Como exclama el periodista
Fran Sevilla, ¿cómo describir el enésimo crimen de
Israel? ¿Qué palabras utilizar para explicar la
brutalidad, el derramamiento de sangre, la barbarie que
desde hace décadas ejerce Israel, con la complicidad de
la mayoría de los israelíes, con la complicidad de los
poderosos: Estados Unidos y la Unión Europea? El brutal
ataque de la Marina israelí contra la caravana
humanitaria de seis barcos es la consecuencia de todo
este tiempo, en el que se ha mirado para otro lado
mientras Israel cometía, un día tras otro, crímenes
de guerra.
Una vez más. No hay ni siquiera sorpresa, no
puede haberla. Llevamos décadas de tolerar que los
sucesivos gobiernos israelíes, de uno u otro signo,
impusieran su ocupación sobre Palestina a sangre y
fuego. Los laboristas israelíes son tan responsables
como los del Likud, como una población israelí que, en
su mayoría, aplaude las acciones criminales de sus
dirigentes, igual que la población alemana aplaudía la
ocupación de Austria, Checoslovaquia o Francia.
La población israelí se mantiene impasible ante la
brutalidad de la ocupación de Palestina con la misma
complicidad con la que la población alemana asistía al
despojo, humillación, mutilación y holocausto de la
población judía.
Las palabras del embajador de Israel en España,
Rapahel Schutz, un diplomático que siempre está a
la altura del Estado fascista israelí que tan bien
representa, afirma: «No hay que engañarse por el nombre
de flotilla de la libertad o humanitaria. Los soldados
israelíes han sido atacados y han actuado en defensa
propia». Entre los atacantes, cooperantes,
pacifistas, voluntarios, un escritor ahora
encarcelado y un Premio Nobel de la Paz. Y entre ellos,
nueve, diez o más personas que fueron asesinadas. Sin
más.
Si Israel ha asaltado esos barcos que llevaban
ayuda humanitaria a Gaza, violando una vez más la
legalidad internacional, en un acto de piratería sin
precedentes, en aguas internacionales, es porque
siempre se le ha tolerado actuar al margen de la ley,
sin ninguna consecuencia. Se persigue a los piratas
somalíes, pero no a los piratas israelíes; se
procesa por crímenes de guerra en Darfur al presidente
sudanés, no a los gobernantes israelíes que devastaron
Gaza y devastan día a día, desde hace décadas, los
territorios palestinos; se preparan sanciones contra
Irán por desarrollar un programa nuclear, no a Israel
por tener armas nucleares; se juzga en La Haya a los
criminales de la ex-Yugoslavia por la limpieza étnica en
Bosnia, no a los criminales israelíes por la limpieza
étnica en Palestina.
Si algunos europeos hubieran sido asesinados por
cualquier otro ejército de Medio Oriente, entonces sí
habría oleadas de indignación. ¡Imagínense lo que los
medios y el gobierno norteamericano habrían dicho y
hecho si el ejército bolivariano hubiese atacado una
flotilla humanitaria en el Caribe! Las denuncias habrían
sido atronadoras y apabullantes, y la campaña mundial de
prensa con feroces críticas a Chávez exigiendo su
inmediata destitución llegaría a los cuatro rincones del
globo. Ahora, en cambio, reina la circunspección,
apostando al olvido que, ciertamente, facilitará el
mundial de fútbol. Israel tiene la tranquilidad de su
impunidad garantizada.
Estados Unidos, la Otan, la Unión Europea
(recuérdese el pacto con el ministro Moratinos y el
cambio de ley sobre jurisdicción universal ante crímenes
de guerra con el apoyo servil de los diputados del PSOE)
continúan avalando la conducta de Israel en Medio
Oriente, tergiversando o minimizando la información,
ocultando el hecho de que en Gaza hay casi dos millones
de personas que viven en una especie de campo de
concentración a cielo abierto, que las autoridades de
la «democracia» israelí impiden la libre movilidad de
las personas y el ingreso de alimentos, medicamentos y
productos esenciales para la vida. Que lo que está
ocurriendo en Gaza es un lento genocidio,
implacable, metódico, cruel: aparte del encierro,
emblematizado además por la construcción de un muro de
la infamia que recorre toda Palestina, la población es
sometida a periódicos bombardeos y toda clase de
vejámenes. Las Fuerzas Armadas de Israel, entre el 29 y
el 31 de mayo han matado a unos 300 palestinos, dejando
a más de 900 heridos, 180 de ellos en condiciones
críticas, causados por una serie de intensos ataques
aéreos de los que varios edificios, la mayoría civiles,
fueron blanco.
En el Hospital Shifa de Gaza
no tienen ni gasolina para los generadores de
emergencia. Las máquinas de diálisis se estropean y no
pueden ser reparadas. Necesitan tratar nuevos casos:
personas quemadas por el fósforo blanco israelí. Los
ciudadanos de Gaza sufren cortes de luz entre 35 y 60
horas semanales (Oxfam), entre 5 y casi 9 horas diarias.
Tres mil ochocientas empresas palestinas han cerrado en
estos últimos años. Sólo funcionan actualmente unas
cien. Trabajan en ellas menos de mil personas. El 40%
de la población vive sin poder emplearse. Naciones
Unidas denuncia que el 80% de la población vive por
debajo del umbral de pobreza. En 2009 faltaban en Gaza
el 30% de los medicamentos necesarios básicos (OMS). El
46% de los hogares no tiene gas para cocinar. Los
ciudadanos queman su ropa para poder hacerlo. Uno de los
principales activistas palestinos, Raji Sourani, lo ha
resumido así: «Para los niveles de calidad de vida
europeos es como si los 1,7 millones de habitantes de
Gaza vivieran en una granja [industrial] de animales».
La flotilla por la libertad y
la solidaridad, atacada en aguas internacionales, no
pretendía encender una chispa para incendiar la pradera
de la revolución. Ni siquiera pensaba dar apoyo
político-militar a unos u otros combatientes. Pretendían
llevar ayuda humanitaria a Gaza, ayuda que
paliase su situación momentáneamente y acaso denunciar
este terrible y sistemático genocidio silenciado.
Es necesario aunar a todas
las fuerzas democráticas del mundo en pro de una
finalidad que cada día es más reivindicada por las
ciudadanías del mundo. El boicot general al
Estado de Israel, aplicando sanciones comerciales y el
embargo de armas de forma inmediata. Lo mismo que
se hizo para romper el apartheid en Sudáfrica. Como ha
exigido el eurodiputado de IU, Willy Meyer, en el
Parlamento Europeo, «estamos ante un caso claro de
terrorismo de estado, que debe ser castigado
conforme a las leyes internacionales. La UE debe pedir
cuentas de este crimen contra la humanidad. No
puede quedar impune y la UE tiene las herramientas
políticas y penales para hacerlo». Nuestro silencio nos
hace cómplices.