ha llegado el momento, que es lo que pretendemos nosotros, de que ahora nos sentemos y digamos cómo escribiríamos en el siglo XXI el Manifiesto Comunista. Eso es lo que resume todo lo que he dicho anteriormente.

Podemos afirmar que el futuro de la izquierda pasa por donde siempre pasó, lo que constituye el mensaje permanente de la izquierda, que es el de hacer suya la causa de los oprimidos. Usted ha dicho que se podrán modernizar los métodos, las maneras de hablar, pero que ese mensaje no se puede cambiar nunca. En ese sentido, los explotados también tienen que unirse en esta lucha.
Si los explotados, oprimidos, alienados, enajenados, dominados, como usted quiera, no hacen el ejercicio de liberación, pues… aquí no hay redentores. El proyecto marxista no habla de redentores. Habla de romper las cadenas, pero los que las tienen, que las tenemos todos, cadenas de mucho tipo, no solamente económicas, también ideológicas, culturales, de valores. Ahora bien, qué es lo que ocurre, que para romper las cadenas hay que tener músculo. Y de la misma manera que uno hace músculo ejercitándose en un gimnasio, pues en el debate de verdad, yendo a fondo, se hace músculo ideológico. Y es aquí donde estamos encontrando las grandes dificultades. Mucha gente le rehuye el pensar. Y uno de los males que en estos momentos está acosando a la humanidad es el miedo a pensar, pero especialmente eso ocurre en España. En España siempre ha habido miedo a pensar, daba miedo la libertad de pensar porque obligaba. Y ahí estamos encontrando un valladar fuerte. No podemos pretender que la dirección del partido apruebe un documento, lo lance y tú luego lo aplicas o no lo aplicas (y me refiero no al militante de base, sino a los dirigentes de las federaciones de las comunidades autónomas, y a los dirigentes centrales). Ha llegado el momento en que tú renueves tu apuesta, sabiendo qué es lo que hay que hacer tras un debate y, repito, está costando mucho trabajo.

Son muchas las cadenas de las que debemos liberarnos. Una de las cuestiones fundamentales que todos hemos de asumir es que los niveles actuales de consumo de Europa occidental y Norteamérica son insostenibles. Si todo el planeta siguiera tales pautas de consumo y, por tanto, agotamiento de recursos, en siete u ocho décadas nos cargaríamos el Planeta Tierra tal y como hoy lo entendemos. Los recursos son limitados.

Estamos ante un hecho nuevo. En la época de Marx y posteriores épocas (voy a explicarlo en parámetros andaluces), la revolución empezaba por la reforma agraria, en donde el jornalero, el proletario del campo accedía a la propiedad. Él labraba la tierra, recogía los frutos de las cosechas, los vendía, se unía en cooperativas, etc., pero el problema hoy es que se está premiando a los que no siembran, cuando el problema de los precios depende de la OMC. Por supuesto que el problema de la tierra sigue siendo el de la propiedad. Pero lo fundamental es que tenemos que hablar de otro sistema de reparto y de economía. Y ahí no hemos llegado. Fíjese que debate hay en el mundo en este momento: los países que están en vías de desarrollo reclaman que los países del primer mundo se desarmen arancelariamente para que ellos puedan exportar su agricultura, y los países del primer mundo les dicen sí, sí, pero usted abra sus aduanas a mis productos industriales. Cuando dicen que eso lo van a poner en marcha, automáticamente los campesinos españoles, los campesinos en Francia, dicen que en absoluto se puede permitir eso, porque ellos necesitan que los sigan subvencionando. Fíjese que paradoja. Eso es lo que hay que abordar. El paso de la propiedad privada a la colectiva debe estar presidido por otras relaciones económicas y por otros parámetros éticos. La expropiación de las tierras de la duquesa de alba, por poner un ejemplo, es algo consustancial con una reforma agraria digna de tal nombre pero no sólo es eso.

Porque podemos estar de acuerdo en quitarle la propiedad, pero la gran pregunta es: ¿qué hacemos con las tierras?

