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Asesinar a Chávez
TRIBUNA
 Enrique
Javier Díez Gutiérrez

El jueves 25 de agosto de 2005, en
Stralsund, en el noroeste de Alemania, fue condenado el
presidente del ultraderechista Partido
Nacionaldemocrático de Alemania, Udo Voigt, por
incitación a la violencia, por haber llamado a combatir
con las armas contra los políticos del sistema.
Tres días antes, el lunes 22 de
agosto, Pat Robertson, aspirante republicano a la
presidencia de EE.UU. en 1988 y telepredicador
estadounidense de extrema derecha, seguido por millones
de personas en 180 países y en más de 70 idiomas,
incitaba en antena a matar al presidente
democráticamente elegido de Venezuela, Hugo Chávez.
Robertson dijo en su programa de
televisión del lunes que «si Chávez piensa que estamos
intentando asesinarlo, yo pienso que realmente
deberíamos salir adelante y hacerlo». En una alusión
indirecta a anteriores invasiones de los EE.UU. a países
como Vietnam e Irak, agregó que: «Resulta mucho más
barato que comenzar una guerra. Tenemos la capacidad de
sacarlo, y pienso que ha llegado el momento de ejercer
esa capacidad. Es mucho más fácil que unos agentes
secretos hagan el trabajo y se acabó».
El presidente Bush, la secretaria de
Estado Condoleezza Rice, el líder de la mayoría en el
Senado Bill Frist, el presidente de la Cámara Dennis
Hastert, y el líder de la mayoría de la Cámara Tom DeLay,
deberían estar haciendo fila para condenar en los
términos más fuertes posibles estas declaraciones
inmorales de un líder de su base política, que hacen una
mofa del cristianismo y desmienten las pretensiones
republicanas de que defienden el derecho a la vida. Sin
embargo, los programas televisivos de Robertson siguen
emitiéndose sin ningún problema. En lugar de aplicarle
la ley antiterrorista al invocar el homicidio terrorista
contra un presidente democráticamente elegido, el
portavoz del Departamento del Estado, Sean McCormack, se
refirió simplemente a la declaración de Robertson como
«inapropiada».
Tal como analiza Deborah James,
directora de Economía Global de Global Exchange, más que
marcar un contraste, las declaraciones de Pat Robertson
son consistentes con las acciones de la Administración
Bush. El gobierno de los EE.UU. ha estado trabajando
para crear un clima hostil al gobierno democráticamente
elegido de Venezuela, durante años. La administración
Bush apoyó el golpe de 2002 contra el presidente Chávez,
y ha continuado financiando a líderes del golpe en sus
esfuerzos de derrocar al presidente Chávez, incluso
después del golpe. Recientemente, los EE.UU. han
intensificado esfuerzos por aislar a Venezuela en la
región (si bien estos esfuerzos han sido rechazados en
buena parte por otros líderes latinoamericanos). Sin
embargo, en agosto de 2004, Chávez ganó un referéndum
sobre su presidencia con el 59%, resultado que fue
certificado por la Organización de Estados Americanos
(OEA) y el Centro Carter. Su popularidad se ubica
actualmente en torno al 70%, infinítamente más alto que
la de su contraparte estadounidense.
La política de antipatía del gobierno
de los EE.UU. hacia Venezuela responde más a que este
país propone una visión económica alternativa para el
hemisferio, que a cualquier preocupación no fundamentada
con respecto a la democracia. El presidente Chávez ha
emprendido una serie de reformas económicas, tales como
canalizar miles de millones de las ganancias de la
industria petrolera hacia programas masivos para el
cuidado médico, la educación, la alfabetización y el
agua potable, y promover la integración regional; por
eso lo acusan de populismo, cuando revierte los
beneficios de los recursos del país hacia su población,
en vez de hacia las élites financieras o hacia las
multinacionales extranjeras como venía sucediendo con
los anteriores gobiernos.
