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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Venezuela

Venezuela, Orwell y el PAÍS

Ricardo Rodríguez / 28 ago 07

Quienes leemos diariamente su periódico sabemos que la ira les hace perder a ustedes todo rastro de objetividad cuando tratan de Venezuela y del gobierno de Hugo Chávez y les lleva a adoptar un tono de propaganda pura y dura. También sabemos que en su periódico está estrictamente censurada cualquier opinión, no ya favorable al gobierno bolivariano, sino que simplemente no sea de una oposición salvaje y sin matices a él.

Pero en su editorial titulado «Chávez supremo», publicado el pasado 20 de agosto, el lenguaje orwelliano y la más nauseabunda manipulación ha alcanzado el paroxismo. No cuesta imaginarse al autor del mismo con un cuchillo entre los dientes y la cabeza ardiendo de cólera mientras redactaba el panfleto.

Como gozamos de las vacaciones estivales, me invade la buena voluntad y no voy a pensar que su rabia procede fundamentalmente de los intereses económicos que el Grupo Prisa tiene en América Latina, de manera más concreta sus lazos con la estación Cisneros, de conocida reputación golpista, sino que me tomaré la molestia de analizar algunos de los párrafos.

El mismo inicio del editorial es de los que tiran de espaldas. «Hugo Chávez –dicen ustedes- nos tiene acostumbrados desde que llegó al poder hace nueve años a una política demagógica, populista y dirigista que dista mucho de lo que se espera debe ser un gobernante moderno, liberado de doctrinas marxistas superadas o de viejos iconos como Fidel Castro».

¡Viva la imparcialidad periodística! ¡Tres adjetivos peyorativos para empezar sin ni un solo dato que los sostengan! Con el mismo derecho, en realidad con mucho más derecho, sus lectores podríamos decir de su periódico que «El País nos tiene acostumbrados desde que existe a una línea editorial estúpida, zafia y llena de mentiras». Y, naturalmente, un gobernante «moderno» se tiene que liberar de las doctrinas marxistas, ha de ser fiel y obsecuente discípulo de las doctrinas neoliberales de la Escuela de Chicago, sobre todo tratándose de un gobernante de América Latina, cuyos recursos naturales son convenientemente esquilmados por nuestras multinacionales. Faltaría más, esto es verdad revelada por Dios en las alturas y el Pentágono en las bajuras.

Reconocen ustedes, no sin pesar, que Hugo Chávez llegó a la presidencia por el voto de la ciudadanía. Omiten el dato que pudiera interesar a sus lectores de que es el presidente más veces refrendado democráticamente por sus conciudadanos en menos tiempo del mundo. E insisten en referirse a él como «ex militar golpista», cuando no he leído nunca que aludan a Bush como antiguo borracho o al presidente de Afganistán como ex funcionario de empresa petrolífera. Con todo, la elección democrática para ustedes es nada porque Hugo Chávez con la reforma que quiere emprender de la actual Constitución «pretende pura y simplemente perpetuarse en el poder al permitir su reelección presidencial de forma indefinida».

¿Por qué no ofrecen ustedes todos los datos?
¿Por qué no reparan en hechos que todo el mundo conoce, como que en España no existe límite para la presentación de una persona como candidato a la presidencia del gobierno o que, aún peor, en España la jefatura del Estado ni siquiera se elige, es hereditaria? ¿Por qué la no existencia de límites al mandato de un presidente del gobierno en España no supone ningún atentado contra la democracia y en Venezuela lo mismo para el presidente de la República es el camino directo a la tiranía? ¿De dónde, aparte de la bilis que les ahoga, extraen ustedes sus conclusiones políticas? ¿Cuándo ha hecho El País campaña en pro de la limitación de mandatos en España?

Pero dicen ustedes más. Añaden que para la aprobación de su reforma Chávez «juega con las cartas marcadas». Y aquí es donde el editorial comienza a resultar cómico y a producir vergüenza ajena. En síntesis, el truco del presidente venezolano viene a ser que la reforma ¡será apoyada por el Parlamento y por la población mayoritariamente! Como la conclusión es cuando menos ridícula han de adornarla ustedes con unas cuantas tergiversaciones de las de antología. A saber:

En la Asamblea Nacional el apoyo a la reforma se debe a que «la oposición no cuenta con representación alguna porque boicoteó los últimos comicios legislativos». Ésta es de traca, de verdad, les felicito. O sea que Hugo Chávez hace trampa porque la oposición boicoteó las elecciones. ¿No sería más acertado decir que la oposición, al boicotear unas elecciones reconocidas como democráticas y limpias por todos los observadores internacionales, estaba tratando de desestabilizar el Estado para impedir, entre otras cosas, cualquier tipo de reforma y crear una situación propicia a un nuevo intento de golpe de Estado? ¿No será la oposición que boicotea elecciones democráticas la que quiere jugar con cartas marcadas? Una oposición a la que su editorial nunca llama golpista, a pesar de la intentona bien reciente de 2002, en la que, en apenas dos días, se dictaron las muy democráticas disposiciones de detener al presidente legítimo, destituir a los gobernadores elegidos por la población, disolver el Parlamento y abolir una Constitución votada en referéndum. Claro que, dada la información, o mejor desinformación interesada, ofrecida en su día por su periódico sobre los sucesos de abril de 2002, y su nada velada simpatía por los golpistas, tampoco se les puede exigir demasiado. Nada extraña que se enfurecieran ustedes más que el mismísimo PP y sus medios afines por las revelaciones de la implicación del gobierno español en el golpe que hizo el ministro Moratinos en TVE. La verdad descarnada les podía dejar, a ustedes también, como suele decirse, con el culo al aire.

