Amnistía Internacional
ha denunciado maltratos en centros de menores (centros
terapéuticos, no de reforma). Según el informe de
Amnistía los niños y niñas internados por trastornos de
conducta y dificultad social «pueden ser víctimas de
abusos, aislamiento o medicación forzada». El estudio se
centra en la Comunidad de Madrid, Cataluña y Andalucía,
que concentran el 55% de este tipo de centros, y está
basado en 170 entrevistas a jóvenes, familiares,
educadores, psicólogas y personal sanitario de más de la
mitad de las 58 instituciones de este tipo.
No es la primera vez que estas instalaciones aparecen
retratadas en estos términos. El informe del Defensor
del Pueblo, difundido en febrero de 2009, denunciaba los
abusos, la práctica arbitraria de las contenciones
por personal a veces no cualificado, el uso de
violencia, de ayunos forzosos y de celdas de aislamiento
«verdaderamente atroces». Cuatro meses después, el
Síndic de Greuges publicó otro informe, centrado en
Catalunya, en el que alertaba del hacinamiento en los
centros: «la sobreocupación está, en algunos casos,
cerca del 150%», señalaba el texto. El Comité contra la
Tortura de Naciones Unidas se había dirigido ya al
Estado español para transmitir su preocupación sobre la
práctica de aislamiento en muchos de estos centros, así
como la administración de fármacos que se realizaría sin
adecuadas garantías. Lo hizo después de que
trascendieran las denuncias de malos tratos en centros
gestionados por la Fundación O'Belén a principios de
2009.
Tras examinar este informe de Amnistía, el fiscal
delegado de menores de Barcelona manifestó que compartía
su «crítica general al funcionamiento de estas
instituciones», que «la falta de medios es más que
evidente».
Este es el problema de fondo y la razón de estas
reiteradas denuncias sobre el mal funcionamiento de
muchos de estos centros. La atención muy deficiente,
autoritaria y represiva que se viene denunciando
respecto a algunos de estos centros de protección tiene
que ver con la Ley del Menor que abrió la puerta a la
privatización de estos centros. La Ley Reguladora de
la Responsabilidad Penal de los Menores (Ley Orgánica
5/2000) permitió a las comunidades autónomas,
competentes en la materia, privatizar la gestión de
estos centros de menores y delegar así en entidades
particulares la ejecución de las medidas. Cada menor
interno en uno de esos centros privatizados aporta más
de 3.800 euros al mes a quienes lo gestionan. Uniendo a
este montante las aportaciones de distintas empresas a
través de sus «obras sociales», que funcionan como
patrocinadoras, y las donaciones de suelo público por
parte de las comunidades, estas organizaciones acumulan
pronto un impresionante patrimonio. Incluso algunas de
ellas pertenecen a grupos empresariales que cuentan con
servicios de seguridad o catering que son a quienes se
adjudican esos servicios.
En el informe del Defensor del Pueblo 41 entidades
privadas gestionaban 55 de los 58 centros terapéuticos
existentes, el 80% de los cuales se han puesto en marcha
en los últimos diez años.
En Madrid, por ejemplo, las competencias administrativas
y la gestión de los centros asumida por la Consejería de
Servicios Sociales de la Comunidad de Madrid, ha pasado
a la Consejería de Justicia e Interior de la Comunidad
de Madrid. Desde entonces, el modelo de pequeños centros
de menores, más apto para una intervención educativa y
de apoyo, da paso a un diseño de grandes estructuras
despersonalizadas, similares al modelo penitenciario,
alejadas de los contextos de integración de los menores
(sus barrios, distritos, municipios) y más cercano a un
modelo de rentabilidad económica que a los educativos y
resocializadores que marca la Ley.
Esta privatización a manos de empresas, fundaciones y
ONG, que funcionan a modo de subcontratas, ha conllevado
una desprofesionalización, un deterioro en la atención a
los menores y, en algunos casos, como los que
denuncia Aministía Internacional, actuaciones ilegales o
incluso delictivas.
El presidente del Consejo General del Colegio de
Educadores Sociales, explica que «se deja en manos de
las entidades privadas contratar a los profesionales que
se encargan de los menores». Asegura que en los centros
«trabajan personas sin titulación universitaria o con
una titulación inadecuada. En muchas ocasiones solicitan
perfiles más propios de personal de seguridad que de
trabajadores del sector educativo».
Ya el propio informe del Defensor del Pueblo denunciaba
que una de las características del personal educativo es
su alto índice de rotación, unos sueldos excesivamente
bajos (800 euros de media) que no se corresponden en
absoluto con el trabajo realizado, y la práctica
inexistencia de una formación continua.
Esta privatización, que ha convertido el sistema de
protección en un negocio, ha provocado la degradación de
las relaciones laborales en estos centros respecto a los
de gestión pública y también de los servicios que
reciben los chavales. Son empresas que aunque se
presentan como ONGs, son simples subcontratas que
establecen unas condiciones laborales deplorables a
quienes trabajan en ellas: bajos salarios, contratos
temporales, exceso de presión, sobrecarga de trabajo,
falta de medios, sin apoyo externo. Toda esta presión,
en unos centros sobrecargados de menores para abaratar
costes, con el tiempo, acaba generando un ciclo de
violencia con los menores e incluso con los propios
compañeros y compañeras de trabajo, manifestando
conductas agresivas, ante la falta de tiempo para dar
respuesta educativa a las situaciones, la sobrecarga de
trabajo, la tensión acumulada, las precarias condiciones
laborales, etc.
Por ello estos centros -”y los servicios sociales en
general-” «no pueden gestionarse desde la perspectiva
del negocio, la opacidad, la caridad o la moralidad».
Es necesaria una modificación en la Ley del Menor para
que se garantice que «son centros públicos con garantías
públicas», dotados con recursos suficientes para que
el proyecto educativo pueda ser desarrollado con
eficacia y se preserven los derechos de menores y los
profesionales que en ellos trabajan.