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“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una.
Retrato, Antonio Machado

Muere el juez Joaquín Navarro

Joaquín Navarro y los enanos

Ricardo Rodríguez | La República / 30 abr 07

Ayer murió Joaquín Navarro, un hombre libre, honesto y justo, en el sentido más profundo de todas las palabras, y además, juez.

Me he enterado de la atroz noticia esta mañana, y he arrastrado la amargura, durante todo el día, hasta la noche. Ahora hojeo los tres libros que me dedicó, y recuerdo cada vez que nos encontramos, en cenas republicanas, en actos públicos, en algún que otro café madrileño. Cada vez que conversamos, cada vez que le escuché. Y todas las veces, cada minuto que estuve con él, aprendí como con casi nadie lo he hecho a lo largo de mi vida.

Pero era un hombre libre, antes que nada, un hombre libre, y la libertad de conciencia, cuando de verdad se ejerce, como siempre lo hizo Joaquín, levanta una polvareda de odio animal y pánico entre los enanos mentales que asientan su poder miserable en la servidumbre. Siempre quisieron hacérselo pagar; lo cierto es que en un alto grado lo consiguieron, sobre todo aquellos políticos que, según dice mi buen amigo Fernando que decía Nietzsche, dividen a los seres humanos en enemigos e instrumentos.

La cosa es que Joaquín Navarro jamás miraba a lo alto ni imploraba la bendición de ningún poder ni de ninguna bandería ni de ningún burócrata antes de decir lo que pensaba. Y lo decía, con esa pavorosa facilidad suya para hilvanar espontáneamente los pensamientos en una totalidad coherente y cargada de aplastantes, de abrumadoras razones. Uno se estremecía dándose cuenta de la sencillez con la que podía desenmascarar la corrupción y la inanidad de la judicatura española, sumisa hasta la náusea ante los poderes que realmente ordenan nuestras vidas, a la luz del día o en la oscuridad. Mayormente en la penumbra, porque los poderes que cuentan –y eso lo sabía y lo desveló Joaquín como nadie- no son los que votan los ciudadanos cada cuatro años.

No le podían perdonar semejante audacia. Aquí solamente ostentan el privilegio de opinar los protegidos de uno u otro padrino. Y, naturalmente, han de opinar poco más o menos lo que el padrino les dicte. Incluso se puede aparentar la discrepancia, pero dentro de un orden, sin salirse del redil. Y Joaquín Navarro se salía del redil a cada paso. Era, pues, un mal ejemplo: un juez que habla con plena libertad y además cree en la justicia, lo que por supuesto le hacía desconfiar de la corte y despreciar a los comparsas. Lo dicho, mal asunto.

Y se aplicaron concienzudamente a castigarlo. Fue objeto de persecución, de denuncias sin fundamento, de expedientes disciplinarios. Se intentó, con despiadada perseverancia, expulsarlo de la carrera judicial. Y él continuó hablando, alto y claro.

Pero sobre todo se le quiso someter a un implacable ostracismo. Cualquier otro juez que haya escrito un mediocre ensayo de medio centenar de páginas repitiendo como un papagayo trilladas simplezas ha merecido el reconocimiento de instituciones y de la prensa más o menos especializada. Se le cita en monografías universitarias, se le entrevista y hasta se le conceden reconocimientos oficiales si sabe venderse en los despachos adecuados. Joaquín Navarro escribió muchos y valientes libros, infinidad de artículos, fue senador de Cortes Constituyentes, diputado, miembro destacado de Jueces para la Democracia. Era una persona de una cultura inagotable y de una inteligencia excepcional. Pero siempre se le dejó de lado; daba miedo; era demasiado independiente y poco previsible. O mejor, le dejaron de lado los grandes medios de comunicación y quienes los pagan y quienes lustran las botas a los que pagan. Porque miles de ciudadanos de a pie le escuchábamos y lo llegamos a admirar y a querer. Su corazón rondaba por las calles, no se apolillaba entre togas y puñetas.

Y ayer murió y de nuevo se ha tejido el infame y ominoso silencio en torno a él. Los enanos que quieren regir o aquilatar nuestra existencia y a los que irritaba con la mera fuerza de su palabra no pueden ni siquiera dedicarle unas frases de recuerdo. Aunque sólo sea como reconocimiento de la talla del adversario. No atesoran ni una mota de generosidad en sus conciencias. No importa; así es preferible. Para quienes lo conocimos, Joaquín continuará agigantándose en la memoria, el mismo Joaquín de siempre, fiel a la divisa que colocó como subtítulo de su libro «Palacio de injusticia»:

«Sin esperanza y sin miedo»

Lo intentaremos, Joaquín. Gracias infinitas por haber vivido.

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