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La visita del presidente de Colombia a España
TRIBUNA
 Enrique
Javier Díez Gutiérrez

El presidente de Colombia, Álvaro
Uribe Vélez, ha visitado España los días 11, 12 y 13 de
julio. Gobierna con mano firme Colombia desde hace años,
prometiendo acabar con la violencia y la injusticia
social que asolan este país. ¿Cómo lo está haciendo?
Veamos los hechos.
Durante los últimos 20 años el
conflicto armado que vive Colombia se ha cobrado la vida
de al menos 70.000 personas, la gran mayoría de ellas,
campesinos, campesinas y líderes comunitarios y
sindicales. Más de 3 millones de campesinos y campesinas
se han convertido en desplazados internos. A lo largo
del 2004 se asesinó o se hizo «desaparecer» al menos a
1.400 civiles. Aproximadamente 1.250 personas fueron
secuestradas y en torno a 287.000 fueron obligadas a
huir de sus hogares, una cifra superior a la del 2003.
En el primer trimestre del presente año 2005 la
población desplazada fue de 62.000 personas, 11 murieron
diariamente y 2.100 salieron de Colombia, todos y todas
por causa del conflicto.
A pesar de que las Declaraciones de
Londres y Cartagena recomiendan una salida negociada al
conflicto social y armado, el gobierno de Uribe Vélez,
aparentemente democrático, cierra las posibilidades de
una política de paz al negar la existencia de dicho
conflicto. La implementación de su plan de «Seguridad
Democrática» en nombre de la lucha antiterrorista, ha
generado una degradación de la situación de derechos
humanos, y en particular la práctica sistemática de
detenciones arbitrarias, masivas o individuales, por
parte de la fuerza pública.
Pero no es sorprendente este talante
si tenemos en cuenta su trayectoria personal. En los
informes de la Unión Europea citados por Joseph
Contreras, su biógrafo, es mencionado como el «ex
gobernador de Antioquia, quien fuera el mayor promotor
del paramilitarismo bajo la forma de las Asociaciones
Convivir. (¿) Su período de gobierno coincide con la
arremetida paramilitar sobre la población campesina en
toda esta región. Por otro lado este funcionario fomentó
y apoyó abiertamente las Asociaciones Comunitarias de
Seguridad, Convivir, grupos que en lugar de proteger, se
constituyeron en grupos armados que respaldaron una
contrarreforma agraria en beneficio de terratenientes,
narcotraficantes y del desarrollo de megaproyectos». De
hecho, los paramilitares declararon numerosas veces que
era su candidato presidencial.
El hecho es que, como denuncia
Amnistía Internacional, bajo su mandato, desde diciembre
2002 más de 2.200 asesinatos y desapariciones en
Colombia se atribuyen a los paramilitares, a pesar de su
declaración unilateral de alto el fuego. También siguen
cometiéndose graves violaciones de derechos humanos,
perpetradas por paramilitares que actúan en coordinación
con las fuerzas de seguridad del Estado. Existen sólidos
indicios, afirma esta ONG, de que las estructuras
paramilitares siguen permaneciendo intactas después de
la desmovilización, y de que los combatientes
desmovilizados están siendo «reciclados» en el
conflicto, principalmente como informantes pagados del
ejército.
En el reciente informe de Amnistía
Internacional de octubre de 2004 sobre la situación en
Colombia se lee textualmente «la violación y otros
delitos sexuales, como la mutilación genital de mujeres
y niñas, son prácticas frecuentes de las fuerzas de
seguridad y sus aliados paramilitares como parte del
repertorio de tácticas de terror que emplean contra las
comunidades situadas en zonas de conflicto a las que
acusan de colaborar con la guerrilla. Estas tácticas
están concebidas para provocar desplazamientos en masa o
romper los vínculos, presuntos o reales, entre dichas
comunidades y las fuerzas guerrilleras. En este marco,
la impunidad de que gozan los autores de estos delitos
no es accidental, sino que forma parte de la estrategia
de contrainsurgencia».
