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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Opinión

¿Quién controla al capitalismo?

Javier Madrazo Lavín | elcorreodigital.com / 24 nov 09

«El desgaste creciente del PSOE hace imprescindible la apuesta por un socialismo real y una república democrática», sostiene el autor. «El capitalismo necesita un contrapoder fuerte, y éste no es otro que un comunismo igualmente fuerte», asegura
D os acontecimientos tan diferentes como son la celebración del XVIII Congreso Federal del Partido Comunista de España y la conmemoración del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín han coincidido, por cuestiones del azar, en este mes de noviembre, lo que nos permite realizar una reflexión serena sobre el pasado, el presente y el futuro de un modo de entender el mundo vinculado al socialismo y a la igualdad. Son muchas las voces que desde distintos ámbitos dan por superado definitivamente el comunismo y lo hacen siempre desde la defensa numantina del capitalismo y el mercado neoliberal. La derecha ha ganado, en este sentido, la batalla del lenguaje y ha arrebatado a la izquierda sus señas de identidad propias, enarbolando ahora, en un alarde de cinismo, conceptos como libertad o justicia social, que en sus discursos carecen de valor y contenido.
Es cierto que la caída del Muro de Berlín en 1989 abrió grandes expectativas, pero es igualmente cierto que en su mayoría se han visto frustradas. El capitalismo, sin el contrapeso del comunismo, dio la espalda al Estado y consagró el mercado como única verdad; el balance final de todos sus excesos no invita al optimismo: nos encontramos hoy ante una grave crisis económica que trae consigo desempleo, pobreza y exclusión. El comunismo habrá cometido errores, pero también ha sabido reconocerlos. El capitalismo, en cambio, no admite ninguna responsabilidad en la situación actual y carece de propósito de enmienda. Su única obsesión es el beneficio inmediato y sus recetas para hacer frente a la recesión son la flexibilización del mercado laboral, abaratar aún más el despido, contener los salarios, reducir los impuestos a quienes más ganan y, por supuesto, recortar el gasto en protección social.
La historia, en ocasiones, es maniquea, y así ha ocurrido en el caso del comunismo; este término se vincula intencionadamente con dictadura y se obvia toda su tradición en defensa de los ideales de convivencia y superación de las injusticias. En el Estado español, sin ir más lejos, se ha ocultado el papel y la actuación del Partido Comunista en la lucha antifranquista y en la recuperación de la democracia. La ciudadanía en su conjunto, y especialmente las personas de izquierda, tenemos todavía una deuda pendiente con quienes supieron renunciar en la Transición al protagonismo que les correspondía, pensando en el interés general y en la reconciliación como ejes de paz y estabilidad. En nombre del comunismo se han cometido abusos, al igual que el capitalismo ha declarado guerras bajo la coartada de la seguridad, pero en su génesis están la apuesta por el socialismo, la república, la fraternidad y la igualdad.
El poeta Marcos Ana, a punto de cumplir los 90 años, referente en la lucha contra la dictadura franquista, preso durante veintitrés años, resume con estas palabras, aún vigentes, las razones que le llevaron, siendo menor de edad, a identificarse con el ideario comunista: «Mi pecado es terrible: quise llenar de estrellas el corazón del hombre». Sin duda alguna, no hay objetivo más noble. En un contexto en el que la democracia se siente amenazada por la ausencia de valores éticos y morales, lo que provoca, a su vez, desafección y descrédito en la política, el ejemplo de personas como Marcos Ana adquiere mayor notoriedad. Recuerdo que en un encuentro que mantuvimos recientemente me confesaba su fe plena en el comunismo. «A pesar de todo -me dijo entonces- el único camino válido es el socialismo. Necesitamos líderes que trabajen en los barrios, en las fábricas y en las universidades, denunciando el imperialismo y defendiendo nuestra».
