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¿Para quién gobierna nuestra clase política?
TRIBUNA
 Enrique
Javier Díez Gutiérrez

España es el segundo país europeo tras Portugal donde hay
más accidentes de tráfico. Los accidentes de tráfico se
ceban principalmente entre la población joven, constituyendo
un problema de salud pública de gran magnitud. De hecho,
representan la principal causa de mortandad entre personas
con edades comprendidas entre los 5 y los 29 años. La mitad
de las víctimas en la carretera suelen ser jóvenes y
adolescentes.
La gravedad de esta situación también se refleja en la
importancia de las secuelas que los accidentes llegan a
ocasionar. El 40% de las minusvalías que se producen en
España están causadas por estos accidentes. Se calcula que
cada año aparecen 500 nuevos casos de paraplejia en España
por traumatismo de tráfico y el 75% de éstos se producen
entre jóvenes.
Un estudio realizado por el Instituto de Tráfico y Seguridad
Vial (Intras) y la aseguradora Línea Directa ha desvelado
que el 37% de los accidentes mortales de tráfico son debidos
a la velocidad. El estudio se basa en el análisis de 494.353
accidentes a lo largo de cuatro años. Cada año se producen
en España 20.000 accidentes por exceso de velocidad. La
investigación confirma que la infracción de velocidad
aumenta enormemente la frecuencia de accidentes así como su
gravedad. En España uno de cada cinco accidentes con
víctimas se debe a una infracción de este tipo y
Galicia, Castilla León y Asturias son las comunidades con
más accidentes por exceso de velocidad. A modo de
conclusión, la investigación destaca que si se condujera a
la velocidad adecuada se podría reducir en un 30 % el número
de conductores fallecidos.
Pero la clase política nos pide que reduzcamos nosotros la
velocidad, no que lo hagan las multinacionales que fabrican
los coches. Como ciudadanos exigimos que el criterio de
fabricación de los coches sea la utilidad (para trasladarse)
no únicamente el beneficio (utilizar la velocidad como
reclamo de atracción). Pero nuestros políticos, que dicen
representarnos, nos consideran simples consumidores (la
elección depende de ti, tú eres quien decide comprar y
acelerar) y no como ciudadanos que exigimos y velamos por
los derechos de todos (no crear instrumentos con más
probabilidad de matar porque tú aceleres o te encuentres con
otra persona que ha decidido acelerar).
Ante la sangrante realidad de este drama cotidiano que viven
muchas familias y que está suponiendo una masacre de nuestra
juventud ¿cuál es la propuesta más generalizada? ¿Exigir a
las multinacionales fabricantes de vehículos, a través de
leyes, que limiten la velocidad de los coches que venden, a
la velocidad máxima que establece la legislación vigente?
No. Porque eso, nos dicen, reduciría su margen de
beneficios. Porque el beneficio es lo que cuenta en el nuevo
credo neoliberal del mercado libre. Parece importar poco los
miles de personas muertas o parapléjicas. Lo que parece
crucial es la cuenta de beneficios en las manos de esos
pocos dueños de las grandes empresas fabricantes de coches.
Y, mientras tanto, ¿qué hacen nuestros políticos que dicen
representarnos, por proteger la vida y la integridad de
nuestros hijos?. No se puede regular el libre mercado, nos
dice nuestra clase política. Es una decisión individual de
quien conduce, acelerar o no. Pero sólo se puede acelerar si
hay esa posibilidad en los coches. Según los estudios
psicológicos y antropológicos parece que la velocidad está
más relacionada con la exhibición de «tópicos» atribuidos a
la masculinidad tradicional, como forma de compensación de
complejos de inferioridad, que a la necesidad de
desplazamiento de la especie humana. Y esto es lo que vende
la publicidad de las grandes empresas de coches: ser más,
poder más, tener más potencia, sentirse más poderoso... Por
eso las mujeres suelen aparecer en esta publicidad sólo en
función de su imagen de seducción y sumisión. Por eso es una
de las publicidades con más denuncias en el Instituto de la
Mujer por machismo. Y en esta «cultura del macho» es en la
que están socializando, a través de la publicidad, todavía,
a nuestra juventud, en los inicios del siglo XXI. Por eso,
regular la velocidad en la fabricación de los coches es algo
que los fabricantes no quieren ni oír, y se echan a temblar
cuando se nombra, procuran sacarlo del discurso público y
del imaginario colectivo, puesto que eso les rebajaría sus
posibilidades de mayores dividendos. Porque en definitiva es
eso lo que venden. No importa quién lo sufra. Porque no sólo
está quien conduce y acelera más allá de lo permitido, sino
quienes están en frente y sufren el accidente por la
imprudencia temeraria de otra persona. ¿Es que no son
personas que tienen derecho a la vida?
