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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Opinión

Tiempo para la rebeldía

Ana Moreno Soriano | ideal.es / 06 feb 12

Desde hace demasiado tiempo, porque siempre es demasiado para la desgracia, siento a mi alrededor tristeza y desánimo y, con frecuencia, una violencia contenida y una crispación que, a mi juicio, son la consecuencia del fracaso existencial en el que viven muchas personas, fascinadas por la ideología dominante del éxito y el dinero y que, de pronto, se dan de bruces con la realidad y sienten que están fuera del banquete reservado para una élite. Tener conciencia de la voracidad del sistema capitalista no nos inmuniza para sufrir las consecuencias de sus desmanes, pero sí nos permite comprender, superando muchas contradicciones, que la igualdad en la que se basa el contrato social de la burguesía no es más que una ilusión de igualdad porque la lucha de clases existe de forma despiadada, cualquier conquista social y política se cobra grandes tributos y el mito del botones convertido en director del banco lo explica el filósofo francés Pierre Bourdieu, como el acceso de un número simbólico de las clases inferiores para mantener la ilusión de la meritocracia. Por eso, creo que tienen razón quienes piensan que la alternativa al neoliberalismo es la conciencia porque no es suficiente con haber superado teóricamente la condición de súbditos propia del Antiguo Régimen sino que la conciencia de clase, de género, de ciudadanía… no se inocula al individuo cuando nace, sino que es el fruto de una experiencia y de una voluntad. Hay más pobres que ricos, más trabajadores que empresarios, más pequeños ahorradores que banqueros y la mitad de la población es femenina; sin embargo, en los valores que sustentan la ideología dominante pesa más el lujo y el consumo que la austeridad, el individualismo que la cooperación y el patriarcado que la igualdad. Y así los de arriba no necesitan las medidas coercitivas y represoras que otras veces han empleado sino, simplemente, hacer que los de abajo se sientan culpables, se autodestruyan o se resignen.

Pero la resignación es una pasión triste, como diría Spinoza, porque no nace de la libertad sino de la imposición; es un estado de postración que paraliza y coarta nuestras capacidades como seres humanos, que nos obliga a mirar hacia abajo o a mirar para otro lado y rehuir el compromiso. Por eso, dice Paulo Freire que no es en la resignación donde se reafirman las personas, sino en la rebeldía frente a la injusticia. Hay sobradas razones para rebelarnos y reafirmarnos en nuestra condición de personas porque vivimos malos tiempos, en los que las noticias nos golpean a diario: el paro, los desahucios, los pobres que viven en la calle… infinitas razones para decir no, pues ésa es la definición de rebelde que propone Albert Camus. Si, además, tenemos que escuchar al primer ministro de un país europeo, léase Italia y Mario Monti, genuino representante del gran capital, decir a los millones de jóvenes sin empleo que no se acostumbren a tener un trabajo fijo para toda la vida, porque es muy aburrido y es más bonito cambiar y aceptar nuevos desafíos, es decir, resígnense ustedes y renuncien a contar con un empleo digno para planificar su futuro, compartir su vida o repartir su tiempo, la respuesta no puede ser sino un gran grito de rebeldía, un no contundente que combata la resignación.

Hay, efectivamente, muchas razones para decir no, para oponerse, para rebelarse; y no contra nosotros mismos generando frustración, competitividad y ansiedad, sino contra los responsables de una crisis que presentan como una tragedia que nadie ha escrito, pero en la que somos actores de reparto. Por eso, cuando salgamos al escenario, portemos un gran no como expresión de nuestra rebeldía, porque es nuestro tiempo y nuestra vida lo que está en juego. Y, quizás, podamos ser felizmente rebeldes y ésa sí sería una pasión alegre, la que prefería Spinoza.

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