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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Opinión

Del yo al nosotras

Ana Moreno Soriano | ideal.es / 30 nov 11

Hace algunos años, llegó a mis manos un poema de Pilar Paz Pasamar, la poeta gaditana que con sólo dieciocho años publicó un libro, “Mara”, que despertó una gran expectación en los poetas de su generación y recibió la admiración y el reconocimiento de Juan Ramón Jiménez. La publicación de esta obra fue el inicio de una fecunda relación literaria entre el maestro y un grupo de jóvenes que, junto a Pilar Paz Pasamar, formaron el grupo Platero y editaron una revista con el mismo nombre, en los años cincuenta, que publicó poemas de Alberti, Blas de Otero y Juan Ramón Jiménez, entre otros.

Pues bien, cuando leí este poema por primera vez, aprecié en él una gran belleza literaria pero confieso que tuve alguna reserva, pues me pareció un tanto exagerado ese canto al individualismo, a la autosuficiencia e, incluso, a la autocomplacencia. Volví a leerlo y, a medida que me dejaba captar por sus imágenes poderosas y su ritmo perfecto, descubría en él la voz de las mujeres cuando se dicen a sí mismas que tienen que conquistar su libertad y su autonomía. Desde el primer verso, la autora empieza por asumir la soledad, por saber que el mundo puede ser un lugar extraño y que el dolor es una realidad terrible y cotidiana, pero queda el consuelo de la risa. Se dice que sólo podemos considerar nuestro lo que hemos conseguido con esfuerzo y que debemos partir de lo que somos para llegar a ser lo que queramos, con las manos y las alas extendidas, pero sin la angustia de no dar la talla… Y habla “de los otros”, remolino de voces y prisa que reclaman, exigen y ordenan, pero no saben leer una mirada y, mucho menos, asomarse al corazón. Por ello, no hay que buscar nada fuera de una misma: ni música que otros interpreten para bailar a su ritmo, ni color que combine con el de los demás, ni proyectos a la medida de nadie: hay que crear la propia música, cincelar los propios sueños, esculpirse en la propia piedra y escribir la propia historia… No es, por lo tanto, un canto al individualismo sino la determinación de las mujeres de ser y percibirse de otra manera y para ello, como dice Juan Carlos Rodríguez, hay que ser egoístas, no en el sentido burgués del término, sino en un sentido totalmente distinto, construyendo un yo sin explotación desde la propia conciencia; Juan Carlos Rodríguez habla de la explotación del sistema capitalista, pero también el sistema patriarcal explota y domina a las mujeres y sabemos, con Cristina Molina, que el género es una variable que lo permea todo para hacerlo inferior, que lo femenino está institucionalizado como espacio de inferioridad.

El patriarcado ha hecho unos patrones a su medida que ha ofrecido desde los cuentos infantiles: el espejo de Blancanieves, el zapato de Cenicienta o el sueño de la Bella Durmiente forman parte del imaginario popular, donde las mujeres compiten entre ellas, son sumisas y sueñan o duermen esperando a un hombre, porque no saben estar solas. Muchas viven en una situación de discriminación permanente, porque tienen una dependencia económica y social del marido y otras, viven humilladas y aterrorizadas durante años, en una dependencia sicológica que las paraliza y las destruye.

He vuelto hoy a leer este poema, rescatado de un montón de papeles, con motivo del veinticinco de noviembre, Día Internacional de Denuncia contra la Violencia de Género; sé que tiene un sentido colectivo y que en él se unen las voces de las mujeres que se reclaman protagonistas de la Historia y dueñas de su destino; de las mujeres que no temen a la soledad, se quieren y se valoran, ríen cuando están nerviosas y lloran cuando son felices; de las mujeres que reconocen sus errores y miran adelante, de las que cuentan con ellas mismas para cantar y para andar, de las que no consienten que ningún hombre las mire si no es de frente y a los ojos y, sobre todo, de las mujeres valientes que han escapado de las garras de sus maltratadores. Y he agradecido, hoy también, la voz de las poetas, como Pilar Paz Pasamar, que nos prestan sus palabras para seguir luchando.

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