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No a una Europa de la regresión social
TRIBUNA
 Enrique
Javier Díez Gutiérrez

Actualmente, y por iniciativa del antiguo comisario europeo
Frits Bolkestein, se está discutiendo un proyecto de
directiva relativo a la libre circulación de los servicios
en el seno de la Unión Europea.
Esta directiva europea, en caso de aprobarse, provocaría que
todos los servicios suministrados en el seno de la Europa de
los 25 serían considerados como productos económicos
ordinarios. De ese modo, sectores esenciales como la
cultura, la educación, los servicios sanitarios y todos los
servicios relevantes del ámbito de los sistemas nacionales
de protección social podrían ser sometidos a los mismos
requisitos de competencia económica que las mercancías.
Tal evolución causaría irremediablemente un deterioro de los
sistemas legales de pensiones, de ayuda social o de
cobertura de los servicios sanitarios en beneficio de
seguros privados. Así mismo significaría la desregulación de
nuestros sistemas educativos y el fin de toda diversidad
cultural. Además, la aplicación de esta directiva tendría
como resultado la revisión de los derechos de los
trabajadores que consagran las leyes nacionales de los
países de la Unión europea.
Esta «directiva Bolkestein» es un ejemplo claro de que se
quiere convertir esta Europa en una Unión en clave de
mercado, donde los capitales circulen libremente y se
desmantelen los sistemas de protección social porque no
suponen beneficios para las grandes multinacionales. Una
Europa de los mercaderes.
Esta directiva es la traducción pura y simple de los planes
de liberalización que los EE.UU. tratan de forzar en la
Organización Mundial del Comercio a través del Acuerdo
General sobre Comercio y Servicios (AGCS). El texto,
propuesto por el Comisario Frits Bolkestein (y conocido por
eso como «directiva Bolkestein») supone la plena
liberalización de todos los servicios. El proyecto de
directiva afecta a todos los servicios. Con la excepción de
los transportes (+3'5 Tm.), las telecomunicaciones, los
servicios bancarios y los servicios ofrecidos directamente
por los gobiernos a coste cero. Pero hay que señalar que las
telecomunicaciones, los transportes y los servicios
financieros ya han sido liberalizados por directivas
específicas. Con la excepción de los servicios policiales,
judiciales (excluyendo abogados y abogadas) y las fuerzas
armadas, ningún servicio público sería gratuito. La
directiva es, en consecuencia, aplicable a los servicios
públicos. De este modo, la sanidad, educación, cultura,
medios audiovisuales, los servicios prestados por las
autoridades locales, serán considerados como una mercancía
que depende completamente de las leyes del mercado.
La directiva elimina todo tipo de obstáculos legales para el
establecimiento de una compañía en el territorio de un
Estado miembro. En opinión de la Comisión Europea, los
requisitos mínimos establecidos para garantizar la calidad,
la viabilidad económica, el cumplimiento de las normas
laborales, la integración de colectivos desfavorecidos
(minusválidos¿) son «obstáculos» a la libre competencia.
Esta «directiva Bolkestein» organiza claramente lo que
podríamos llamar «dumping social» de acuerdo a su segundo
principio: el del «país de origen». Este principio significa
que los proveedores de servicios estarán sólo sujetos a las
normas de su país de origen, y no a las leyes del país en
que prestan sus servicios. Es más, a los otros estados
miembros en los que actúan o suministran servicios no se les
permitirá imponer restricciones o controles de ningún tipo.
La Comisión pretende eliminar incluso el registro
obligatorio en caso de que una empresa abra su negocio en
otro estado miembro.
Establece literalmente que «...la persona que suministra un
servicio puede, para hacerlo efectivo, llevar a cabo, de
manera temporal, su actividad en el Estado donde se provea
el servicio, sujeto a las mismas condiciones que imponga el
Estado en cuestión a sus propios ciudadanos». A tenor del
mismo, quienes provean un servicio estarán sujetos a la
legislación del país de origen y no a la del país donde el
servicio efectivamente se presta.
Eso quiere decir que si una empresa se instala en Lituania,
por ejemplo, podría proporcionar servicios en cualquier otro
país de la Unión rigiéndose por las leyes lituanas. Esto
implica que una empresa que desarrolle su actividad, por
ejemplo, en España podrá fijar su sede en otro país
comunitario y que las condiciones salariales, derechos
sociales, normativa del medio ambiente, etcétera serán las
de ese país (por ejemplo, Lituania).
En el futuro, cualquier empresa podrá evitar «pesadas»
restricciones nacionales, reinstalando su oficina registrada
o estableciendo simplemente una oficina fantasma en otro
Estado Miembro con unas condiciones salariales, sindicales y
de cobertura social mucho menores. De este modo se podrán
sortear fácilmente y sin costos los convenios colectivos
locales relativos al sueldo, los requisitos relativos a las
cualificaciones y las normas de protección del medio
ambiente o del consumidor.
Esto supone un incentivo legal para trasladarse a países con
una legislación menos estricta a niveles fiscal, social y
medioambiental, y la creación de compañías con sede
fantasma, que a precios de miseria se extenderán desde sus
sedes registradas a todo el territorio de la Unión. La
consecuencia será una enorme presión sobre los países con
normas sociales, fiscales y ambientales que protegen el
interés común.
A largo plazo, las consecuencias de la directiva amenazan
con ser catastróficas para todos: Amenazan con animar las
prácticas de dumping a nivel social, fiscal y
medioambiental. Las conquistas sociales, estarán bajo
presión: rebajas salariales, prolongación jornada laboral,
más flexibilidad. La salud, la educación, la cultura y los
servicios audiovisuales se convertirán en una pura
mercancía. Los servicios del sector público corren el riesgo
de verse automática e irrevocablemente privatizados y/o
liberalizados. Actualmente, la gran mayoría de Estados
miembros parecen estar a favor de la rápida aprobación de
este proyecto de directiva europea. Al tratarse de una
decisión para la que no se requiere la unanimidad, ningún
gobierno, y con mayor motivo, ningún partido político puede
impedir por sí solo la aprobación de esta directiva. Sólo
una fuerte movilización de la sociedad civil, puede impedir
en el seno de la Unión la marcha de este proyecto. Entrando
en
www.stopbolkestein.org puedes apoyar el «no» a
una Europa de regresión social. |