El segundo truco, o motivo por el que las cartas de Hugo Chávez están marcadas, a juicio de ustedes, es el apoyo mayoritario de la población. «Gracias a los ingresos del petróleo, el aumento del gasto público (Chávez pretende ahora acabar con la autonomía del banco central) y la mordaza de quienes osan criticar el chavismo, en primer término, los medios de comunicación críticos con su gestión». Y acaban refiriéndose, por supuesto, a la no renovación de la licencia para emitir en abierto a Radio Caracas Televisión. No me detendré en el asunto del banco central, porque resultaría prolijo explicar la razón por la que muchos pensamos que la autonomía de los bancos centrales de la representación política elegida por la ciudadanía es profundamente antidemocrática. Tampoco en lo de los medios de comunicación. Aún me causa estupor que no se entienda que un gobierno no renueve la licencia a un medio que respaldó un golpe de Estado sin pudor alguno (todos los datos los tienen en el excelente trabajo de Richard Gott «Hugo Chávez y la revolución bolivariana»). El hecho indiscutible es que en Venezuela más del ochenta por ciento de los medios de comunicación están en manos privadas y son hostiles al gobierno de Chávez, es decir, que la realidad es justo al revés de como ustedes quieren hacerla ver.

Pero lo más grotesco y lo más triste es la insidiosa afirmación de que Chávez tiene en la práctica engatusada a la población por «los ingresos del petróleo» y «el aumento del gasto público». Por lo visto lo prudente y moderno es usar la riqueza petrolífera del país para seguir engordando los bolsillos de las multinacionales a costa de la miseria generalizada de la población. Chávez, en cambio, es tan malvado que quiere ganarse a sus conciudadanos con un ambicioso plan de alfabetización, con un sistema de educación pública y universal o garantizando a todos, incluso a los más humildes, la asistencia sanitaria. Y los venezolanos son tan serviles que votan al gobernante que les ofrece educación y sanidad gratuitas y de calidad y no a aquellos otros estadistas de altas miras que les expolian para enriquecerse y entregar toda la riqueza nacional a empresas foráneas. Qué raritos son los venezolanos y qué poco civilizados que no se conforman con el hambre y el analfabetismo de los tiempos modernos que hemos preparado para ellos. Mire usted qué pena.

Para finalizar, en el último párrafo de su editorial desnudan ustedes su alma, y sus tripas. Porque, siendo terrible cuanto hasta ahora nos han dicho de la reforma constitucional que promueve el gobierno venezolano, y siendo «inquietante» (¿para quién?) que Hugo Chávez continúe en el palacio de Miraflores, hay artículos mucho más terribles, nos aseguran ustedes, artículos «que debilitan las propias instituciones del Estado y contemplan una nueva organización social, económica y territorial con innegable tufillo castrista». ¿Qué será esto tan horrible? Tras la retórica apocalíptica nos lo descubren, con un ejemplo: «la creación de consejos comunales, obreros, estudiantes y campesinos a los que se les otorgará poder constitucional y que podrían cercenar el de los ayuntamientos». El editorial no entra en más detalles, pero es suficiente. Ay, amigo, hasta aquí podíamos llegar, que el pueblo llano aspire a participar en la organización del Estado, que la gente humilde de los barrios, los trabajadores, los estudiantes y los campesinos tengan la capacidad de decidir en asambleas populares cómo ordenar su vida. No, señor, la gente de abajo ha de aprender de una vez por todas que se les pide que voten cada cuatro años para que elijan al dictador que les va a robar los cuatro años siguientes. Eso es lo moderno. Capacidad de decisión del pueblo, qué antigualla.

Nada sorprende, pues, que al cabo ustedes acierten a expresar lo que más les aterroriza de toda la reforma: la idea de replantearse la propiedad privada. Ni siquiera se habla de la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio. Sólo de replanteársela. Ni eso ha de ser permitido a un gobierno elegido por abrumadora mayoría.

Está meridianamente claro, señores, que confunden ustedes la democracia con sus negocios. Y, siendo así, continúen callando ante golpes de Estado en América Latina y alabando a gobiernos «modernos» que alientan escuadrones de la muerte, pero tengan al menos la decencia de llamar a las cosas por su nombre.

Un saludo.

PD.- Como sé que mi opinión es de las que para su periódico sencillamente no existen y en ningún caso sería merecedora de la publicación, no me ha preocupado por no superar la extensión máxima.

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