EL TITULAR aparecido el lunes 28 de
agosto en la prensa nacional afirmaba que «Repsol YPF
denuncia una injustificada y reiterada persecución en
Bolivia». Explicando que la petrolera ejercerá acciones
legales ante la justicia del país y ante los organismos
internacionales en la defensa de sus derechos y dejando
entrever que peligra su presencia en el país. Sólo
dedica dos líneas, en mitad del texto, a esclarecer las
causas de esta supuesta persecución de la que se
autoproclama víctima esta multinacional: la petrolera
pactó con la brasileña Petrobras la venta de unas
determinadas cantidades de gas a espaldas de las
autoridades, para burlar la fórmula de reajuste
periódico del precio del gas que se estipulaba en un
tratado firmado entre Bolivia y Brasil, causando un
perjuicio económico a las arcas del país andino de hasta
150 millones de euros.
Pero esta multinacional ya ha sido denunciada reiteradas
veces. Por contrabando de hidrocarburos entre 2004 y
2005, el responsable de Repsol YPF en Bolivia, Julio
Gavito, y el ejecutivo Pedro Sánchez, por un total 7,2
millones de euros. Por evasión de impuestos, por recibir
subvenciones de forma fraudulenta, etc., etc. Pero esto
viene de lejos. Durante 1995 y 1998, Repsol abrió un
total de 1.370 Km de sendas sísmicas en la selva
amazónica y deforestó más de 500 zonas de descarga para
helicópteros. Ha sido denunciada en repetidas ocasiones
por caza ilegal de especies, deforestación de márgenes
de ríos, tala ilegal de árboles, vertido de residuos
sólidos. Tanto organizaciones indígenas como sindicatos
campesinos han denunciado el incumplimiento por parte de
Repsol de los convenios suscritos. En 1997, abrió su
primer pozo exploratorio, ocupando dos parcelas
campesinas que no fueron compensadas y vertiendo los
lodos y crudo en los ríos Putintiri, etcétera.
Pues bien, ante la actuación de la justicia boliviana,
la reacción de las autoridades y los medios de
comunicación españoles es poner el grito en el cielo por
la «amenaza» y la «agresión» que las autoridades
judiciales bolivianas ejercen sobre las empresas y los
intereses «españoles» en Bolivia. No parecen sentirse
afectados por el hecho de que una empresa «española»
haya podido robar cientos de millones de dólares a una
nación en donde casi el 65% de la población se encuentra
por debajo del nivel de pobreza, en donde 70 de cada
1.000 niños y niñas nacidos morirán antes de los cinco
años o en donde el 18% no terminarán sus estudios
primarios, si es que los empiezan, porque el 41% de los
niños y niñas no asisten a clase; en donde más del 20%
de los bolivianos y bolivianas tienen la desnutrición
como certeza y un 45% podrá jurar no haber visto ni de
cerca una red de alcantarillado. Ya anteriormente el
Gobierno, había enviado a La Paz a un puñado de altos
cargos con la misión de convencer al «indígena cocalero»
que ganó las elecciones en Bolivia para que tenga
miramientos con una institución que tanta admiración y
respeto despierta aquí. Nuestras autoridades esgrimen un
argumento irrefutable: no se puede jugar en vano con la
seguridad jurídica de Repsol, ni con la de Iberdrola, ni
con la de Telefónica ni con la de Prisa (propietaria de
El País , de quien es el titular antes referido)
que, derrochando «objetividad» en sus opiniones sobre
éste y otros temas relacionados con Bolivia, siempre ha
hecho abstracción de que es la propietaria de los
principales diarios del país andino y de una cadena de
televisión.
Si, como dice el catedrático de Economía Aplicada en la
Universidad de Málaga, el doctor Torres López, el
Gobierno español o los dirigentes políticos y
empresariales que ahora están tan preocupados por las
iniciativas de la justicia boliviana estuvieran de
verdad interesados en defender los intereses
«españoles», el buen nombre de España en el exterior,
¿no deberían ser críticos con los presuntos delincuentes
-como Repsol- y no con quienes tratan de averiguar si ha
habido empresas «españolas» que hayan robado a un pueblo
tan necesitado como el boliviano?, ¿no deberían pedir
que se acelerase la acción de la justicia boliviana en
lugar de criticarla y que fuese especialmente ejemplar
para limpiar la imagen de España?, ¿no deberían condenar
los abusos económicos y ambientales de todo tipo de
empresas, Repsol incluida, en lugar de considerar que
quien los persigue pone en peligro la «seguridad» en los
negocios»? Y si se demostrase que empresas «españolas»
han robado y empobrecido a un pueblo que sufre tanto
como el boliviano, ¿no sería más lógico que
manifestaran, entonces, su condena y su vergüenza por la
actuación de esas empresas «españolas»? Y teniendo en
cuenta que los delitos y crímenes de Repsol ya han sido
demostrados en otras ocasiones, ¿se puede confiar de
verdad en la sinceridad de todos esos gobernantes,
políticos y dirigentes empresariales cuando mantienen
silencio sobre esos delitos y crímenes y siguen
considerando que los empresarios delincuentes son los
que representan los intereses «españoles» en el mundo y
en América Latina en particular? Quizá el problema de
fondo sea la reiterada confusión que tienen nuestros
gobernantes entre los intereses de algunas empresas y
los intereses de España. Si el gobierno español o los
dirigentes políticos quieren considerar como propios los
intereses de ese tipo de multinacionales es cosa suya,
pero no pueden identificar sus intereses con los de la
inmensa mayoría de los españoles y españolas, más
cercanos a los intereses del pueblo boliviano y a las
necesidades de su población, esquilmada durante años por
este tipo de multinacionales que sólo alimentan la
codicia de sus inversores.