QUÉ BONITO país, agreste,
polvoriento, de nieves perpetuas, de hielos que agrietan
la más dura piel, incluso la de las montañas, las amadas
montañas de sus habitantes, pastunes(pathanes), hazaras,
tayikos, turkmenos, beluchis; entresijo de
lenguas:dari(persa afgano), pastun, tayik, hazara,
uzbeko, turkmeno así como unas treinta lenguas menores,
beluchi, taimaní, kirguiz, pashai, braui;
mayoritariamente musulmanes 80% sunitas y 19% chiitas,
algunos hindues y sikh, todo aproximado, no hay censos,
no hay cifras, más ó menos treinta millones de almas con
una mezcolanza de culturas, de costumbres, de fisonomía
de sus gentes.
Apenas existe prensa, radio o televisión, y como
consecuencia las noticias se dan en las mezquitas o en
los caminos, en los bazares ó bebiendo té.
Aunque en este grandioso país, maravilla de la
naturaleza, las noticias casi siempre son las mismas:
luchas intestinas, luchas contra los invasores,
británicos, soviéticos, yankies, luchas por la
supervivencia diaria.
Aman por igual a las rosas y al kalasnikov, por lo que
no es nada raro verlos con su preciada arma colgada al
hombro y una rosa en la boca.
Afganos fieros, guerrilleros, que se deleitan con la
poesía, sepan o no leer, la tradición oral es
preeminente para todo en una sociedad tribal, casi
medieval, que vive del campo y de las ovejas karakul
(con una gran bola de grasa para sobrevivir al frío, de
las que, por cierto se obtiene el astracán de sus fetos
siendo matadas cuando están preñadas para mayor
lucimiento de la burguesía occidental), con niños-madres
que cuidan a los siguientes hermanos y cargan con ellos
aunque sólo tengan cinco años. Niños adultos. Mujeres
bajo el burka que escogen zapatos de tacón en los
puestos del bazar, que se pintan con khol, que paren
hijos para agradar a sus maridos y lloran cuando son
niñas y lo celebran cuando son chicos. Mujeres que
sufren y aman igual que todas las mujeres del mundo,
aunque en condiciones infinitamente peores, que discuten
o negocian con la familia si pueden operarse aunque
estén muriéndose, dejando la decisión en manos de la
suegra o el marido, algo impensable en el occidente
planificado por la economía de mercado.
Un país en el que aproximadamente el 95% de sus
pobladores son analfabetos. Un país asolado, invadido
mil veces y mil veces sobreviviente. Un paíes, en fin,
con economía de guerra, fábricas rudimentarias cociendo
ladrillos que serán derribados por bombas estúpidas,
humo que se eleva desafiante expresando la dignidad de
los pueblos asediados y destruidos que resisten, con
piedras si hace falta.
Cuando hablaban los comentaristas de la era Aznar de la
conveniencia americana de tirar una bomba subsónica que
destruyera todos los túneles y pasadizos de las montañas
de tierra de Tora Bora al penetrar en su interior y
tener casi la potencia de una bomba nuclear, para acabar
con Bin Laden. ¡Qué ignominioso! Lo intentaron con los
potentes B-52, pájaros de muerte que soltaron las Blu-82,
viejos engendros bélicos sobrantes de Vietnam de siete
toneladas de peso y cuya explosión se oye a 50
kilómetros contra áridas tierras e incombustibles
habitantes, guerreros, cuasi salvajes pero tiernos
afganos, capaces del combate más cruel y de la caricia
más dulce.
Gentes de contrastes, que mataron a 4.500 británicos a
50 kilómetros de Jalalabad en enero de 1842 y a otro
gran número (se dicen que 16.000) en el valle del Khiber,
también en el siglo XIX. Gente de contrastes que
hicieron retirarse a los soviéticos y que harán batirse
en retirada a los yankies porque el concepto que ellos
tienen del tiempo no concuerda con el cálculo
milimétrico de los ejércitos occidentales, ellos tienen
la paciencia de siglos de combates, de emboscadas, de
retiradas, de ataques, ataviados con los pantalones
anchos y la media túnica, kalasnikov al hombro,
turbante, si es hallada, una rosa en la boca y sin
reloj; envejecer guerreando, continuarán los hijos, y
los hijos de los hijos, las mujeres se casan a los trece
años y paren durante toda su vida fértil. Son
eternamente jóvenes, la media de vida es de 47 años. No
hay imperio que aguante, tienen la derrota pintada en
los aviones de la Otan, se hicieron con Kandahar y
cayeron los talibanes. Ahora Kandahar resurge y es de
nuevo de los talibanes. Ya trasladaron hombres con
modernos equipos y material allí. Vendrán muertos. No
existe escapatoria. Y los gobiernos ciegos. ¿Qué hacen
los soldados de nuestros países allí? ¿Para ayudar a
qué?
Saben sobrevivir perfectamente, déjenles florecer, jamás
cederán, su reino no es de este mundo, su recompensa
está más allá, en el paraíso. Ya viven en el infierno
ahora.
Desde la caída del mulá Omar se sembraron de nuevo los
campos de amapolas, él lo había prohibido pero al
alcalde de Kabul (le llaman así a Karzai porque sólo
controla esa ciudad y no toda) le revierten los
beneficios del opio, heroína que consumiremos en
occidente bajo nuevos nombres: éxtasis, pastilla del
amor, etcétera.
Sus cadáveres se simbiotizarán con la tierra y los
nuestros serán recibidos con banderas de deshonor.
Salgamos de allí, deshagámonos de la influencia de este
imperio decadente, sin moral, que asesina niños en
Líbano, en Iraq, en Palestina... con ese Partido Cufi,
israelo-americano creado recientemente con la bendición
de Bush y del capitalismo inhumano, tengamos una postura
digna, Otan no bases fuera, dejemos a los pueblos
empobrecidos sonreir, hazaras chiitas imberbes, tayikos
en sus burros cruzando valles y montañas, pastunes de
barbas largas, afganos astutos de mirada penetrante,
victoriosos del largo plazo, recitando al atardecer
tiernos versos de amor. Afganistan que literalmente
significa Tierra de los afganos. ¿Por qué nuestros
gobiernos no lo quieren comprender?