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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Luis de Azcárate

“Mi ilusión era combatir a Franco”

El Universal / 24 mar 08

En Memorias de un republicano, el escritor Luis de Azcárate relata los avatares de su familia durante la Guerra Civil y su exilio en México

Cuando en 1936 estalló la Guerra Civil española, Luis de Azcárate, que tenía 15 años, estaba de vacaciones en casa de sus tíos en Ginebra. Como a tantos españoles, aquel acontecimiento marcó su vida y la de sus padres, un ingeniero militar republicano y un ama de casa.

Tras pasar una temporada en Londres primero y en París después, el joven se reencontró con sus padres en Valencia donde vivieron la Guerra Civil. Finalmente el 8 de febrero de 1939 Azcárate pasó a Francia dando comienzo a un largo exilio que lo llevó luego a México.

En Memorias de un republicano (Taurus), Azcárate relata los avatares de su familia durante la Guerra Civil; sus años en las aulas de la Institución Libre de Enseñanza; su activismo en el Partido Comunista de España (PCE); la amistad de su madre con Tina Modotti; sus veladas poéticas con Pablo Neruda, de quien recuerda “su entonación rítmica y gangosa” cuando leía sus poemas, y la primera vez que vio a María Félix, a la que define como “una mujer despampanante”.

Un libro en el que además de narrar sus avatares, relata los acontecimientos más importantes que ocurrieron durante aquellos años.

Había mucha incertidumbre. Yo me quedé en Suiza pero un año después fui a Madrid, y me impactó mucho la barbarie que vi. Los bombardeos sobre la Gran Vía eran tan intensos que la llamaban la “Avenida del siete y medio” o del “Diez” porque esos eran los calibres de los obuses que caían. También me llamó mucho la atención el humor de los madrileños que pese a la escasez de comida, tenían ánimo para cantar estribillos como “con las bombas que tiran los aviones, se hacen las madrileñas tirabuzones”. Pero sobre todo la gran injusticia de países como Francia e Inglaterra que abandonaron a la República española y permitieran el apoyo de Hitler y Mussolini al Frente Popular.

Sentí refeo. El ejército español no tenía medios para combatir. Había pocos aviones, los fusiles escaseaban, casi no había cañones ni tanques. Por eso perdimos la guerra.

Porque mi padre no me dejó, así que me dediqué a dar clases a adultos y a cuidar niños. Por supuesto mi compromiso en la lucha contra el franquismo aumentó, e ingresé en la Juventud Socialista Unificada y más tarde, y siguiendo el ejemplo de mi madre, en el Partido Comunista de España (PCE).

Porque allí había una empresa que necesitaba ingenieros y donde mi padre podía trabajar. Además, a México fueron también algunos amigos republicanos de mis padres. Por eso al principio no se mezclaron mucho con la vida mexicana sino con sus amigos de España.

Sí, salimos a México en el barco De Grasse y tras ser escoltados durante tres días por barcos de guerra, continuamos solos nuestra travesía a Nueva York. Una mañana, cuando vimos los rascacielos y la Estatua de la Libertad, sentí una gran emoción. En tierra había un gran despliegue policial esperándonos. Nos llevaron a la estación y nos metieron en un tren. La mañana del 29 de febrero de 1940, que fue un año bisiesto, llegamos a la estación de Buenavista. Recuerdo que el escritor Emilio Prados, que era muy zote para los idiomas, se puso muy contento de ir a México porque hablaban castellano. Pero al llegar a la estación de Buenavista, cuando fue a agarrar un taxi, dejó las maletas en la acera y uno que lo vio le gritó: “Oígame joven, no me deje las petacas en la banqueta que se las van a volar”. Y él que era andaluz, dijo, “¿pero dónde estoy? No entiendo nada de lo que me dice”.

Un país corrupto e inseguro. Y era normal porque el salario que recibían los guardias era bajísimo y necesitaban tener mordida. Eso al nivel más bajo. Y a otros niveles lo que le pasó a mi padre refleja lo que era el país. Presentó un proyecto de la carretera latinoamericana al general Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente, y le dijeron que estaba muy bien pero que si quería que se lo encargaran debía pagar medio millón de pesos. Él era un corrupto conocidísimo. Mi padre se quedó atónito.

Los primeros años los recuerdo de mucha actividad y muy tiernos, muy familiares, muy unido a mis padres y a mis compañeros de clase y de actividad del Politécnico. Yo estudiaba y trabajaba en lo que podía hasta que entré en la Comisión Federal de Electricidad. Y aunque me integré, estaba obsesionado con regresar a España para participar en la lucha antifranquista. Cada Navidad pensábamos que en las siguientes tomaríamos las uvas en la Puerta del Sol. Hasta que en la ONU se manifestó claramente que las potencias democráticas no iban a apoyar al gobierno de la República. En ese momento la gente se dio cuenta de que el regreso iba a tardar y se dedicó a buscar su porvenir en México y a arraigarse más de lo que estaban.

Podía haberme quedado porque trabajaba en la Comisión Federal de Electricidad y tenía un porvenir asegurado. Pero mi ilusión era incorporarme a la actividad en la lucha contra el franquismo. El motivo básico de mi vida.

La verdad es que no me lo creí y tuve la sensación de que iba a resucitar porque a cada rato resucitaba. Luego lo celebré con una buena fiesta. No me agarré un buen pedo, pero estuve a punto.

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