No es un camino fácil. El pasado día 9 se dieron cita en la Puerta de Brandemburgo más de treinta líderes mundiales, pero un único discurso para festejar la caída del Muro de Berlín. Barack Obama, a través de un vídeo, aludió a la «lucha contra la tiranía». Angela Merkel aplaudió la «victoria de la libertad» y Sarkozy reclamó para Francia y Alemania «la responsabilidad de garantizar la paz». Por supuesto, ni una sola mención a las intervenciones militares en Irak o Afganistán; y menos aún al hambre en África, al calentamiento global, a la sobreexplotación de los recursos naturales o al drama de millones de familias que en Europa carecen de un empleo en condiciones. Tampoco hubo espacio para recordar que quienes aplauden la desaparición del Muro de Berlín son precisamente quienes levantan nuevos muros en Cisjordania, en la frontera entre Estados Unidos y México o en Ceuta y Melilla para impedir, en este caso, la llegada de inmigrantes no deseados.
En la Puerta de Brandemburgo se habló de democracia, derechos humanos y libertad, pero nada se dijo de Guantánamo, ni de la dramática situación del pueblo saharaui, ni del muro construido por Marruecos para aislar al Frente Polisario. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aprobados en 2000 por Naciones Unidas, quedaron, una vez más, en el olvido. El reto era claro: erradicar para 2015 la pobreza extrema, extender la enseñanza primaria universal, promover la autonomía de la mujer, reducir la mortalidad infantil, combatir el sida y garantizar la sostenibilidad. Nada de todo ello se ha cumplido y el mundo no es hoy un lugar mejor que hace veinte años, ni tampoco más justo. La crisis financiera impide hacer frente a los Objetivos del Milenio, pero no impide, en cambio, invertir en más armamento, con la excusa recurrente de la seguridad.
El XVIII Congreso del Partido Comunista de España ha servido para recordar que esta ideología está aún viva, y esto no es poco en los tiempos que corren. La caída del Muro de Berlín puso fin a una herida abierta tras la Segunda Guerra Mundial, pero, en ningún caso, este hecho se debe interpretar como la desaparición del comunismo. Hay muchas razones para sentirse comunista, y las hay, además, para hacerlo con orgullo. En un momento en el que las formaciones políticas mayoritarias navegan en las turbias aguas de la corrupción, sea enriquecimiento personal o financiación ilegal, el Partido Comunista de España se puede presentar ante la opinión pública con las manos limpias y un programa propio, que recupera la defensa de la rebeldía y la utopía como instrumentos de transformación y palanca de cambio real.
ay razones para el acuerdo en el ámbito de una izquierda plural, que supere la división y el sectarismo, que sólo provocan atomización y debilidad. Es la hora del trabajo compartido entre comunistas, ecosocialistas, feministas, pacifistas, grupos libertarios, movimiento antiglobalización, cristianos de base... Éste es, a mi juicio, el reto que debe abordar el Partido Comunista de España, y lo debe hacer en el seno de Izquierda Unida y desde el respeto a la autonomía de todas las corrientes de progreso, anticapitalistas, socialistas y republicanas, que cohabitan en nuestra sociedad. Recuperar la confianza en una izquierda cohesionada es una prioridad. Izquierda Unida surgió con fuerza en 1986, al calor del rechazo a la OTAN. ¿Por qué no se puede repetir este mismo fenómeno ahora como respuesta a la crisis económica y al giro a la derecha que ha emprendido el Gobierno de Zapatero?
El desgaste creciente del PSOE hace imprescindible en el Estado español la apuesta por un socialismo real y una república democrática. El capitalismo necesita un contrapoder fuerte, y éste no es otro que un comunismo igualmente fuerte. Reivindicar el comunismo no implica nostalgia del pasado, ni añoranza por la antigua URSS. Al contrario, significa futuro, movilización por un mundo más justo. La izquierda tiene que reivindicar la revolución anticapitalista en un trabajo conjunto con las centrales sindicales y agentes sociales. Creo que éste es el camino que emprenderá el Partido Comunista de España después de su último congreso y es posible que la unidad de acción en el seno de Izquierda Unida haga factible la consolidación de una alternativa de progreso, socialista y republicana. Marcos Ana, en la presentación en Bilbao de su autobiografía 'Decidme cómo es un árbol', mostró su confianza en el futuro y afirmó que «serán las ideas del comunismo las que harán posible otro mundo». «Me marcharé sin verlo -precisó- pero pienso que ese día llegará».

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