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Las razones del no a la Constitución Europea
TRIBUNA
 Enrique
Javier Díez Gutiérrez

ES SORPRENDENTE el análisis de
quienes reflexionan estos días en los grandes medios de
comunicación sobre el no al Tratado Constitucional para
Europa en Francia. De acuerdo a la campaña unilateral
por el sí denunciando la «demagogia», el «populismo», el
«radicalismo», etcétera, de sus adversarios, ahora se
ven incapaces de adaptar sus análisis a la amplitud de
su derrota. No comprenden como los pueblos se han negado
a alinearse dentro de la racionalidad del sí. Cuando un
pueblo acepta ratificar un Tratado por referéndum, no
existen dudas; cuando lo rechaza, se intenta quitarle
importancia.
El primer dato es ya de por sí
sorprendente: sólo un 30% de abstenciones, contra el 57%
hace sólo un año, en las elecciones al Parlamento
europeo. Esta movilización ante un tema tan árido -un
texto con 448 artículos, más los anexos, las
declaraciones y los protocolos, cerca de casi 500
páginas- constituye ya por sí sola un inesperado éxito
de la democracia. Los pueblos retoman de nuevo la
participación activa en los asuntos públicos que les
conciernen, y además una participación informada.
Las obras sobre el Tratado
Constitucional han estado durante meses a la cabeza de
los éxitos en las librerías francesas. Frente a la
propaganda del Estado, retransmitida por la mayoría de
los medios, la ciudadanía quiso formarse su propia
opinión asistiendo a miles de encuentros, debates y
lecturas. Comprendieron de esa forma que el Tratado
sometido a su aprobación constitucionalizaba a escala
europea las políticas económicas neoliberales:
prohibición de déficit público, que impide que los
Estados inviertan en mejoras sociales que benefician a
los sectores más desprotegidos; libertad absoluta de
circulación del capital, que beneficia a las
multinacionales y las grandes fortunas, organizando sus
propios paraísos fiscales, evadiendo impuestos y
desmantelando y deslocalizando industrias como estamos
comprobando en León continuamente; privatización de los
servicios públicos (sanidad, educación) que serán para
quienes los puedan pagar.
Comprendieron que el Tratado sometido
a su aprobación rebaja muchas de las previsiones
establecidas en las constituciones nacionales de Europa
respecto a los derechos sociales y laborales. Estos
derechos no son objeto de protección directa por parte
del Tribunal Constitucional, sin embargo sí que se
establecen sanciones para los Estados o particulares que
rompan con el libre comercio o con la liberalización. No
se prevé ningún criterio de convergencia en materia de
salarios, nivel de empleo, o respeto por los estándares
ecológicos. El Tratado constitucional impide que se
pueda establecer, por ejemplo, un salario mínimo
europeo, un sistema europeo de pensiones o un sistema de
salud común. Subordina los derechos laborales y el
empleo, a criterios como competitividad, adaptabilidad
al cambio económico, equilibrio financiero, etcétera,
propios del neoliberalismo más reaccionario. Con sólo
dos artículos se 'despachan' los derechos de las
personas trabajadoras, con una redacción confusa y
ambigua, sin mecanismos concretos que permitan
ejercitarlos, y con una homogeneización o «armonización»
a la baja (de acuerdo al nivel de los países donde están
más desprotegidos).
Comprendieron que el Tratado sometido
a su aprobación sustituye un derecho al trabajo amparado
por el Estado por «la libertad para buscar un empleo y
trabajar». Ya no se menciona en el tratado ni una sola
vez el «pleno empleo». El paro se asume como una
condición estructural del sistema.
Comprendieron que el Tratado sometido
a su aprobación rechaza la igualdad de derechos de
quienes residen en Europa y no poseen la nacionalidad de
un estado miembro. La ciudadanía no se reconoce a todas
las personas que viven, trabajan y están establecidas en
territorio de la Unión Europea, sino exclusivamente a
aquellas personas que tienen la nacionalidad de un
Estado miembro. Esto excluye de toda una serie de
derechos (libre circulación y trabajo, el derecho a
votar y ser elegidas) a unas 30 millones de personas
extranjeras que viven, trabajan y están establecidas con
permiso de residencia en la Unión Europea.
