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Entrevista a Juan Diego, Actor / 1º parte


"Siempre estaba recogiendo firmas contra la muerte, sí, pero yo no era el único"

Pocas presentaciones necesita Juan Diego para los lectores de Mundo Obrero. Juan el luchador de todas las causas, el militante que un día tuvo carnet y por razones que hoy cuesta entender otro día dejó de tenerlo, el amigo, el compañero, ese inmenso actor que ha regalado a la escena española un puñado de personajes inolvidables no siempre suficientemente valorado, el legado profesional de uno de los grandes.

Recibía Juan Diego el Premio Homenaje Juan Antonio Bardem '06 en el marco de la Fiesta del PCE; unos días más tarde la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián, por su excelente interpretación en "Vete de mí", la película de Víctor García León; y poco más tarde remataba una interminable serie de premios, homenajes y galardones de todos los tamaños, relieves e importancias, al recibir directamente de manos del Rey la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2006. Digo interminable, porque le ha llevado en un peregrinaje aún inacabado cuando redacto estas líneas a recorrer de acá para allá toda nuestra geografía. Cuando realizábamos esta entrevista el mes pasado, con la intención de hablar de todo lo divino y lo humano, pero especialmente de su oficio, que él prefiere llamar intérprete antes que actor, era obligado comenzar por esta epidemia de alabanzas y reconocimientos. Y tuve la profunda convicción de que, pese a las emociones que a la fuerza ha tenido que experimentar, y bien que lo hemos visto en televisión, Juan era sincero al tomar distancia frente a tanta bienaventuranza.

Juan Carlos Rivas / dic 06

J.C.R.: Tiempo de muchos premios, Juan. Ahora que parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para dártelos a ti todos, ¿qué opinas tú de ellos?
J.D.:
Los premios son unas casualidades, una cosa que te dan pero que no te corresponde. Por ejemplo en los Goya, o en los… eso de los americanos, ¿cómo se llaman? los Oscar: yo voto en los Goya a muchos trabajos que ni siquiera aparecen entre los cuatro finalistas. De manera que es una suerte, un premio siempre es una injusticia. Pues porque no te lo mereces; te lo mereces "aproximadamente". Por ejemplo, lo que sí que es irrefutable es un Premio Nobel que demuestra tal o cual teoría, que se cuantifica y es objetivable. Y un premio siempre es muy subjetivo.

J.C.R.: ¿Pero a ti no te emocionan?
J.D.:
Sí, a mí me emocionan. Me emociona éste porque habla de lo que yo soy, habla de lo que siento, de lo que amo, de lo que sufro, por lo que vivo, desde donde peleo, de la sociedad en la que vivo, en la que alzo la voz, en la que me humillan, en la que me denigran… y ésa es la condición del actor, del comediante, ¿no? Estoy hablando de aquellos que empezaron conmigo y se quedaron ahí tirados porque no tuvieron más tiempo y ése es el personaje que yo hago en "Vete de mí". Es ese no secundario de oro, ese actor que nunca llegó, ni sus sueños cuajaron nunca, ni siquiera le rozaron. Y estoy hablando de un padre confrontado a una nueva generación de jóvenes que está ahí. Evidentemente que está ahí, que Lavapiés ya se ha convertido en una milla de oro el metro cuadrado y que en la Comunidad de Madrid todo es carísimo y que en las costas se están levantando hasta las entrañas de los abuelos y las abuelas a ver cómo encuentra un nido la gente que vive… y a mí eso me emociona muchísimo; estamos hablando del actor ciudadano.

J.C.R.: En "El viaje a ninguna parte" tu personaje dice una frase que aproximadamente reza así: "antes a los cómicos nos perseguían y nos apedreaban, ahora a algunos incluso les dan premios"…
J.D.:
Sí, o te llaman terrorista, como nos llamaban Aznar y el PP cuando dijimos el No a la guerra. E incluso algún eximio socialista.

J.C.R.: De los dos Goya que has recibido, uno fue por un personaje "enemigo" (el inquisidor de "El Rey pasmado") y el otro por un personaje "amigo" (el anarquista hedonista de "París Tombuctú"). ¿Qué importancia tienen para ti esos dos premios?
J.D.:
Pues hombre, me los dio la profesión… En el primero, porque era un trabajo que estaba medianamente bien, el del Rey pasmado, y porque bueno, los otros trabajos andaban por ahí y se decantó hacia mí. Y el segundo me lo dieron porque salía desnudo. Y a mí eso me pareció muy bien, porque las compañeras salen desnudas cada dos por tres y les obligan por exigencias del guión. Me gustaba a mí revivir en mi piel cálida, íntima y natural como la de cualquier compañera saber qué se siente en pelotas, delante de una pandilla de capullos; que son los espectadores, claro.

