Parar el genocidio de Gaza

La situación en Gaza es catastrófica. 350.000 palestinos y
palestinas han irrumpido en Egipto buscando víveres después
de una semana de apagones y años de bloqueo y guerra. El
domingo, la única planta energética de Gaza debió cerrar.
John Ging, director de la Agencia de Ayuda y Obras Públicas
de la ONU en Gaza, afirmó que cientos de miles de palestinos
están viviendo en la oscuridad.
La franja de Gaza tiene una superficie de 306 kilómetros
cuadrados. En ella viven casi un millón y medio habitantes.
Más del 75% son refugiados que tuvieron que abandonar sus
casas a raíz de la guerra de 1948 y de la creación del
Estado de Israel. Desde que los israelíes destruyeron el
aeropuerto local, Gaza tiene una única salida al mundo, que
es el Cruce de Rafah en la frontera de Egipto. Pero este
cruce lleva cerrado desde hace más de 6 meses. Eso significa
que no es posible ni entrar ni salir de Gaza. En el resto de
sus fronteras, Gaza está delimitada por Israel y por el mar
Mediterráneo, controlado también por el ejército israelí.
Según los datos de la ONU el 79% de los palestinos de la
Franja de Gaza vive en la pobreza. El suministro de agua a
esta región es aproximadamente la mitad de lo exigido
internacionalmente.
La actual situación en Gaza no es nueva, sino un paso más de
lo que viene acumulándose desde la ocupación israelí de la
Franja de Gaza en 1967. Israel ha impuesto un embargo
colectivo cortando los suministros de combustibles y
electricidad y dejando toda la Franja de Gaza y sus 1,5
millones de habitantes a oscuras y sin ningún tipo de
energía. El bloqueo que sufre Gaza, donde los militares
israelíes controlan las fronteras, el espacio aéreo y las
costas, no permite el transito de la población y la salida o
ingreso de las mercancías, además de prohibir la entrada de
la ayuda humanitaria de Naciones Unidas.
Los gobiernos israelíes han impedido la construcción de un
puerto en Gaza, y la marina israelí vigila para que ningún
navío se acerque a la costa; han bombardeado y cerrado el
aeropuerto internacional, construido durante los días de
Oslo; han cerrado toda la Franja de Gaza mediante una valla
y sólo se mantienen unos cuantos puntos de acceso,
controlados por el ejército israelí. Solo durante los
últimos 6 meses, 78 enfermos palestinos han fallecido al no
permitirles la salida para recibir tratamientos médicos,
miles de pacientes sufren la escasez de medicinas y decenas
de miles no pueden salir de la Franja bloqueada para
trabajar o estudiar.
La organización israelí de derechos humanos B'Tselem, un
organismo manifiestamente conservador, reconoce que Israel
mató a seiscientos sesenta ciudadanos [palestinos] en los
territorios ocupados durante 2006. Según esta organización,
ese año mataron a ciento cuarenta niños. La mayoría de los
asesinados eran de Gaza, donde el ejército israelí demolió
casi trescientas casas y asesinó a familias enteras. En
septiembre de 2007, la Oficina para la Coordinación de
Asuntos Humanitarios de la ONU (OCAH) hacía pública la cifra
de muertos palestinos bajo las balas y misiles israelíes:
casi cinco mil personas (4.878), 969 de ellas eran niñas y
niños. Y más de veinte mil han resultado heridos o mutilados
para toda la vida.
Pero la cuestión no es simplemente que haya aumentado el
número de asesinatos intencionados, es la tendencia y la
estrategia global. Los asentamientos, las bases del
ejército, las carreteras y el Muro permitirán a Israel
anexionarse casi la mitad de Cisjordania para 2010. Dentro
de estos territorios habrá una cantidad considerable de
palestinos, contra los que las autoridades israelíes
seguirán implementando lentas y crecientes políticas de «transfer»:
los variados mecanismos cotidianos, abusivos y
deshumanizadores, que el ejército y la burocracia israelí
utilizan para contribuir eficazmente al proceso de
desposesión de los ciudadanos y ciudadanas palestinas. El
número de barreras físicas en Cisjordania aumentó el año
pasado a 563. Aproximadamente diez mil palestinos que viven
en enclaves al oeste del muro de Cisjordania están privados
de los servicios básicos de salud y educación, y de vínculos
sociales y familiares.
