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La política ecológica colombiana
TRIBUNA
 Enrique
Javier Díez Gutiérrez

ES SORPRENDENTE la unanimidad que
reina respecto al fracaso de la política ecológica del
presidente colombiano, Álvaro Uribe Vélez. Hay quienes
discrepan y desaprueban casi todo lo que hace Uribe y
quienes elogian algunas de sus actuaciones. Pero todos
coinciden en el desastre, o más bien, la inexistencia de
su política ecológica. Como si faltaran agravios,
Washington reserva al cuarto año de Uribe una atrocidad
inaceptable: la posible fumigación de parques naturales.
Ya no se trata de regar con herbicidas como el glifosato
(una sustancia tóxica, que tiene efectos cancerígenos y
reproductivos, así como acción mutagénica y
contaminación de alimentos) en enclaves naturales como
en décadas anteriores, sino de algo peor: la propagación
de plagas, desencadenando hongos como el fusarium
oxysporum -organismo vivo capaz de trastornar de modo
irreversible el medio ambiente- que liquidan cocales,
amapolas y otras 200 especies vegetales y amenazan a los
seres silvestres, incluido el ser humano. Tal hongo,
según se conoce, fue obtenido en laboratorio durante la
guerra fría, adquirió la categoría de arma biológica
(está catalogado como agente biológico para la guerra en
el borrador del Protocolo de la Convención de Armas
Biológicas y Tóxicas) y figura en la fórmula de armas
químicas de destrucción masiva como las que, según
mintieron, almacenaba Sadam Huseín.
El hongo mutante Fusarium Oxysporum,
es uno de los más dañinos que existen. Este hongo vive
de 20 a 40 años, resistiendo a cualquier sustancia
química con la que se lo quiera combatir. Durante el año
2000, el Congreso de Estados Unidos planeó la
utilización del hongo Fusarium como un agente de control
biológico para destruir cultivos de coca en Colombia,
pero esos planes fueron rechazados por el presidente
Bill Clinton que estaba preocupado de que el uso
unilateral de un agente biológico sería percibido por el
resto del mundo como guerra biológica. Ahora el país con
más consumidores y demandantes de droga vuelve a la
carga con la inicua iniciativa.
Sanho Tree, director del Instituto de
Estudios de Política del Proyecto de Política de la
Droga comentó sobre el uso de un producto químico que
produce un microorganismo prohibido: «Hemos estado
utilizando una flota de aviones de fumigación para
lanzar cantidades sin precedentes de glifosato sobre
cientos de miles de acres en uno de los ecosistemas más
delicados y biodiversos del mundo. Este fútil esfuerzo
ha hecho poco por reducir la oferta de cocaína en
nuestras calles, pero ahora vemos que un posible efecto
secundario de esta campaña podría ser el comienzo de una
epidemia de Fusarium en la cuenca del Amazonas. La
guerra de la droga ha tratado en vano que la cocaína no
llegue a las narices de la gente, pero podría, en su
lugar, abrasar los pulmones de la tierra». Igualmente el
Comité Permanente de los Derechos Humanos de Colombia en
carta al Presidente Pastrana, señalaba que «Colombia ha
desarrollado una fumigación intensiva mediante aspersión
aérea con el herbicida glifosato desde 1992 a 1999 que
sobrepasa el equivalente a las 200.000 hectáreas esto
es, más de dos y medio millones de litros de glifosato.
A la vez, y violando disposiciones sobre seguridad
ambiental y normas sobre manejo de herbicidas, el país
ha sido laboratorio para experimentar otros químicos
como el paraquat , triclopyr y granulados como el
tebuthiuron e imazapyr . A pesar de todo ello Colombia
es hoy el primer productor mundial de coca». Para el
Comité, igualmente «resulta paradójico cuando se sabe
que Perú, primer productor mundial de coca en el año
1992, sin arrojar un solo litro de glifosato, redujo sus
cultivos de coca de 155.000 hectáreas en ese año a
51.000 en 1998».
Entonces, ¿por qué esta insistencia
en experimentar con agentes biológicos? Como siempre,
Estados Unidos lo experimenta en los países
empobrecidos, como Colombia, convirtiendo a la población
en cobaya de sus armas químicas de destrucción masiva.
Pese a no saber cuáles van a ser los efectos a largo
plazo y las posibles mutaciones y reacciones en el
terreno real, el Congreso estadounidense tramita una ley
para soltar el monstruo «en una nación que sea gran
productora de drogas» y cuyo «flujo de narcóticos
ilegales siga siendo un problema para Estados Unidos».
Blanca es, Colombia se llama y frita se come. Este
agente biológico, el fusarium oxysporum , se pretende
aplicar en determinadas zonas con los máximos índices de
biodiversidad en el planeta: Alto Putumayo/Napo, Alto
Caquetá, Amazonía occidental, Alto Meta, Catatumbo,
Laderas Orientales de la Cordillera Oriental, Magdalena
Medio, Sierra Nevada de Santa Marta, Chocó, Laderas de
Los Andes, entre otros. En estas regiones se concentra
la mayor diversidad de especies endémicas del planeta
tierra. Toda esta biodiversidad corre grave peligro de
extinguirse por la aplicación de hongos patógenos en el
ecosistema.
El Gobierno de Uribe Vélez recibió la
noticia sin decir palabra. El 17 de julio de este mismo
año, el senador Jorge Enrique Robledo denunció el plan y
exigió un pronunciamiento oficial al respecto. Nada.
Mudez en las oficinas públicas, mudez en la prensa.
Preocupante, pues el silencio podría preceder a un nuevo
acto de sumisión. El silencio justifica seguir
envenenando la selva colombiana. Daniel Samper, reputado
periodista de Colombia, que no es precisamente un
crítico del régimen uribista, escribe en su columna
habitual en el periódico El Tiempo de Colombia ,
exigiendo a Uribe que «gobierne en esta materia para la
próxima generación, no para la próxima encuesta». A
pesar de que desde Estados Unidos se advierte que sólo
recibirán la ayuda económica del Plan Colombia si
aceptan experimentar con este tipo de hongos, no pueden
hipotecar el derecho de las futuras generaciones a un
ecosistema sostenible, a un medioambiente sano, en pos
de una rentabilidad económica o electoral a corto plazo. |