J.C.R.: ¿Sólo por eso te dieron el Goya?
J.D.:
Sí, yo creo que sí. Hombre no recuerdo los demás trabajos, pero yo creo que las compañeras dijeron "ole tus cojones, coño, que está muy bien". Además es tremendo que siempre tienen que salir desnudas las mujeres; pocos tíos salimos desnudos en las películas. Y además vemos que esa cara se tiene que renovar inmediatamente para que el talento desaparezca y quede ese perfume de la eterna juventud, ese accidente que es ser joven.

J.C.R.: En muy poco tiempo te he visto recibir un premio pequeñito -y te he visto muy emocionado- en la Fiesta del PCE y luego te he visto de manos del Rey recibir un premio gordo…
J.D.:
Un premio gordo es la Lotería de Navidad, no jodamos.

J.C.R.: Y yo me preguntaba ¿qué cara pone un republicano cuando es el Rey quien le está entregando ese premio?
J.D.:
Pues, hombre, la cara de alguien que recibe un premio de Su Majestad el ciudadano Juan Carlos, que es un premio de cortesía, de reconocimiento. ¿Qué cara vas a poner? Pues muchísimas gracias, y además él te lo facilita mucho: ¿qué tal estás? Pues muy bien ¿y usted? Y dice, pues ahí vamos… y luego te cuenta, oye que yo te veo, y yo digo, yo a usted también. ¿Y cómo es que me ves? Digo, claro, cada vez que cambio una moneda, como antes te veía, je, je. Pues ahí andamos. Yo creo que es el momento de poner la cara de las buenas maneras, de la educación, del reencontrarse y de que hay que reconocer el trabajo de cada uno; como hay que reconocer el trabajo de los muertos que se han quedado en la cuneta. No es asunto de decir a mí usted no me dé nada. ¿Con qué derecho? Seamos sensatos.
¿Te hubiera gustado otra respuesta? No, ¿verdad? Ja ja ja ja (gran carcajada).

J.C.R.: Yo hago las preguntas.
J.D.:
Bueno, ya, pero permíteme esta boutade…

J.C.R.: A lo que iba, Juan, en la Fiesta del PCE, como decía antes, te vi muy emocionado y supongo que una razón, entre otras, sería que el Premio-homenaje llevaba el nombre de Juan Antonio Bardem.
J.D.:
Sí. Hombre, había una desmesura absoluta de compañeros míos en sus elogios a mi figura (se refiere a un documental, "Circuitos Diego", realizado ex profeso por Alberto Leal y producido por la Fundación Rosa Luxemburgo, en el que muchos nombres conocidos de la escena española hablaban y contaban anécdotas de su buen amigo). Incluso me parecía que había una manipulación del realizador, que podía haber encontrado a alguien que estuviera en contra de mí, o no tan a favor. Yo le decía a Alberto Leal, tío, coño, déjame verlo; no, no, lo ves en la Fiesta. Es que si toda esta gente que has llamado habla de mí, esto va a ser un suflé, una cosa estupenda. Total, que a mí me emocionó muchísimo. Que hablen bien de uno da igual, pero que hablen de una verdad que uno reconoce, pese a las exageraciones, pues no deja de emocionarte. Me sobrepasó un poco, la verdad.

J.C.R.: En ese trabajo alguien recordaba que en el pasado a ti te llamaban "Juan pliego".
J.D.:
Sí, porque llevaba papeles en la revista Triunfo, los abajo firmantes protestan contra la pena de muerte de… desde el proceso de Burgos, hasta los últimos fusilamientos o Puig Antich; siempre estaba recogiendo firmas contra la muerte o a favor de las libertades, etc, sí. Sí, pero yo no era el único, lo hemos hecho muchos en España, que desde luego son quienes ayudaron a traer las libertades para poder disfrutar de esta libertad, de la democracia burguesa.

J.C.R.: Son muchos los compañeros que reconocen que la profesión le debe mucho a tu valentía, a tu activismo, a tu honradez.
J.D.:
Pero hay que tirar de nombres, de Margallo, de Gloria Berrocal, de Julia Peña, de Ernesto, de Casares, de Nicolás, de tantos y tantos, si los nombro a todos no paro nunca. Lo que pasa es que quizá yo era el más conocido y tiré hacia delante; pero también estaba la Velasco, que nos plantamos en un teatro en pro del día de descanso, y fue tal vez el principio del movimiento. Y muchos más que ya están muertos. En definitiva, uno es un superviviente de los que hicimos aquel trabajo, en el sentido de que vives y sigues existiendo en la profesión, que es al revés que en la sociedad, que en vez de matar al padre, quieren adorarlo. Los Echanove, los Imanol, los Bardem, o yo qué sé o Botto, o el otro, o la otra, dicen "papá está bien, está lúcido". Como decía Imanol: "hay que agradecerle a papá que no haya que llevarle en un carrito y siempre nos esté dando lecciones y tobas".

 

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