Riqueza 0

SE ESTÁ celebrando la semana «Pobreza 0» en León. Erradicar
la pobreza, significa erradicar la riqueza. Es una cuestión
puramente matemática. En un mundo donde los recursos no son
infinitos, ni inagotables, para que no exista pobreza, tiene
que ser erradicada la riqueza. Porque la riqueza de unos
pocos se asienta en la pobreza insoportable de una inmensa
mayoría. Esta es la verdadera campaña que hay que emprender
si queremos dejar de ser hipócritas y de poner falsos
parches para que nada cambie.
En el año 2000 los Gobiernos y Estados firmaron la
Declaración del Milenio de Naciones Unidas, y se
comprometieron con el cumplimiento de los 8 Objetivos de
Desarrollo del Milenio, como un primer paso para erradicar
el hambre y la pobreza. A día de hoy no sólo se mantiene la
pobreza y la desigualdad en el mundo sino que la brecha
entre ricos y pobres sigue aumentando. Hoy, más de 3.000
millones de personas carecen de una vida digna a causa de la
pobreza. 800 millones de personas no tienen acceso a la
comida suficiente para alimentarse. 1.100 millones de
personas sobreviven con menos de 1 dólar diario. 1.200
millones de personas no tienen acceso al agua potable. 10
millones de niños y niñas mueren antes de cumplir los cinco
años por causas evitables. Hambre, SIDA, analfabetismo,
discriminación de mujeres y niñas, depredación de la
naturaleza, desigual acceso a la tecnología, desplazamientos
masivos a causa de los conflictos, migraciones provocadas
por la falta de equidad en la distribución de la riqueza a
nivel internacional... Son las diferentes caras de un mismo
problema: la situación de injusticia que sufre la mayor
parte de la población mundial.
Mientras, asistimos con absoluta perplejidad a uno de los
espectáculos más bochornosos de este nuevo comienzo de
siglo: los Estados acuden sin demora al rescate de empresas
y bancos, financiando a quienes se han hecho de oro con los
inmensos beneficios de la especulación financiera que han
obtenido hasta ahora. Gobiernos conservadores y
socialdemócratas se apresuran a garantizar los beneficios
del sector financiero obligando a la ciudadanía a asumir las
deudas generadas por este sector con nuestros impuestos.
La transferencia público-privada de más de medio billón de
euros parece ser realmente el verdadero «Objetivo del
Milenio» para reanudar el ciclo de beneficios, y para esto
no faltarán fondos. ¿Salvar a los bancos? Por supuesto, hay
que proteger a los clientes de los bancos. Pero en realidad,
lo que los Estados están haciendo es proteger a los ricos y
nacionalizar las pérdidas. Por ejemplo, el estado Belga no
tenía 100 millones de euros para ayudar a la gente a
mantener su poder adquisitivo, ni los estados Europeos
encontraban dinero para cumplir los Objetivos del Milenio,
pero para salvar a los bancos, el Estado Belga ha encontrado
5.000 millones en dos horas y Estados Unidos 700.000
millones en pocos días. Miles de millones que nosotros
tendremos que reembolsar. Lo irónico es que la mayoría de
estos bancos y empresas eran hace tiempo empresas públicas
que funcionaban muy bien. Gracias a ello, sus dirigentes han
hecho negocios durante veinte años. Y ahora que la cosa no
funciona, ¿se le pide a estos dirigentes que paguen los
platos rotos con el dinero que han estado ganando y que se
han guardado? No, se nos pide que paguemos nosotros.
Por eso, como dice la campaña «Pobreza 0» las razones de la
desigualdad y la pobreza se encuentran en la forma en que
los seres humanos organizamos nuestra actividad política y
económica. El comercio internacional y la especulación
financiera que privilegia las economías más poderosas, una
deuda externa asfixiante e injusta para muchos países
empobrecidos, así como un sistema de ayuda internacional
escaso y descoordinado hacen que la situación actual sea
insostenible.
Esto significa que luchar contra la pobreza, exige
simultánea y mantenidamente luchar contra la riqueza. Y esto
implica luchar contra el sistema capitalista. Porque no es
posible ese denominado «capitalismo sobre bases éticas».
Hace ciento cincuenta años que nos lo prometen. Hasta Bush y
Sarkozy lo han hecho. Pero en realidad, es tan imposible
como un tigre vegetariano. Y es que el capitalismo se apoya
en tres principios: 1. La propiedad privada de los grandes
medios de producción y de financiación. No es la gente la
que decide, sino las multinacionales. 2. La competitividad:
ganar la guerra económica, es decir, eliminar a la
competencia. 3. El máximo beneficio: para ganar esta batalla
no basta con tener unos beneficios normales o razonables,
sino una tasa de beneficios que permita distanciar a las
empresas de la competencia. El capitalismo no es sino la ley
de la selva, como ya escribía Karl Marx: «Al capital le
horroriza la ausencia de beneficio. Cuando siente un
beneficio razonable, se enorgullece. Al 20%, se entusiasma.
Al 50% es temerario. Al 100% arrasa todas las leyes humanas
y al 300%, no se detiene ante ningún crimen.»
¿La alternativa? La humanidad necesita verdaderamente otro
tipo de sociedad. El sistema actual fabrica miles de
millones de personas pobres, hunde en la angustia a aquellos
que tienen (provisionalmente) la suerte de trabajar,
multiplica las guerras y arruina los recursos del planeta.
Pretender que la humanidad está condenada a vivir bajo la
ley de la selva, es tomar a la gente por imbéciles. ¿Cómo
debería ser una sociedad más humana, que ofrezca un porvenir
digno para todos y todas? Este es el debate que tenemos
todos la obligación de lanzar. Los trabajadores y las
trabajadoras no tenemos culpa de la crisis.
Ni hemos intervenido en generarla ni tenemos por qué
pagarla. Pero se nos está presionando para que lo hagamos:
dando nuestro dinero para financiar a los ricos y diciendo
en breve que no se puede sostener la seguridad social y las
pensiones, exigiéndonos aún mayor moderación salarial,
recurriendo todavía a un mayor abaratamiento del despido,
aumentando la jornada laboral. Para evitarlo hay que
organizarse y movilizarse. Es necesario clamar: «movilízate,
que no te hagan pagar la crisis».
* Profesor de la Universidad de León. |