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Libertad de expresión e hipocresía occidental
TRIBUNA
 Enrique
Javier Díez Gutiérrez

LOS CHICOS y las chicas que pueblan nuestras aulas aprenden
lo que viven y lo que ven en el mundo adulto. Son imitadores
de la sociedad en la que les ha tocado vivir y producto
directo del mundo que les presentamos. Ahora, tras la
exaltación, por parte de muchos medios, de la libertad de
expresión sin límites, si un chico en un aula insulta a su
profesor con una expresión soez, alegará que está usando su
libertad de expresión y que no podemos coartarla. ¿Es esto
libertad de expresión?
La polémica sobre las caricaturas del profeta Mahoma se está
convirtiendo, para algunos, en la excusa para defender una
determinada libertad de expresión, frente a la tolerancia y
el respeto como norma de convivencia entre los seres
humanos, las culturas y las religiones.
La tolerancia es uno de los rasgos que más diferencia a los
ateos de los fundamentalistas religiosos. Sin embargo,
ahora, la laica Europa se rasga las vestiduras ante la queja
musulmana por las caricaturas, y defiende a ultranza la
llamada libertad de expresión, cual si fuera una nueva
religión. Porque, preguntémonos ¿qué alto fin han perseguido
los diarios que han reproducido nuevamente las viñetas?
¿Acaso pretendían echar más leña a la impresionante hoguera
conseguida a base de invasiones armadas, ocupaciones
indefinidas, vituperación constante de sus íntimos valores¿?
Lo que nos tenemos que preguntar es por qué se está
fomentando el enfrentamiento con el mundo musulmán y con qué
objetivo se está haciendo.
Parece claro que la «crisis de las caricaturas» está
sirviendo para demonizar al mundo musulmán y crear un
terreno más apto para una nueva invasión. Justo en estos
días, cuando Irán (cuarto exportador mundial de petróleo)
afirma que no permite las inspecciones de la ONU, el
conflicto da un salto cualitativo alrededor de la
publicación de las «polémicas» viñetas. Las portadas de
todos los periódicos de Occidente informan sistemáticamente
de que miles de manifestantes, que protestaban contra las
caricaturas de Mahoma, cometen actos de saqueo y vandalismo
contra intereses occidentales en medio de una tensión
creciente. Se habla en ellos con saña de la «ira musulmana».
Las imágenes televisivas muestran a los que protestan como
bárbaros, fanáticos. La prensa europea no escatima epítetos
a la hora de referirse a los incidentes que manifestantes
musulmanes están protagonizando, a la vez que -en nombre de
la sacrosanta libertad de expresión- justifican la negativa
a pedir disculpas por parte de los responsables. Parece
haber un intento claro de extender la provocación utilizando
como excusa esa defensa de la libertad de expresión. Cuando,
el 30 de septiembre de 2005, el diario danés «Jyllands
Postem» publicó las caricaturas de Mahoma, la comunidad
musulmana en Europa y la diplomacia de algunos países árabes
protestaron por lo que consideraron una ofensa al Islam.
Pese a las denuncias, curiosamente, el 20 de enero de 2006,
el periódico noruego, el «Magazinet» , reproduce los
dibujos (según ellos, «en solidaridad» con el diario danés).
¿Cuatro meses después? ¡Qué casualidad! ¡Justo, en medio de
la presión de EE.UU. hacia Irán! Y mientras se recrudecen
las protestas del mundo árabe, nada se hace desde los
gobiernos implicados ni desde la Unión Europea para frenar
un conflicto (políticamente innecesario) que se agrava a
pasos agigantados. Es más, el 1 de febrero y el 8 de febrero
diarios franceses y de Alemania, publican nuevamente las
caricaturas «en defensa de la libertad de prensa».
Es una jugada inteligente: se utiliza a dos periódicos de
Dinamarca y Noruega, países que se supone que siempre
respetan la libertad de expresión..., para iniciar la
crisis. Así, cuando los musulmanes han respondido, la
sensación de que ellos «son los malos de esta película»
parece obvia. El marco creado muestra a los musulmanes
atacando a pequeños países sumamente democráticos. Y la
población de los países occidentales asume este escenario
presentado por los medios. En general, unos creemos que es
exagerado y condenable quemar una sede diplomática, en todo
caso, aunque sea por unas «simples caricaturas». Otros creen
que los disturbios forman parte de la locura de los pueblos
árabes, que sólo saben matar a «infieles», al estilo Al
Qaeda . Los de más allá preconizan que, por encima de todo,
está la libertad de expresión. Pero muy pocos consideran la
responsabilidad de los gobiernos y de los medios de
comunicación por «echar gasolina al fuego» sin ninguna
necesidad. La invasión de Afganistán en el 2001 supuso para
EE. UU. la puerta de entrada en Oriente Medio y la toma de
posiciones geoestratégicas. Siguió con Irak y ahora amenaza
a Irán y Siria. Además, la victoria electoral de Hamas en
Palestina refuerza la «necesidad» de afianzar aún más el
poder militar de Israel, fiel aliado de Washington. Sin
embargo, la dura batalla que está presentando la resistencia
irakí ha obligado a EEUU a buscar una mayor implicación de
Europa, que no por casualidad es ahora el eje central de
denuncia en la «crisis de las caricaturas».
A través del supuesto escándalo que produce que el mundo
árabe esté en contra de «nuestra libertad de expresión»,
Europa pretende preparar el consenso social necesario para
implicar a sus ejércitos en una nueva campaña militar. Pero,
a diferencia de lo ocurrido en la guerra contra Irak
(manifestaciones antiguerra, fracturas internas en varios
países e incluso gobiernos que perdieron las elecciones¿),
esta vez van a esforzarse por buscar el apoyo de las
sociedades occidentales y que el costo político sea menor.
El esquema reiterado para moldear la visión de la población
es obvio: están en contra de la libertad de expresión,
queman nuestras embajadas y encima fabrican bombas
nucleares. Está claro que son nuestros enemigos.
El problema de fondo es que, no sólo hay petróleo en el
conflicto, sino que están en pugna dos grandes religiones,
dos filosofías, dos concepciones del mundo, dos culturas.
Este incidente provocado por una sátira contra Mahoma y la
identificación de lo musulmán con el terrorismo lo veremos
repetirse en el futuro en la medida en que Occidente
profundice su hostilidad hacia el mundo islámico que se
resiste a dejarse dominar. La pregunta final es si en este
modelo de convivencia y respeto es en el que queremos educar
a nuestro alumnado, en el que nos alarmamos por el clima de
violencia que impera en nuestras aulas. Parece claro que «de
estos lodos vienen aquellos polvos». |