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Un resultado ilegítimo
TRIBUNA
 Enrique
Javier Díez Gutiérrez

LA PRIMERA conclusión tras la celebración de este referéndum
es que menos de un tercio de la ciudadanía del estado
español con derecho de voto ha ratificado favorablemente el
Tratado de la Constitución Europea en el referéndum
consultivo celebrado el 20 de febrero. Junto con la altísima
abstención (que ha superado la de las elecciones europeas de
junio del 2004), el voto «no» a la Constitución Europea ha
obtenido el 17,3 % de los votos en el conjunto del estado,
alcanzando votaciones significativas en Euskadi (33,7%),
Cataluña (28%), Navarra (29%), etcétera. Los votos en blanco
también alcanzaron porcentajes inusuales (6% en la media
estatal).
Con este resultado, el Tratado Constitucional de la Unión
Europea, no tiene legitimidad. Cuando se exige consenso,
mayorías del 50% + 1, incluso mayorías cualificadas en el
caso de decisiones de cierta trascendencia, no puede
aceptarse que se ratifique el Tratado Constitucional con el
voto favorable de menos de un tercio del censo electoral.
El gobierno del estado y las fuerzas políticas partidarias
del «sí» que representan alrededor del 90 % del Congreso de
Diputados han obtenido un sonoro fracaso. No han sido
capaces de movilizar ni siquiera a sus electorados
tradicionales. Y esto a pesar de que han sabido desde el
principio que el mayor peligro residía en que los ciudadanos
y ciudadanas se apropiaran del contenido del tratado. No de
su primera y segunda parte, ampliamente difundidas y
debatidas (quién va a estar en contra de principios y
valores comunes que a nadie cuesta proclamar), sino de su
tercera parte. Han guardado silencio sobre el núcleo del
tratado: su Parte Tercera, titulada «Las políticas y el
funcionamiento de la Unión», que es donde aparece 176 veces
la palabra «banco», 88 veces «mercado», 9 veces
«liberalización», 29 veces «competitivo», 23 veces
«capitales», etcétera. Y este fracaso también a pesar de la
repetición de consignas simplistas o alarmistas declinadas
de múltiples maneras: «yo amo a Europa y, por tanto, voto
sí» o «si el no se impone, Europa se va a quebrar y será el
caos».
La opinión pública sólo ha conocido la versión publicitaria
del tratado, pero parece que la ciudadanía no es tonta y se
ha dado cuenta de su incapacidad de superar su esencia
neoliberal y condenarnos constitucionalmente a que nos sigan
explotando como siempre, los de siempre. Sólo que ahora
respaldados más legalmente aún.
Parece que la mayoría de la ciudadanía no acaba de ver un
tratado que hace irreversibles las políticas neoliberales de
la Unión al darles un estatus de «constitucional»,
impidiendo toda posibilidad de poner en práctica políticas
alternativas. Un tratado que ya, a partir del párrafo 2,
sitúa el mercado, la libre competencia, el crecimiento
económico, y la economía social de mercado altamente
competitiva, al mismo nivel que objetivos como la paz, la
libertad, la no discriminación, igualdad, solidaridad y
protección de los derechos humanos.
Parece que la mayoría de la ciudadanía no acaba de ver un
tratado que es la única Carta «social» del mundo que
subordina explícitamente los derechos sociales a los
imperativos de la movilidad internacional del capital y del
libre comercio. Un tratado que «reconoce y respeta» los
derechos sociales pero que no los garantiza. Un tratado que
rebaja muchas de las previsiones establecidas en las
constituciones nacionales de Europa respecto a los derechos
sociales y que en ningún caso se establecen los mecanismos
coactivos que obliguen a los estados al cumplimiento de los
derechos sociales, no así en el caso de quienes incumplan
con el libre comercio o la liberalización para los que sí se
establecen sanciones. Parece que la mayoría de la ciudadanía
no acaba de ver un tratado que no garantiza unos mínimos en
materia de duración de la jornada laboral, de descanso
semanal y de vacaciones anuales retribuidas, si bien se
preocupa de garantizar justo en sentido contrario la
necesidad de unanimidad en la decisión de reformar la
mayoría de los temas de carácter social. Lo que sí garantiza
es un horario aunque sin determinar límites... Por ejemplo:
18 horas diarias, 6 días a la semana, con 1 día de
vacaciones al año ya cumple la «Euroconstitución».