Comprendieron que el Tratado sometido
a su aprobación liquida definitivamente el laicismo,
contradiciendo el principio de separación entre
instituciones públicas e instituciones religiosas dado
que vincula a la Unión a un «diálogo regular con las
Iglesias y organizaciones confesionales», lo cual
legitima un derecho de injerencia de las instituciones
religiosas en el ejercicio de los poderes públicos
europeos. Y además ratifica a perpetuidad los
privilegios adquiridos a nivel nacional de las
instituciones religiosas (concordatos).
Comprendieron que el Tratado sometido
a su aprobación consagra una europa militarista que
apuesta por el rearme al sancionar la creación de
fuerzas militares para intervenir en misiones fuera de
la UE y de una agencia europea de armamento. Las
decisiones del Consejo de ministros en materia de
política exterior y seguridad no están sujetas ni a la
votación del parlamento europeo, ni a la votación de los
parlamentos nacionales (por ejemplo, podrán decidir que
el nuevo ejército europeo efectué una invasión en
cualquier estado del mundo, sin ninguna necesidad de
debate, ni aprobación parlamentaria).
En definitiva, comprendieron que el
Tratado sometido a su aprobación consagra la Europa de
los Mercaderes, la Europa del Capital y de la Guerra y
no la Europa realmente democrática y social de los
pueblos. Han entendió que se está intentando construir
una máquina de guerra que permite deshacerse del
contrato social «sin un solo disparo». Por eso han
votado un masivo no. No ha sido un voto nacionalista o
de rechazo a Europa, como esgrimen los «voceros» del
poder, sino un voto que aspira a otra Europa posible y
necesaria.
Una Europa que reconozca el derecho
de ciudadanía basado en la residencia. Una Europa
social, que esté basada en la homogeneización por arriba
de los derechos fundamentales, en la reducción del
tiempo de trabajo, en la creación de un nuevo pleno
empleo y de servicios públicos de calidad y en el
derecho a una renta básica. Una Europa solidaria con los
pueblos del Sur y del Este y alternativa al Imperio
estadounidense y a las nuevas formas de colonialismo,
que establezca unas nuevas relaciones económicas y
sociales basadas en la ruptura con los principios
neoliberales, empezando por la abolición total de la
deuda externa de los países empobrecidos e instaurando
un impuesto global sobre el capital especulativo y la
eliminación de los paraísos fiscales.
Una Europa de la igualdad en la
diversidad, dispuesta a fomentar el diálogo y el
mestizaje entre las distintas culturas y civilizaciones.
Una Europa basada en el acceso a la igualdad plena de
las mujeres y su autonomía, frente a la Europa
discriminatoria y patriarcal, que reconozca la libertad
de opción sexual y el derecho al aborto. Una Europa
pacífica y libre de armas de destrucción masiva, frente
a la Europa potencia y militarizada. Una Europa
ecológica, frente a la Europa del Prestige, del
consumismo y del despilfarro, que cumpla estrictamente
con el Protocolo de Kyoto y establezca un plan basado en
el cierre de todas las centrales nucleares y el fomento
de energías renovables. Una Europa laica, frente a la
tendencia a imponer un trato discriminatorio en favor de
una Europa cristiana. Han votado no porque «Otra Europa
es posible». En Francia, los trabajadores y las
trabajadoras han demostrado que están dispuestos a
defender los restos que aún nos quedan del Estado del
Bienestar en donde la persona se sitúe en el centro de
la economía y los derechos sociales garanticen realmente
un empleo y una vivienda dignos, así como el derecho a
una sanidad y una educación para todos y todas y no sólo
para quienes se la puedan pagar. |