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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Sobre Marcelino

Marcelino Camacho: siempre adelante

Ricardo Rodríguez | larepublica.es / 15 nov 10

A Josefina Samper

«Un hombre bueno», dijeron de él. Lo dijeron prácticamente todos los que le conocieron, cuantos tuvieron la inmensa suerte de encontrar su sonrisa y esa mirada que, como ha asegurado recientemente Agustín Moreno, era siempre una puerta abierta. Y lo han repetido tantos, de tan diferente condición e ideología, con motivo de su fallecimiento el pasado 29 de octubre, que se diría que la bondad, en el buen sentido de la palabra al que se refirió Machado, habrá de quedar para siempre encarnada en su memoria. Qué duda cabe: Marcelino Camacho ha sido uno de nuestros mejores hombres buenos.

Pero Marcelino Camacho es mucho más. En realidad, mujeres y hombres buenos abundan más de lo que en nuestros momentos de amargura queremos creer. Marcelino Camacho fue un hombre excepcional, entre otras cosas y antes que nada porque jamás pretendió serlo, porque siempre hizo lo que creyó que había de hacerse, porque siempre dijo –sin ofender a nadie, pero sin callarse nunca- lo que consideraba justo, porque desde que se afilió al Partido Comunista de España, allá por 1935, y poco después a UGT, luchó, no dejó de luchar ni un día, ni un solo minuto. «Adelante, siempre adelante», como nos contó su querida Josefina Samper que volvió a susurrarle a una vecina con su último hálito de vida. Se trataba de ser fiel a uno mismo y honesto con todos los demás. Así de sencillo, así de difícil, así de excepcional fue Marcelino.

Podía uno toparse con él en cualquier acto reivindicativo; ninguna causa que pensara que era justa carecía de importancia para Marcelino y todas merecían su esfuerzo. Te saludaba con una cordialidad tan exenta de afectación que sobrecogía. Porque sabía uno que estaba charlando, como se charla con un amigo de toda la vida, con un hombre cargado de una historia asombrosa. Un hombre que, siendo apenas un adolescente, en plena Guerra Civil, cortó las vías del tren en su tierra de Osma- La Rasa, en Soria, para impedir el avance fascista, y cruzó la sierra madrileña para defender la República. Un hombre que estuvo en campos de trabajos forzados, que sufrió el más duro de los exilios y regresó, y organizó a los trabajadores de la Perkins a despecho de la policía franquista, y fundó Comisiones Obreras, y soportó luego nueve años de cárcel en Carabanchel, y palizas atroces y vejaciones, y miró allí a la muerte de frente sin tambalearse en la época del Proceso 1001, y convirtió a su organización sindical en la más importante del país ya en la transición. Y después siguió siendo él mismo, coherente, anteponiendo la defensa de los derechos de los trabajadores a cualquier cargo, a cualquier comodidad. Y, a pesar de todo, te sonreía, siempre te sonreía como si todo ello y mucho más no fuese apenas nada.

Marcelino Camacho fue un hombre bueno, por supuesto, una figura histórica, desde luego, la más decisiva de la historia del movimiento obrero español y una de las más importantes del movimiento obrero europeo. Esto ya es mucho. Como el poeta Miguel Hernández afirmó de sí mismo, también Marcelino se sintió cada día «en disposición de no dejar solo en sus desgracias a ningún ser humano». Pero, además, se levantó siempre, no hubo ni una sola vez que cayera y no volviera a erguirse, Marcelino, y Josefina, los dos juntos, tan llenos de amor mutuo y henchidos de amor para los demás. ¿Cómo no iban a sonreír?

Publicado en el boletín de CCOO del Ayuntamiento de Leganés

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