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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Elecciones 27 mayo

Izquierda Unida a través del espejo

Ricardo Rodriguez | larepublica.es / 29 may 07

No voy a hacer ningún análisis de los resultados de las elecciones municipales y autonómicas de ayer. Y no porque haya transcurrido aún demasiado poco tiempo y deba esperar a disponer de mejor perspectiva para entender las cosas. Ni yo soy tan prudente, ni acostumbran a serlo tampoco, por lo que he visto desde que estos asuntos me importan, los dirigentes de los partidos políticos. Ellos como mucho esperan que el tiempo tape sus vergüenzas. En mi caso, se trata simplemente de que los análisis electorales que en este país gastan políticos y comentaristas me traen cada día más al fresco.

Yo sólo voy a hablar de Izquierda Unida, porque por convicción política y por filiación es su resultado el que más me preocupa, para qué negarlo. Y porque soy de los muchos que soñaron, hace dos décadas, que Izquierda Unida podría encarnar el renacer de las aspiraciones de justicia de los trabajadores, el desentumecimiento de la ciudadanía crítica y una especie de despertar de la voluntad colectiva en medio de la mezquindad reinante. Lo digo sin sombra de exageración ni de retórica.

Pues va siendo ya hora de que saldemos cuentas con nuestros espejismos. Puede que incluso lleguemos tarde.

De todas las declaraciones de los dirigentes políticos en la noche electoral, la de Gaspar Llamazares es la que más me entristeció, la que más me estremeció y, de paso, la que más me indignó.

De los demás poco esperaba. No me refiero a la angustiosa perplejidad de la izquierda frente al empuje de la derecha que resultó demoledor en Madrid. De esto diré algo más otro día. Me refiero al tedioso desfile de responsables políticos por las tribunas de sus salas de prensa para declarar solemnemente que su partido ha sido el triunfador de la jornada. La gente ya sabe que es eso lo que los políticos van a decir, y los políticos saben que la gente lo sabe y que no les va a creer. Es una suerte de ceremonia, cargante e hipócrita, pero una ceremonia al fin. El secreto es manejar unas cuantas cifras para alcanzar la conclusión que uno tiene decidida de antemano. Luego, en el interior de la apabullante maquinaria de los partidos, cada bandería intentará cobrarse viejas o nuevas deudas a costa del fracaso de los demás. Es un juego conocido.

Tampoco es que del coordinador general de Izquierda Unida esperase algo muy diferente. Uno acumula demasiados desengaños como para ser tan ingenuo. Pero hasta la estupidez tiene un límite. Anoche Gaspar Llamazares daba la patética impresión de que aseguraba lo de que su formación había cumplido sus objetivos como un conjuro que uno repite una y otra vez para convencerse a sí mismo y ahuyentar el desasosiego espiritual.

Pero lo peor vino después, cuando se nos explicó cuál era el objetivo cumplido. Resulta que Izquierda Unida va a disponer de mayor «presencia institucional» y que en muchos lugares va a ser una fuerza «determinante» para «desempatar» a favor de la izquierda. O sea que en muchos lugares vamos a propiciar que sea el PSOE quien gobierne con nuestro respaldo, y vamos a lograr a cambio entrar en gobiernos municipales y hasta autonómicos, vamos a obtener el premio de nuestros correspondientes cargos, que es a lo que Gaspar Llamazares llama «presencia institucional», porque lo de tener casi doscientos concejales menos seguramente no contará. O sea que el gran logro de Izquierda Unida es que va a poder hacer que otro partido político gobierne en muchos sitios. Su ser en otro y su alma en el cielo. ¿De verdad cree Gaspar Llamazares que la ciudadanía es tan imbécil?