Parece que la mayoría de la ciudadanía no acaba de ver un
tratado en el que el lenguaje se ha convertido en una
trampa: no es lo mismo el «derecho al trabajo» que el
derecho a trabajar; no es lo mismo el «derecho a la
Seguridad Social y a los servicios sociales» que el derecho
al «acceso a las prestaciones de la seguridad social y a los
servicios sociales» que supone la existencia previa de los
mismos; no es lo mismo el «derecho a la vivienda» que el
derecho a recibir una ayuda para alojarse; no es lo mismo
garantizar el derecho a la igualdad que tratar de eliminar
las desigualdades, etcétera.
Parece que la mayoría de la ciudadanía no acaba de ver un
tratado en el que se consagra la directiva Bolkestein que
organiza el dumping social en la Unión: «... la persona que
suministra un servicio puede, para hacerlo efectivo, llevar
a cabo, de manera temporal, su actividad en el Estado donde
se provea el servicio, sujeto a las mismas condiciones que
imponga el Estado en cuestión a sus propios ciudadanos». A
tenor del mismo, los proveedores de un servicio estarán
sujetos a la legislación del país de origen y no a la del
país donde el servicio efectivamente se presta. Eso quiere
decir que si una empresa se instala en Lituania, por
ejemplo, podría proporcionar servicios en cualquier otro
país de la Unión rigiéndose por las leyes lituanas. ¿Sabías
que una empresa que desarrolle su actividad en España podrá
fijar su sede en otro país comunitario y que las condiciones
salariales, derechos sociales, normativa del medio ambiente,
etc. serán las de ese país? En el futuro, cualquier empresa
podrá evitar pesadas restricciones nacionales, reinstalando
su oficina registrada o estableciendo simplemente una
oficina fantasma en otro Estado Miembro. De este modo se
podrán sortear fácilmente y sin costos los convenios
colectivos locales relativos al sueldo, los requisitos
relativos a las cualificaciones y las normas de protección
del medio ambiente o del consumidor.
Parece que la mayoría de la ciudadanía no acaba de ver un
tratado en el que aparece que nadie podrá ser condenado a la
pena de muerte ni ejecutado en sus artículos iniciales, pero
que luego en la letra pequeña (explicaciones del Praesidium)
aclara que «un Estado podrá prever en su legislación la pena
de muerte por actos cometidos en tiempo de guerra o de
peligro inminente de guerra» o que «la muerte no se
considerará una violación de este artículo en los casos que
resultase de un recurso a la fuerza necesario para reprimir
conforme a la Ley una revuelta o insurrección». Y esto
también se ha querido que lo votemos, pero sin hurtándolo a
la mirada y el escrutinio de la ciudadanía. A pesar que en
el proceso del referéndum no se ha garantizado plenamente
los derechos de expresión a la ciudadanía, se ha
«amordazado» a los/las defensores del «no», y que el
gobierno del estado ha manipulado la información y utilizado
los recursos públicos en beneficio de la posición del «sí»,
el voto «no», ha obtenido un digno resultado, especialmente,
en las comunidades y localidades donde la ciudadanía a
través de la actividad de centenares de plataformas
unitarias que agrupaban a numerosas organizaciones sociales,
cívicas y políticas han podido contrastar la información,
explicar, y ofrecer una visión mas completa del verdadero
contenido del tratado constitucional, su carácter
profundamente antisocial al consagrar el modelo económico
neoliberal, el déficit democrático y la negación de los
derechos nacionales, la confirmación de la Europa potencia y
belicista, etc., así como ofrecer posibles alternativas para
avanzar en una Europa social, verdaderamente democrática,
pacifica y solidaria. |