Otras instituciones y organizaciones
internacionales denuncian también esta situación. El
último informe de Naciones Unidas sobre Colombia señala
que las violaciones de los Derechos Humanos, las
ejecuciones extrajudiciales, la práctica de la tortura,
las detenciones masivas y la desaparición forzada
atribuidas a la Fuerza Publica van en aumento. Intermón
Oxfam denuncia continuos casos de asesinatos de líderes
campesinos y comunitarios, jóvenes, sindicalistas,
periodistas y miembros de organizaciones sociales y de
derechos humanos en distintas ciudades y regiones del
país. De hecho, Colombia presenta el índice más alto de
sindicalistas asesinados en el mundo y durante el actual
gobierno han sido asesinados 200 sindicalistas y las
violaciones a los derechos humanos de los trabajadores y
las trabajadoras han tenido un incremento del 18% con
respecto al año 2004.
Por lo que, como se puede constatar,
bajo el gobierno de Uribe Vélez, el conflicto armado,
lejos de aminorar, está conduciendo a un progresivo
recrudecimiento intencionado, donde las principales
víctimas son las comunidades y la población civil.
La impunidad de la que gozan los
responsables de violaciones y abusos contra los derechos
humanos es una piedra angular de la grave crisis de
derechos humanos que sigue viviendo Colombia. La
reciente ley decretada por Uribe Vélez, llamada de
«Verdad y Justicia», que regirá para la desmovilización
de los grupos paramilitares no contribuye a la
superación del conflicto, denuncia la Oficina de la Alta
Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, al desconocer los derechos de las víctimas a la
verdad, justicia y reparación, garantizando la impunidad
de personas responsables de crímenes de guerra y contra
la humanidad, incluyendo la violación y otros actos de
violencia de género. Amnistía Internacional teme que la
verdadera finalidad de la Ley de Verdad y Justicia sea
no sólo garantizar la impunidad de los paramilitares
implicados en violaciones de derechos humanos, sino
también que no se identifique y no se haga rendir
cuentas a quienes los patrocinan desde las fuerzas de
seguridad.
El desplazamiento forzado por el
conflicto en Colombia sigue incrementándose. El número
de personas desplazadas se volvió a incrementar en el
2004. El país sigue viviendo una crisis humanitaria, con
3 millones de personas internamente desplazadas y 4.5
millones al exterior. Colombia es el tercer país del
mundo con mayor desplazamiento forzado después del Sudán
y de la República Democrática del Congo. El drama
humanitario en Colombia supera con creces el
desplazamiento forzado en Afganistán, Bosnia Herzegovina
y Kosovo, para colocar sólo los ejemplos más dramáticos.
Estos desplazamientos suponen que se les ha arrebatado
las tierras a los campesinos y campesinas, pasando a
engrosar las haciendas de los grandes terratenientes o
de los jefes paramilitares.
Porque detrás de todo este conflicto
está el enriquecimiento de una oligarquía hacendada y
financiera cuyas ambiciones son desmedidas y que no se
conforma con las inmensas riquezas acumuladas y
arrebatadas a las poblaciones campesinas a lo largo de
siglos de explotación. En Colombia, como afirman los
últimos estudios sobre la pobreza y los informes de las
Naciones Unidas, persisten grandes desigualdades e
inequidades entre las poblaciones y las regiones. El
incremento de la indigencia (31%) y de la pobreza (66%)
en estos últimos dos años es una realidad constatada en
un país con inmensos recursos naturales, víctima de una
política neoliberal implementada por el gobierno de
Uribe Vélez que representa a las grandes familias de
terratenientes del país. La desigualdad social y la
inequidad en la distribución de la riqueza son el
principal problema que enfrenta el país. La creciente
deuda pública destinada a los gastos militares limita
toda posibilidad de una adecuada respuesta a las
necesidades sociales para resolver los problemas de
pobreza y exclusión. El modelo neoliberal exacerbado de
privatizaciones y de disminución progresiva del gasto
social hace imposible garantizar y satisfacer los
derechos sociales, económicos, culturales y ambientales
siendo los grupos poblacionales afrocolombianos e
indígenas los más afectados por el progresivo
empobrecimiento. |