Algunos tendrían que tomarse la molestia de hacer memoria, y no sólo Gaspar Llamazares, sino muchos más. Deberían acordarse de cuando se burlaban henchidos de suficiencia de Julio Anguita porque aseguraba que Izquierda Unida había de colocarse en la orilla opuesta a todas las organizaciones que aceptaban el capitalismo, participaban de su corrupción o, en el mejor de los casos, se conformaban con gestionar de forma más o menos eficaz sus miserias. Era la época en la que el grupo Prisa intentaba despellejarlo un día sí y otro también, la época en la que tras cada declaración de Julio Anguita se sucedía una tormenta de histéricas intervenciones de dirigentes de la propia Izquierda Unida llevándole la contraria, la época de la mentira de la «pinza» con el PP. Era la época en la que los más ilustres personajes de la organización se llevaban las manos a la cabeza y advertían alarmados que ese cordobés enajenado nos conducía al desastre. Y el desastre eran más de dos millones y medio de votos, mil quinientos concejales más de los que se tendrán ahora y más de veinte diputados en el Congreso, amén de disponer de verdadera «presencia institucional» en todo el territorio del Estado. Luego vinieron la sensatez y los dirigentes sensatos a arreglar el entuerto. El objetivo era ocupar el mayor número posible de cargos en gobiernos municipales y autonómicos, porque había que ser pragmáticos, evitar toda crítica severa al PSOE y sobre todo no revolverse demasiado. Y ya se sabe cómo nos luce el pelo con tanta sensatez desde entonces. De seguir por este camino cualquiera nos podría sugerir que colgarse con una soga de la rama de una higuera es más rápido y menos doloroso.

Las organizaciones del sur de la Comunidad de Madrid fueron pioneras en romper el espinazo de la estrategia general que trataba de dirigir Julio Anguita, precisamente. A partir de las elecciones municipales de 1995, se organizaron pactos de gobierno con los socialistas en todas las grandes ciudades del sur en que se tuvo ocasión de hacerlo, sin prestarle nunca demasiada atención a los programas, fuera de para cubrir el expediente de negociaciones que en realidad no fueron otra cosa que un infame reparto de cargos y prebendas. Muchos ediles de Izquierda Unida asaltaron entusiasmados las empresas municipales de suelo y de vivienda y las concejalías de urbanismo y se empozaron sin rubor hasta las orejas en el exorbitante tinglado inmobiliario de la región. Qué pragmáticos nos volvimos entonces, ¿verdad? Sí, señor. Y el fin del viaje está a la vista. Móstoles en manos de una mayoría absoluta del PP imbatible en mucho tiempo, el grupo de Izquierda Unida que se desploma en Leganés y en Getafe y en otros lugares rozamos la desaparición. El sur de Madrid es el mejor experimento de los objetivos cumplidos de Gaspar Llamazares. Una zona de abrumadora mayoría social de la clase trabajadora en la que Izquierda Unida se hunde y la izquierda en general declina a marchas forzadas.

Pero ni Gaspar Llamazares ni nadie de su equipo está en condiciones de extraer ninguna conclusión inteligente de lo que sucede. No las extraerán de lo ocurrido en Madrid, como no lo harán del desastre de Córdoba, ni de la catástrofe de las alianzas con grupos nacionalistas en el norte de España, ni de la desaparición en Extremadura y en Valencia capital, ni siquiera del hecho de que, en contraste con la tónica general, en Seseña se haya subido hasta casi la mayoría absoluta (¿por qué será que eso sucede donde el alcalde de la organización se enfrenta a la mafia del ladrillo y a sus mercenarios políticos, sin importarle que éstos sean del PSOE?) o que en Oviedo el grupo de concejales que fue fulminantemente expulsado haya obtenido representación institucional con una candidatura nueva. Seguirán eludiendo la tragedia de que Izquierda Unida no alcance representación parlamentaria ni en un puñado de comunidades autónomas, la tragedia de una organización que nada tiene ya que ver con las inquietudes que expresan movimientos sociales como el que reclama el derecho a una vivienda digna, la tragedia de la desafección creciente de la ciudadanía de izquierdas. La pervivencia política, y no sólo política, del equipo de Llamazares y de quienes lo sustentan depende de que persistan en la orientación que su base social desprecia de manera clamorosa.

Ahora bien, la multitud de militantes de Izquierda Unida que desde hace años presencian la corrosión con estupor y rabia no puede seguir esperando indefinidamente. Sobre todo no puede esperar un grupo muy importante de sus militantes, los comunistas. Éstos y su partido político propio tendrían que preguntarse ya si este barco a la deriva alcanzará algún puerto y si, de no producirse un improbable golpe de timón, radical y decisivo, tiene sentido que continúen subidos en él.

Tomar una grave decisión, tras la meditación y la discusión que se precisen, entraña sus riesgos, desde luego, incluido el de precipitarse en el abismo. Pero no tomar ninguna es tener el abismo garantizado.

Y queda poco, muy poco tiempo.

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