Estas iniciativas ponen en evidencia
los esfuerzos fallidos de la Administración Bush en
promover la globalización neoliberal, estableciendo un
Área de Libre Comercio de las Américas. El modelo
económico neoliberal del «libre comercio» de los EE.UU.
no ha podido propiciar el crecimiento en la región;
según el Center for Economic and Policy Research, los
latinoamericanos han experimentado un crecimiento
económico de menos del 0,5% per cápita en los últimos 25
años. Y el reciente «Informe sobre la Situación Social
en el Mundo 2005: El dilema de la desigualdad» concluye
que el resultado de las reformas estructurales de los
últimos 20 años en América Latina, siguiendo el esquema
neoliberal, ha sido un aumento en la desigualdad.
Mientras tanto, las políticas
económicas de Chávez (combinadas con las ganancias
petroleras) han convertido a Venezuela en la economía de
crecimiento más rápido de la región. Sin embargo, la
aversión del gobierno estadounidense por la visión de
Chávez de una economía nacional orientada al desarrollo
sostenible más que al libre comercio para las
corporaciones estadounidense, no le otorga al gobierno
de los EE.UU. -ni a sus partidarios- una licencia para
matar.
En sus comentarios, Robertson invocó
la Doctrina Monroe, el instrumento primordial de la
política de los EE.UU. de intervención y dominación en
el Hemisferio Occidental desde 1823. «No podemos
permitir que esto suceda en nuestra esfera de
influencia», agregó. La implicación del gobierno de los
EE.UU. en el derrocamiento de gobiernos democráticamente
elegidos, en el pasado, pesa fuertemente en las mentes
de los latinoamericanos, de países como Chile,
Guatemala, Haití, Granada y República Dominicana. Es
más, el gobierno de EE.UU. ha estado vinculado con el
asesinato, en 1963, del presidente vietnamita del sur
Ngo Dinh Diem, así como los asesinatos del presidente de
Congo Patrice Lumumba, del presidente chileno Salvador
Allende, y de atentados repetidos a la vida del
presidente cubano Fidel Castro.
La hostilidad continua del gobierno
de los EE.UU. hacia el presidente Chávez ha creado un
clima tal, que un líder republicano se permite llamar a
que su país mate a un jefe de Estado elegido, como parte
de su política exterior. Por todo ello Pat Robertson
debe ser investigado y enjuiciado. Bajo el Título 18 de
la Sección 1116 del Código de los EE.UU., «quienquiera
que mate o intente matar a un funcionario extranjero,
huésped oficial, o persona internacionalmente protegida
será castigado». La Sección 878 del mismo título declara
como crimen «la amenaza con conocimiento y voluntad» de
cometer el crimen antedicho. Le corresponde al ejecutivo
actuar con el mayor peso de la ley.
El gobierno de los EE.UU. también
tiene obligaciones bajo el derecho internacional de
prevenir y castigar actos de terrorismo contra jefes de
Estado extranjeros, si esos actos se conciben o se
planean en territorio de los EE.UU. La Convención de
1973 de Naciones Unidas sobre la Prevención y el Castigo
de Crímenes contra Personas Internacionalmente
Protegidas declara como crimen el «asesinato, el
secuestro u otro ataque contra la libertad de una
persona internacionalmente protegida;... [incluyendo]
una amenaza para cometer tal ataque». Una persona
internacionalmente protegida significa un jefe de estado
(u otras personas especificadas).
La Christian Broadcasting Corporation
(CBN) debe también ser investigada por la ilegalidad
potencial de usar las ondas radiales bajo licencia
federal para invocar el asesinato de un jefe de estado
democráticamente elegido.
En vista de los hechos históricos de
la participación de los EE.UU. en el derrocamiento de
gobiernos democráticamente elegidos, junto con su actual
agresión hacia Venezuela, esta incitación al homicidio
terrorista por un partidario clave de Bush resulta
preocupante y alarmante. Es hora de que EE.UU. cambie su
política hacia Venezuela y de construir relaciones de
respeto con el líder democrático más popular de América
Latina. |