Todos en el gobierno israelí, desde el Partido Laborista a
Kadima aceptan que esta política es mucho mejor que la
propuesta por los categóricos limpiadores étnicos. También
son eficaces los crímenes del terrorismo de Estado,
denominados eufemísticamente «asesinatos selectivos», ya que
permiten a los sionistas liberales de todo el mundo condenar
tenuemente a Israel y aún calificar de anti-semitismo a
cualquier crítica genuina de las políticas criminales de
Israel. Pero en Gaza no hay un pedazo de tierra que Israel
codicie. Por eso, la estrategia en Gaza ha sido convertirla
en un ghetto: crear una prisión y arrojar su llave al mar,
como lo describió el Relator Especial de Naciones Unidas,
John Dugard. Pero esta estrategia no funciona. La comunidad
convertida en ghetto sigue expresando su voluntad de vivir
lanzando primitivos misiles dentro de Israel. Las medidas de
Israel cada vez han sido formas más siniestras de asegurar
el total encarcelamiento del pueblo de Gaza por medio del
boicot y del bloqueo, con los que todavía colabora de manera
vergonzosa la Unión Europea.
Han convertido a Gaza en una enorme cárcel. Un gran
laboratorio humano, donde 1.400.000 personas viven
hacinadas, en condiciones precarias de luz, agua,
combustible, víveres, medicinas,... toda entrada está
rigurosa y metódicamente controlada por Israel. Esta escasez
se acompaña de incursiones de observación y de matanzas
diarias, con el objetivo de llevar a la población a la
indefensión, pues todas las salidas están selladas. La vida
es sencillamente inhumana desde que Israel la ocupó
militarmente en 1967.
Sami Abu Zuhri lo explica bien claro: «Lo que está
sucediendo en Gaza no es un calvario pasajero sino un lento
asesinato no sólo de una persona, sino de toda una población
mediante este fuerte sitio». La ingeniosa «política» israelí
en Palestina consiste en ralentizar la Solución Final de los
nazis, como explica el profesor de la UNED, Agustín Velloso.
La escalada va en aumento en cada uno de sus parámetros. El
primero es la desaparición de la distinción entre objetivos
civiles y no-civiles: la matanza indiscriminada ha
convertido a la población en general en el principal
objetivo de las operaciones del ejército. El segundo es la
escalada en los medios: el uso de cada posible máquina de
matar que posee el ejército israelí. Tercero, la escalada es
evidente en el número de víctimas: con cada operación y cada
futura operación, un número mucho mayor de personas tiene
posibilidades de morir y de resultar herida. Por último, y
lo más importante, las operaciones se convierten en una
estrategia: un creciente transfer en Cisjordania y una
moderada política genocida en Gaza. La crisis empeora día a
día. La pasividad de la comunidad internacional y el
silencio frente a las permanentes atrocidades de este
terrorismo del estado israelí, estimulan a Israel para
continuar con su política de agresión basada en la
superioridad militar. Sigue sin haber otra manera de detener
a Israel que el boicot, la desinversión y las sanciones.
Naciones Unidas no intervendría en Gaza como hace en África;
premios Nobel no apoyarían la defensa de esta campaña como
lo hacen por causas en el sudeste de Asia. La cantidad de
muertos allí, en Palestina, no deja estupefacto como en lo
que se refiere a otras calamidades y no es una historia
nueva, es peligrosamente vieja e inquietante.
* Profesor de la Universidad de León. |