Claro, pero más cosas. Las prejubilaciones: alguien lo prejubilan en una fábrica, el Estado corre con el cargo de la prejubilación, le dan unos años de paro obrero, la fábrica cierra, y a continuación la fábrica saca unos beneficios. Las empresas tienen que ser subvencionadas, pero a la hora de los beneficios no reparten. La defensa del puesto de trabajo: hay mucha gente de izquierdas, o afiliada a organizaciones de izquierdas, sería preciso decir, que cuando llega el explotador para hacer un campo de golf encima del acuífero y crear viviendas, nos dice que se van a crear puestos de trabajo. Nosotros mismos estamos penetrados de esa filosofía. Entonces lo mejor es que planteamos qué queremos, qué somos y vamos a ser consecuentes. Y ha llegado el momento de pararse un momento, y pararse un momento no es malo, pararse a reflexionar es bueno. Y no que te vayan marcando los demás. Aquí pasa como en el ciclismo, donde el ciclista te va marcando la velocidad. Me voy a parar ahora, voy a aparcar la bicicleta y voy a reflexionar con mis compañeros. Porque sino la única actividad que hacen las organizaciones de izquierda, incluida Izquierda Unida, es las campañas electorales. Bueno, pues para ese viaje hacen falta alforjas. Por eso el problema estriba en la explotación de las tierras en régimen cooperativo, con atención a los mercados, especialmente al interior pero dentro de una política económica alternativa que bascule sobre dos conceptos: la prioridad de lo público y el ejercicio de la solidaridad.

Podemos decir hay dos tipos de izquierda: la moderada y la radical la que cree que el horizonte del capitalismo es irrebasable y lo único que se puede hacer es buscar modos de hacerlo más humano, si es que la expresión “capitalismo humano” no es una contradicción en sí misma, (Julio hace un gesto de asentimiento con la cabeza) y la otra, la radical, la cree que es posible rebasar el sistema, organizar la producción y el consumo mundiales de un modo democrático y cooperativo. Creo que la primera es una peligrosa ilusión fatalista, que hace inviables incluso las reformas más posibles y necesarias. Pero inmediatamente, surge la pregunta, y así lo ha planteado Antoni Doménech, ¿Cómo pueden colaborar ambas izquierdas del modo más leal posible? Ello no debe implicar que abracemos la idea de la “casa común” que a mí y sé que a usted también nos deja frío.

