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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Opinión

Sentir las cadenas

Ana Moreno Soriano | Diario Ideal de Andalucía / 10 feb 10

“Quien no se mueve, no siente las cadenas”. Lo dijo Rosa Luxemburgo hace un siglo y ésta es la frase que encabeza una información sobre esta dirigente comunista que recibí hace unos días por internet. Rosa Luxemburgo nació en Polonia, en una familia de origen judío, el cinco de marzo de mil ochocientos setenta y uno; empezó a mostrar sus inquietudes revolucionarias siendo apenas una adolescente, mientras estudiaba la enseñanza secundaria en Varsovia y con sólo dieciocho años, tuvo que huir a Suiza para evitar su detención; allí estudió en la Universidad de Zurich, donde coincidió con otros dirigentes socialistas y prosiguió su intensa actividad, fiel siempre a sus ideas marxistas y a la contradicción principal entre capital y trabajo, frente a las ideas nacionalistas y militaristas que anunciaban el escenario de la primera guerra mundial. En mil ochocientos noventa y ocho, obtuvo la nacionalidad alemana al casarse con Gustav Lübeck y se trasladó a Berlín; fue una activa militante del Partido Socialdemócrata Alemán, escribió varios libros y numerosos artículos en periódicos de Alemania y de otros países de Europa, participó en varios Congresos de Partidos Políticos de Europa, entre ellos el Segundo Congreso Socialista Internacional celebrado en Stuttgart, al que presentó una resolución, que fue aprobada, sobre la unidad de todos los partidos obreros europeos para evitar la guerra; fue encarcelada tres veces entre mil novecientos cuatro y mil novecientos seis; enseñó marxismo y economía en el centro de formación del SPD en Berlín. Cuando empezó la primera guerra mundial, en julio de mil novecientos catorce, contó con el apoyo de los representantes socialdemócratas en el Parlamento de Alemania y, para Rosa Luxemburgo, esto supuso el triunfo de las tesis revisionistas a las que se había opuesto en su libro Reforma o revolución en el año mil ochocientos noventa y nueve. En el mes de agosto de ese mismo año, fundó, con Karl Liebknecht, Clara Zetkin y Franz Merhing, el Grupo Internacional que se convertiría, en enero de mil novecientos dieciséis, en la Liga Espartaquista; este grupo mantuvo una intensa labor revolucionaria por la que Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron detenidos y condenados a penas de cárcel, aunque en la prisión siguió escribiendo sus artículos de opinión política, que circulaban clandestinamente y en los que expresaba, por ejemplo, que “la libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente”. Cuando salieron de la cárcel, ella y Liebknecht, se dedicaron a reorganizar la Liga Espartaquista, fundaron el periódico La bandera roja y el trabajo de ambos dirigentes fue decisivo para la creación, el uno de enero de mil novecientos diecinueve, del Partido Comunista de Alemania. En ese mismo mes de enero, los trabajadores habían protagonizado en Berlín distintas movilizaciones que fueron duramente reprimidas. Después de esta derrota, Rosa Luxemburgo escribió su famoso artículo “El orden reina en Berlín” en el que seguía manifestando su esperanza en la revolución y desafiaba a los garantes del orden impuesto con la fuerza de las armas: “¡Estúpidos e insensatos verdugos! No os dais cuenta de que vuestro orden está levantado sobre arena. La revolución se erguirá mañana con su victoria”… La respuesta de aquellos “estúpidos e insensatos” fue apresar a Rosa Luxemburgo, golpearla con las culatas de sus pistolas y dispararle en tiro a quemarropa en el interior del coche donde la habían metido a la fuerza, luego arrojaron su cadáver desde un puente al canal donde permaneció varios meses. Fue un quince de enero de mil novecientos diecinueve; Rosa Luxemburgo tenía cuarenta y ocho años y había vivido la vida intensa de los soñadores y los revolucionarios. Ella, además de revolucionaria, era mujer, extranjera y judía, la Rosa roja de Bertold Brecht que se atrevió a decirles a los pobres la verdad y, por eso, los ricos del mundo la extinguieron. Y es que ella decidió moverse, por eso sintió las cadenas y luchó por romperlas; para otros, mientras tanto, el orden reinaba…

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