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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Memoria histórica

Intelectuales para una tumba sin nombre

Constantino Bértolo / Diario Público / 18 oct 08

“Todo régimen que persiga adecuadamente a sus adversarios puede mantenerse en el poder indefinidamente”
Gaetano Mosca

“Intelectualmente fueron unos patanes, incluido Ridruejo. Eran unos incultos de lenguaje grandilocuente sin nada detrás”
Alberto Méndez

Se ha desatado cierta euforia: Garzón va meter en la cárcel al General Franco y algunos pueden caer en el error de sentir o pensar que al fin los militares rebeldes y la santísima trinidad de sus aliados civiles: Falange, Iglesia Católica y Banca, han perdido la Guerra Civil. No, lo que se perdió en los campos de batalla y en las chancillerías europeas no se va a ganar en los juzgados.

De lo que se trata es de lograr que una parte de la memoria colectiva salga de las tumbas del olvido, de la ignorancia, de la falsedad y de la indiferencia. La cuestión es sacar una memoria, la de los perdedores,
de la cárcel y de sentar en las audiencias la memoria, hasta ahora impune, de los vencedores.

Esperanza Aguirre ve esperpéntico que Garzón pida el certificado de defunción de Franco, pero se equivoca porque en gran parte se trata de eso: de saber si el General murió, aunque fuera en la cama, o no murió. Ella lo tendrá claro; muchos no tanto pues al fin y al cabo ahí sigue su presencia: en la misma y hasta ahora intocable pirámide que se erigió a sí mismo en el Valle de los Caídos. No se trata de remover tumbas sino de desagraviar las fosas. Quizá por eso sea conveniente hablar de los epitafios.

Los derrotados se quedaron sin palabras; bajo la tierra anónima de las fosas. Ni derecho a sus nombres les concedieron. A los gloriosos caídos sin embargo no les faltaron los poetas: Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar, Leopoldo Panero, Manuel Machado, Luis Felipe Vivanco, Sánchez Mazas, Luis Rosales, Samuel Ros, Gonzalo Torrente Ballester, Luys Santamarina y la larga y ya famosa ristra de intelectuales falangistas que autores como José Antonio Fortes, Alberto Reig Tapia, Juan Carlos Mainer o Julio Rodríguez Puértolas han estudiado desde sesgos diferentes y para llegar a conclusiones divergentes.

Hay quien propone que desilusionados de la dictadura franquista se arrepintieron de aquellos epitafios sobre los que levantaron sus cátedras, prebendas, patrimonios y tribunas y hay quien no deja de observar que, curiosamente, la oleada de arrepentimientos y redobles de conciencia coincide con la derrota de los fascismos europeos con el consiguiente derrumbe de sus fantasías imperiales.

La vieja cuestión semántica que enfrenta el oportunista cambio de chaqueta con la “normal” evolución ideológica tiene aquí campo propicio para la reflexión o el combate. En cualquier caso, valga afirmar que nunca ninguno de ellos dio muestras del menor arrepentimiento sobre los epitafios que ni escribieron ni dejaron escribir sobre los restos de los derrotados. Y no parece presunción alocada imaginar que para muchos de ellos no debió ser tarea difícil localizar el lugar exacto donde las Arriba escuadras a vencer que en España empieza a amanecer hicieron, con su venia y loa, su criminal trabajo.

Quienes piensan que las Guerra Civil fue sólo eso, una guerra civil entre enfrentadas políticas sobre la gestión de las plusvalías y olvidan que aquella fue también una guerra revolucionaria en la que se combatía por la socialización de esas plusvalías, tienden a pensar que aquella guerra pertenece al pasado. Y que, por lo tanto, en tiempos de esta Europa Una Grande y Libre, si bien es justo y correcto que todas las tumbas cuenten con su correspondiente epitafio, tampoco es cosa de ir más allá. Y con adecentar los callejeros municipales y la estatutaria fascistoide debemos darnos por satisfechos. Pues sería el colmo que, por ejemplo, Garzón obligase a que la Editorial Destino cambiase su preclaro nombre de clara estirpe joseantoniana. Pero el tema no reside en supuestos ánimos de revancha o venganza ni de hacer la lista –aunque la ocasión la pintan calva– de los miles de intelectuales o intelectualillos que en las ciudades y pueblos de la posguerra escribieron sus recompensados silencios cuando no cantos para la siembra de sal sobre los campos de la República. Lo que está en juego es poner nombre al pasado, aunque ese pasado sea una derrota, para poder ser dueños del devenir y del presente.

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