Y me irrita (risas). Yo he colocado muchas veces, en muchos escritos, la definición de Marx del comunismo como “la fuerza que constantemente va superando contradicciones”. Una definición que tiene miga. Porque fuerza, que otras veces se puede traducir del alemán como proceso, trabajo, esfuerzo, implica algo que va avanzando, con muchos sujetos múltiples, pero que obedecen a un plan general, eso de pensar globalmente y actuar localmente. Pero para eso hacer falta una fuerza teórica, política, cultural, ideológica, que conciba, explique, que sea el motor permanente, constante. Para mí eso es lo que tenían que hacer los comunistas. Incluso la organización no sería un partido, sería otra cosa, pero una organización comunista que es capaz de formar alianzas. Evidentemente, para la marcha hacia el socialismo, hacia el comunismo, hacia el anarquismo, como quiera que le llamemos, aunque hay diferencias teóricas en torno a los 3 conceptos, hace falta mucha gente. Por ejemplo, ahora mismo había que pasar una etapa democrática, en la que el empleo fuese fundamental. Y ahí muchos hijos de la pequeña burguesía estarían con nosotros. A mí no me crea ningún problema aliarme con quien sea, aunque sea con el demonio si coyunturalmente eso permite avanzar a la globalidad. Por eso yo soy tan laico en política y por eso el programa, programa, programa. Si alguien de izquierdas me dice que me va a enseñar el carné, le digo que se lo guarde, que no quiero ni verlo. El programa, lo concreto, eso es lo importante, como por ejemplo el tema de las horas extraordinarias, el tema del empleo, el tema de pensiones y jubilaciones, el tema de la vivienda. Claro que esto no es la revolución, pero vamos camino de ella. Porque la revolución en el fondo tiene que ser de la mayoría. Pero fíjese en el discurso de hoy: “Todos contra la derecha”. De acuerdo, por supuesto, pero yo quiero derrotar a la derecha en el terreno práctico, de cada día de la política, donde cada vez que la derrotemos tenga que ir retrocediendo. Esto exige una tarea paciente de organización, de fuerza ideológica, de paciencia, de ductilidad y de organización capaz con capacidad de llevar un frente múltiple. De ahí surgió la idea de IU, lo que a IU la definía es el laicismo del programa. Si mañana resulta que parte de la iglesia católica está de acuerdo en algunos puntos pues magnífico, mientras no entremos en el terreno religioso. Esto que parece que es una concesión, es lo más revolucionario que conozco. Lo más derechizante es cuando todos se alían contra el PP, que me parece que al PP hay que derrotarlo, pero después hacen las mismas políticas. Esto es una cosa que IU ha hecho en otras ocasiones muy bien, y que tendría que volver a hacerlo. Lo que importa es el programa, la formación de una conciencia ciudadana, múltiple, plural, pero que van todos en esa dirección. Esa lucidez es la que ha perdido la izquierda totalmente. Hoy nadie se mete con la banca, nadie se mete con el capitalismo, ¿por qué? Porque ya lo hemos asumido. Entonces, una operación como esta exige claridad ideológica, flexibilidad organizativa, exige programa y al decir programa estoy diciendo alianza. Eso es el papel del intelectual orgánico que un tal Antonio Gramsci venía diciendo hace mucho tiempo. Pero Gramsci está ahí y nosotros seguimos todavía con las consignas. Yo le digo a usted que cada día me producen más horror las consignas. Hace muchos años que yo no doy mítines, doy conferencias, porque estoy de los mítines hasta el gorro, me parecen que no sirven para nada, hacen demagogia, embotan la conciencia, etc. Fíjese en lo que está ocurriendo ahora en Bélgica. La extrema derecha ha avanzando en las elecciones. ¿Saben qué ha dicho? Dos cosas: no queremos inmigrantes y no queremos paro. Contaba Bertolt Brecht, que lo vio, que una vez fueron a un debate un comunista, un socialista y un nazi. El socialista habló de los problemas del Estado y de la clase trabajadora; el comunista habló de la revolución; y el nazi dijo: “cuando termine de hablar me vais a votar: trabajo y dignidad para Alemania”. La gente se le echó en lo alto. Y son muchos de los trabajadores lo que han votado a la extrema derecha en Bélgica, y en Francia muchos votantes comunistas votaron a Le Pen. Ojo, esto ya nos plantea una cuestión, y es que nosotros por comodidad siempre hemos dicho que los trabajadores están explotados y expoliados, pobrecitos míos, nosotros os defendemos. Eso sí me ha reventado, ellos que peleen y nosotros con ellos, en primera línea, pero si ellos no pelean pues que se fastidien. Esa visión paternalista es la que nosotros hemos hecho: nosotros te defendemos, votarnos. Eso no es entender el proceso de transformación. Pero todo lo que yo estoy diciendo y las preguntas de usted lo que hace es mostrar ante la mesa el problema tan gordo que tenemos delante, es tremendo. Pero ese problema se hace mayor todavía cuando yo, que me estoy moviendo, veo las pocas ganas que hay de enfrentarlo.

