La prostitución es una forma de
explotación que debe ser abolida y no una profesión que
hay que reglamentar. Es una forma de violencia de
género: «lo que las mujeres prostituidas tienen que
soportar equivale a lo que en otros contextos
correspondería a la definición aceptada de acoso y abuso
sexual. ¿El hecho de que se pague una cantidad de dinero
puede transformar ese abuso en un «empleo», al que se le
quiere dar el nombre de "trabajo sexual comercial".
Regular la prostitución legitima implícitamente las
relaciones patriarcales: equivale a aceptar un modelo de
relaciones asimétricas entre hombres y mujeres,
establecer y organizar un sistema de subordinación y
dominación de las mujeres, anulando la labor de varios
decenios para mejorar la lucha por la igualdad de las
mujeres. Al legitimarla se convierte en un soporte del
control patriarcal y de la sujeción sexual de las
mujeres, con un efecto negativo no solamente sobre las
mujeres y las niñas que están en la prostitución, sino
sobre el conjunto de las mujeres como grupo, ya que la
prostitución confirma y consolida las definiciones
patriarcales de las mujeres, cuya función sería la de
estar al servicio sexual de los hombres. ¿Cómo vamos a
educar a nuestros hijos e hijas en igualdad con mujeres
tras los escaparates como mercancías o es un posible
futuro laboral de nuestras hijas?
Si reglamentamos la prostitución, integrándola en la
economía de mercado, estamos diciendo que esto es una
alternativa aceptable para las mujeres y, por tanto, si
es aceptable, no es necesario remover las causas, ni las
condiciones sociales que posibilitan y determinan a las
mujeres a ser prostituidas. A través de este proceso, se
refuerza la normalización de la prostitución como una
«opción para las pobres».
¿Por qué los hombres acuden a la prostitución
actualmente en una sociedad como la española donde no
hay tal nivel de represión sexual como había hace 40
años? En una época de libertad sexual como la actual,
acuden a la prostitución como un ejercicio de poder y
sumisión sobre otra persona con la que no tienen que
tener ninguna consideración porque la pagan y debe estar
a su servicio, convirtiéndola en un objeto de su
consumo. Muchos hombres, en las relaciones sociales y
personales, experimentan una pérdida de poder y de
masculinidad, y no consiguen crear relaciones de
reciprocidad y respeto. Son éstos los hombres que acuden
a la prostitución, porque lo que buscan en realidad es
una experiencia de total dominio y control. Este grupo
de hombres parecen tener problemas con su sexualidad y
la forma de relacionarse con el 50% del género humano,
que creen que debe de estar a su servicio.
Presuponer que la necesidad sexual masculina es una
necesidad biológica que no puede ser puesta en cuestión,
similar a las necesidades de nutrición, contradice
manifiestamente el hecho comprobado de que las personas,
mujeres y hombres, pasan largos periodos de sus vidas
sin relaciones sexuales ¡y sin llegar al fatal desenlace
que habría tenido la privación de alimento! Los hombres
debemos resolver nuestros problemas de socialización
para aprender a vivir sin servidoras sexuales y
domésticas.
La prostitución jamás se da en condiciones de libertad;
nunca es objeto de un contrato de compraventa entre
personas iguales en derechos y libertades. No se vende
la actividad o el producto, como el cualquier trabajo,
sino el propio cuerpo sin intermediarios. Y el cuerpo no
se puede separar de la personalidad. Además, sólo alguna
afortunada podrá poner «límites», pero la mayoría
tendrán que satisfacer a los prostituidores porque pagan
(un «cliente» a quien una prostituta le negara un acto
sexual particular o una relación sin preservativo, podrá
siempre alquilar a otra mujer más necesitada que
accederá a su demanda). El punto de vista según el cual
las intrusiones repetidas en el cuerpo y los actos
sexuales tolerados, pero no deseados, pueden ser vividos
sin perjuicio es, por lo menos, dudoso. Las mujeres han
referido en numerosas ocasiones sus estrategias para
terminar rápidamente con el cliente, porque si las
prostitutas necesitan y desean el dinero de la
prostitución, no desean la sexualidad prostitucional
que, en tanto que tal, es una forma de «violación
remunerada». Incluso si alguien dice que elige la
prostitución de forma libre, ¿podemos considerar una
elección libre la explotación y la violencia de género?
En nombre de una concepción del ser humano como persona,
del bien común y del respeto a los derechos humanos, la
colectividad ha juzgado necesario con frecuencia poner
límites a la libertad individual (venta de órganos,
esclavitud, uso abusivo de drogas, etc.), estableciendo
que hay prácticas, por muy libremente que se quiera
decir que se han asumido, que van en contra de los
derechos humanos más elementales. No obstante, conviene
recordar que los usuarios masculinos de la prostitución
no se preocupan de saber si la prostituta consiente y es
libre, cuestión que no les inquieta lo más mínimo. En
este sentido, no se puede desvincular el tráfico de
mujeres con la legalización de la prostitución, porque
el tráfico es una consecuencia de la oferta y la demanda
que rige el negocio de la prostitución.
¿A quién beneficia la regulación de la prostitución
como una profesión? A
los proxenetas que pasan a denominarse empresarios
dándoles un baño de respetabilidad. De ahí su prisa
porque se regule. A las redes de trata de blancas que se
convierten en corporaciones empresariales que cotizan en
bolsa como en Australia. Es el negocio ilegal que más
dinero mueve en el mundo, junto con el de drogas y
armas. A los «clientes», puesto que esto les colocaría
en una situación de «normalidad».
Pedimos que, de entrada, se aplique la ley. Que se
persiga a los proxenetas que están campando por sus
fueros, los clubes, los burdeles de carretera, que todo
el mundo conoce. Y que, se centren las medidas en la
erradicación de la demanda, a través de la denuncia,
persecución y penalización del prostituidor (cliente) y
del proxeneta: Suecia penaliza a los hombres que compran
a mujeres o niños con fines de comercio sexual, con
penas de cárcel de hasta 6 meses o multa, porque
tipifica este delito como «violencia remunerada». En
ningún caso se dirige contra las mujeres prostituidas,
ni pretende su penalización o sanción. La novedosa
lógica detrás de esta legislación se estipula claramente
en la literatura del gobierno sobre la ley: «En Suecia
la prostitución es considerada como un aspecto de la
violencia masculina contra mujeres, niñas y niños. Es
reconocida oficialmente como una forma de explotación de
mujeres, niñas y niños, y constituye un problema social
significativo.., la igualdad de género continuará siendo
inalcanzable mientras los hombres compren, vendan y
exploten a mujeres, niñas y niños prostituyéndoles».
Además otro elemento esencial de la ley sueca provee
amplios fondos para servicios sociales integrales sean
dirigidos a cualquier prostituta que desee dejar esa
ocupación; también provee fondos adicionales para educar
al público para contrarrestar el histórico sesgo
masculino. La prostitución siempre ha existido, dicen.
También las guerras, la tortura, la esclavitud infantil,
la muerte de miles de personas por hambre. Pero esto no
es prueba de legitimidad ni validez.
Tenemos el deber de imaginar un
mundo sin prostitución, lo mismo que hemos aprendido a
imaginar un mundo sin esclavitud, sin apartheid, sin
violencia de género, sin infanticidio ni mutilación de
órganos genitales femeninos.