LA CRISIS que sufrimos obedece a la
estructura básica del vigente sistema político-económico
capitalista y neoliberal. No se trata de la acción
depredadora de unos cuantos banqueros y financieros
corruptos, o la distorsión del mercado. No es una
distorsión del capitalismo contemporáneo sino, al
contrario, el medio para que funcione plenamente, la
esencia del mismo: la búsqueda del máximo beneficio de
unos pocos a costa de la explotación de los trabajadores
y las trabajadoras de todo el planeta.
El capitalismo no se puede humanizar
porque es, en sí mismo, injusto e inhumano. Este
sistema, junto al colonialismo y el imperialismo, ha
sido y continúa siendo responsable, como nunca antes en
la historia, de la explotación extrema de los seres
humanos, de la destrucción, del derroche y de la
degradación de los recursos naturales planetarios que
son centrales para sustentar la vida y la dignidad
humana. La consecuencia de la globalización capitalista
ha sido la destrucción de lo colectivo, la apropiación
por el mercado y las entidades privadas de las esferas
pública y social.
Porque la voracidad del capitalismo
no tiene límites. Necesita expandirse continuamente para
tener mayores tasas de ganancia. De ahí la huida hacia
delante en las inversiones financieras. Pero esto no
podía durar eternamente cuando la base productiva sólo
crecía con una tasa débil. La llamada «burbuja
financiera», significa que el volumen de las
transacciones financieras es del orden de dos mil
trillones de dólares cuando la base productiva, el PIB
mundial, sólo es de unos 44 trillones de dólares. Hace
treinta años, el volumen relativo de las transacciones
financieras no tenía ese tamaño. Esas transacciones se
destinaban entonces principalmente a la cobertura de las
operaciones directamente exigidas por la producción y
por el comercio nacional e internacional. La crisis
debía pues estallar por una debacle financiera.
Cuando ésta estalló y los bancos
comenzaron a desmoronarse, los neoliberales se quedaron
afónicos exigiendo la protección del Estado. Archivaron
sus doctrinas de libre comercio y reclamaron la
salvación del sistema financiero argumentando que, dado
que los bancos y las grandes empresas son las que
bombean el dinero requerido por toda la sociedad, debían
ser preservadas con fondos públicos de esa sociedad.
Desde mediados de 2007 se han venido incrementando las
masivas inyecciones de dinero, extraído mágicamente de
los impuestos de los contribuyentes, en un intento por
evitar el colapso de los más grandes bancos y empresas,
principales responsables de la crisis. En un mundo en el
que se aseguraba que no hay dinero para las pensiones,
para el seguro de desempleo, para la educación, para la
sanidad, ahora resulta que sí que hay dinero, que éste
fluye por encanto. Hace unos meses, el anterior
presidente de EE.UU., Bush, se negó a firmar una ley que
ofrecía cobertura médica a nueve millones de niños y
niñas pobres por un coste de 4.000 millones de euros. Lo
consideró un gasto inútil. Después, para salvar a los
banksters («banqueros gánsteres») de Wall Street nada le
parecía suficiente.
No existe, ni ha existido nunca, el
denominado «libre mercado». Es una falacia que, a base
de oírla, repetida una y otra vez por determinados
políticos y medios de comunicación, nos la hemos creído
ingenuamente. Cuando esos mercados tienen problemas no
se les deja que «libremente» los solucionen, como cuando
tienen grandes beneficios y entonces, sí que se reparten
los dividendos «libremente». Se confirma así una ley del
cinismo neoliberal: Privatizados ya los beneficios, en
cuanto resultan amenazadas las inversiones financieras,
se socializan las pérdidas. Como ya advertía Galbraith,
cuando se trata de los empobrecidos, la ayuda y el
subsidio del gobierno resultan sumamente sospechosos en
cuanto a su necesidad y a la eficacia de su
administración a causa de sus efectos adversos sobre la
moral y el espíritu de trabajo. Esto no reza, sin
embargo, en el caso del apoyo público a quienes gozan de
un relativo bienestar. No se considera que perjudique al
ciudadano el que se salve de la quiebra a un banco. Los
relativamente opulentos pueden soportar los efectos
morales adversos de los subsidios y ayudas del gobierno;
pero los pobres no.
Parece que la apuesta de los
gobiernos del norte es una política de reflotamiento de
las instituciones económicas y financieras sin cambiar
nada de fondo. De hecho, las medidas gubernamentales
europeas y mundiales, con ayudas a la banca y a las
grandes empresas, tienen como finalidad primordial
impedir el colapso del sistema, no enfrentarse al
dominio de los mercados financieros sobre la economía
real y poner ésta al servicio de la sociedad. No sólo
están confiando el diseño de la política anticrisis a
los mismos grupos de interés que nos han conducido a
esta situación, con su increíble combinación de codicia
y dogmatismo económico, sino que, de hecho, esas
inyecciones financieras permiten que la gran banca siga
haciendo sus negocios de alto riesgo sabiendo que el
dinero público estará siempre disponible para su
salvación.
En definitiva, cualquier medida se ha
convertido en un callejón sin salida en el marco del
capitalismo neoliberal. Porque no sólo se está
cuestionando la legitimidad del paradigma neoliberal,
sino el propio futuro del capitalismo en sí mismo. Por
ello, no se trata de refundar el capitalismo, sino de
construir el socialismo democrático del siglo XXI que dé
a la ciudadanía control real y efectivo sobre los
recursos del planeta y sobre las decisiones que afectan
a sus vidas.
* Profesor de la Universidad de León.