El Tribunal Europeo de
Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, ha declarado
incompatible con la libertad religiosa la presencia
del crucifijo en las escuelas públicas o aquellas
financiadas con fondos públicos. El caso que se
juzga proviene de Italia, donde la propia Corte Suprema
de Italia, en el año 2000, había dictaminado ya en este
mismo sentido, argumentando que la presencia del
crucifijo «viola el principio de Italia como Estado
laico». En España, ya hace un año un juzgado de
Valladolid estableció igualmente la incompatibilidad de
la presencia del crucifijo en las aulas y espacios
comunes de las escuelas con los artículos 14 y 16.1 de
la Constitución.
Pero la reciente sentencia del Tribunal de Estrasburgo
tiene una importancia crucial. Establece de forma
inequívoca, y por unanimidad de todos sus componentes,
la pauta a seguir en la interpretación de la legislación
sobre derechos humanos que los Estados de la Unión
Europea se han comprometido a respetar y frente a la que
no caben interpretaciones jurisprudenciales internas o
lecturas condicionadas a los intereses políticos o
motivaciones ideológicas del Gobierno de turno. El
Tribunal de Estrasburgo o Corte Europea de los Derechos
Humanos ha declarado la presencia de los crucifijos
en las aulas «una violación de los derechos de los
padres a educar a sus hijos según sus convicciones»
y de «la libertad de religión de los alumnos».
El tribunal europeo ve en el crucifijo lo que todo el
mundo: un símbolo asociado a una determinada religión,
la católica. Según se señala en la sentencia, el alto
tribunal de derechos humanos considera que la presencia
de ese símbolo de la religión católica es una violación
de la libertad de credo del alumnado al imponerles la
presencia de una determinada simbología religiosa
particular. «La presencia del crucifijo (...) puede ser
alentadora para alumnos religiosos, pero también puede
ser perturbadora para los alumnos que practican otras
religiones o son ateos, sobre todo si pertenecen a
minorías religiosas», dijo el tribunal en su sentencia
escrita. Considera que el objetivo de la educación
pública es «fomentar el pensamiento crítico» y que el
Estado no debe imponer creencias en establecimientos
donde los individuos dependen de su autoridad. Su
presencia en la escuela mal puede servir al pluralismo
educativo, además de vulnerar el principio de
neutralidad confesional del Estado y de no respetar
las convicciones religiosas y filosóficas de familias y
alumnado.
El portavoz del Vaticano dijo que el crucifijo era una
señal fundamental de la importancia de los valores
religiosos en la historia y la cultura de Italia. La
ministra de Educación del gobierno conservador italiano
dijo que «el crucifijo forma parte de la tradición
italiana». Pero para conocer el origen de esta
«tradición» hay que remontarse ochenta años atrás,
cuando el Estado italiano firmó los pactos de Letrán con
el Vaticano, que convirtieron la religión católica en
religión oficial de Italia. En los años 80 dejó de
serlo, pero los crucifijos continúan colgados en las
escuelas y hospitales. Dos leyes italianas de la década
de 1920, cuando los fascistas estaban en el poder,
establecieron que las escuelas debían tener crucifijos.
Pero no nos engañemos aquí tampoco. En España la
presencia masiva de crucifijos presidiendo las aulas de
los colegios es una medida que proviene de la época
franquista. Tal «tradición» parece, pues, tener raíces
muy determinadas y vinculadas a determinados sectores
sociales.
En España, sin embargo, se argumenta utilizando
sutilmente los ideales reivindicados tradicionalmente
por la izquierda frente a las dictaduras y los gobiernos
autoritarios: la libertad. Se afirma que quitar los
crucifijos de los espacios públicos puede acarrear un
serio peligro para la libertad religiosa en Europa y la
censura de su espacio en la esfera pública. Lo que está
en juego es la libertad, afirma Navarro Valls,
catedrático de Derecho Eclesiástico y miembro del Opus
Dei. «En nombre de la libertad de conciencia, que los
padres no cristianos no quieran que en las clases de sus
hijos haya un crucifijo, se da a pie a la abolición de
la libertad religiosa y, en consecuencia la reducción de
la fe al ámbito privado y su eliminación total de la
esfera y el debate público», dice este profesor. Parece
confundir la libertad religiosa con la imposición de una
determinada religión y la neutralidad del Estado con la
eliminación de lo religioso en el ámbito público. Parece
tener más fuerza su particular visión de lo religioso,
que su faceta como científico y académico a la hora de
hacer sus afirmaciones.
Pero lo sorprendente es que la postura del actual
Ministro de Educación, nombrado por el PSOE. Afirma que
ve «razonable» la postura de la Junta de Castilla y
León, al remitir a los Consejos Escolares de cada centro
para que «resuelvan sobre la permanencia o no de los
símbolos ideológicos y religiosos». Esto supone un
desprecio hacia sentencias de la jurisdicción ordinaria
española, del Tribunal Supremo, del Tribunal
Constitucional y hacia la reciente sentencia del
Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que reafirman el
deber de neutralidad del Estado en materia ideológica y
religiosa, principalmente en lo que afecta a los centros
educativos, para preservar los derechos del alumnado.
Estos órganos judiciales no están dirimiendo de quién es
la competencia, están estableciendo claramente que se
trata de actuaciones ilícitas, las decida quien las
decida. Y jamás un consejo escolar puede tomar
decisiones que vulneren derechos fundamentales de las
personas.
Como afirma el colectivo Europa Laica «no nos
encontramos ante una decisión que tengan que tomar los
consejos escolares. Pero tampoco las consejerías de
Educación de las comunidades autónomas, ni tan siquiera
el Ministerio de Educación, porque ya la tomó la
Constitución, estableciendo con ello que cada ciudadano
es titular del derecho fundamental a la libertad de
conciencia, derecho que ha de ser respetado y cumplido
obligatoriamente por los poderes públicos».