¿Tiene sentido en el siglo XXI pensar y actuar remitiéndose a un pensamiento que surgió en la sociedad capitalista de mediados del siglo XIX? Mi respuesta es que hay tesis que se mantienen, ya que la realidad no ha hecho más que acentuar, ahondar o extender lo que en ellas se ponía al descubierto. Ejemplo de estas acentuaciones las encontramos en la naturaleza explotadora y depredadora del capitalismo, en la expansión creciente e ilimitada del capital, en la mercantilización de toda forma de producción material, etc. Hay otras tesis del marxismo que hay que abandonar, como la referente al sujeto de la historia. Como sostiene Adolfo Sánchez Vázquez “hoy no puede sostenerse que la clase obrera sea el sujeto plural, cuya composición no puede ser inalterable o establecer a priori”. En la marcha para la necesaria transformación del mundo existente, en el camino hacia el socialismo hay que partir de Marx para desarrollar y enriquecer y, en la medida de lo posible, superar su teoría, aunque en el camino haya que dejar, a veces, al propio Marx.

Cuando yo doy algún curso sobre Globalización, suelo recurrir a una vieja técnica de mi profesión de maestro nacional. Creo que la izquierda tiene que ser muy didáctica, que tiene que socializar el saber. Cuando voy a comenzar la conferencia digo: “señores, antes de empezar, permítanme que les lea un texto”, yo tengo un libro preparado, forrado para que no lo lean y leo un párrafo de ese libro y puedo tirarme cinco minutos. A continuación les pregunto: “¿esto es de actualidad?” Y todos responden sí, sí. Y entonces les digo que está escrito en el año 1948, estaba leyendo “El Manifiesto Comunista”. Es decir, la perspicacia, la visión de futuro de Engels y Marx sobre el desarrollo del capitalismo no ha sido superada. Ahí está la globalización, ahí están los fenómenos de contradicción del capitalismo. Claro que hay cosas que no previó, por eso hay que actualizarlo, evidentemente. Pero las líneas maestras yo diría que son perennes, que son inmortales, por eso Marx y Engels son inmortales. Hicieron un análisis y una propuesta que ha resistido el paso del tiempo. O sea, que cuando me digan que todos estos fenómenos son nuevos, les diré que no, que esto estaba previsto hace casi 150 años. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que cuando nos acusan de que es una ideología del XIX les digo, sí, como la de Adam Smith y si quieren ustedes más antigua. Todo el mercantilismo, todo el capitalismo, la invención de la letra de cambio, los mercaderes, etc. o sea, antiguos ustedes. Pero no vamos a hacer aquí ahora un debate de quien es más antiguo. En el debate hay que decirle al otro donde tiene sus errores, sus equivocaciones. En ese aspecto, el socialismo, y hablo de socialismo en un sentido muy amplio, surge como una propuesta que bebe de la ilustración, en el sentido de la racionalidad, mientras que el capitalismo es simplemente misterio religioso cuando habla de la mano invisible del mercado. Pero qué es eso de la mano invisible, se está oficiando el viejo sacerdote, hablando de los misterios, mientras que la otra propuesta es una propuesta racional. Otro calificativo que se nos atribuye es el de utópico, que para mí no es un calificativo insulto, para mí es un piropo. Todas las utopías que han sido en el mundo siempre han sido posibles técnicamente, hoy se puede quitar el hambre, hay alimentos en el mundo para que coma todo el mudo y bien, hoy se pueden quitar la enfermedades, hoy se puede culturizar a la gente, etc. pero, ¿Por qué no se hace? Entones ya no es utopía, es que hay un sistema que lo impide, el sistema del beneficio. El primero de mayo de 1890 salieron los trabajadores a la calle para pedir la jornada laboral de 8 horas, y ahora resulta que vamos por 9, por 10, por 11, y los sindicatos alemanes firman un acuerdo diciendo que van a trabajar más por el mismo sueldo. ¿Vamos para adelante o vamos para atrás? Si me cogen algunas expresiones de Marx aisladas, pues claro, se ve que es un hombre del XIX, además de talante optimista, creía en el progreso, que se cumplía como la voluntad divina, eso es una visión del XIX. Es decir, que el socialismo puede que no venga si no trabajamos por él.

* Antonio Gómez Villar es estudiante de Filosofía de la Universidad de Málaga (UMA) y coordinador de organización de la asamblea local de IU en Coín.

 
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