Nos quieren convencer de que sólo somos consumidores, que
eligen «libremente» entre los productos que ellos nos
ofertan, y sólo esos. Por lo que las soluciones se centran
en «más consumo». En la máquina del mercado, lo importante
es que las soluciones propuestas supongan más beneficios
para las multinacionales: frenos abs, airbag, radar, gps, y
nuevos accesorios para asegurar «mayor seguridad». ¿Para
quién? Para los accionistas y los dueños de las grandes
firmas.
Este mismo esquema se puede aplicar a buena parte de los
nuevos productos que se nos venden cada día más: desde los
videojuegos a los móviles. El mercado no se puede regular,
insiste la clase política, no podemos molestar la libertad
del mercado. No podemos regular, nos dicen, los contenidos
violentos, sexistas y racistas de los videojuegos, a pesar
de los efectos en nuestra juventud. No podemos aplicar el
principio de precaución a las antenas de telefonía móvil, de
manera que cuando hay ciertas sospechas de su peligrosidad,
no se admita la instalación o uso, en tanto no se demuestre
fehacientemente su inocuidad, como «sería de recibo» si el
criterio que primara fuera el de la salud pública y la
defensa de la vida. Y ha de ser la propia persona
«consumidora» quien se intente proteger. Los estudios
científicos sobre las antenas de telefonía móvil advierten
de su posible riesgo para la salud, señalando como efectos
adversos: cefaleas, insomnio, alteraciones del
comportamiento, ansiedad, depresión, cáncer, leucemia
infantil, alergias, abortos, enfermedad de Alzheimer,
malformaciones congénitas, etc. Dichos efectos están en
relación con la potencia de emisión recibida y con la
duración de dicha exposición, y es de tener en cuenta que la
radiación electromagnética atraviesa las paredes, por lo que
el único «resguardo» es mantener una distancia adecuada. Sin
embargo, la industria y la clase política obvian los
estudios en contra, y se admite su instalación -porque el
beneficio es lo que cuenta-, hasta que las pruebas de su
perniciosidad sean tan abrumadoras, que se opte por su
retirada. De hecho, la Comisión de Urbanismo del
Ayuntamiento de León ha aprobado el pasado 14 de octubre la
instalación en la ciudad de León de 102 nuevas antenas, sin
reunir a la mesa de seguimiento, tal y como se había
comprometido en un Pleno. La propuesta fue aprobada con el
voto del PP y los ediles no adscritos y la abstención de la
UPL. La pregunta es, entonces, ¿a quién representan estos
partidos? ¿a la ciudadanía o a las multinacionales?
Lo que le queda al ciudadano es blindar sus hogares contra
las radiaciones. ¿Cómo? Consumiendo más. Surgen así empresas
que ofrecen blindar las viviendas con láminas metálicas,
papel para las paredes, sábanas y prendas de vestir,
especialmente, donde haya mujeres embarazadas. Todo esto
supone que quien tiene dinero puede pagar por seguir
viviendo, mientras que la gente pobre seguirá teniendo que
utilizar coches sin abs, sin airbag y sin todos los
aditamentos y en viviendas sin láminas protectoras de las
radiaciones. Para la clase política que gobierna, pues,
parece que la gente pobre es prescindible, no así los
beneficios de las grandes multinacionales. La conclusión es
clara: nuestra clase política no nos representa, defiende
mucho más los intereses de las multinacionales que los de la
ciudadanía. Que se lo digan si no a quienes lo han sufrido
ya: personas fallecidas o con paraplejia por accidente de
tráfico o con cáncer por ondas electromagnéticas. |