Hay insatisfacción acerca de la
educación. Resulta paradójico que en los momentos en los
que más alto nivel de expansión ha alcanzado el sistema
educativo en nuestro país aparezcan dudas sobre sus
resultados. Los tipos de denuncias son muy variadas.
Están las que nos hacen creer en lo que denominan
«bajada del nivel» con la admisión en las mismas aulas
de alumnado con necesidades educativas, con dificultades
de aprendizaje, de minorías o inmigrantes. Están las que
centran sus críticas en las leyes que han prolongado la
escolaridad pero han rebajado los contenidos -dicen-
para que todo el mundo pueda pasar de curso. Pero ¿cómo
es posible que, al prolongar el final de la etapa de
escolaridad obligatoria hasta los 16 años, se deteriore
la escolaridad en conjunto, incluso la que es previa? No
faltan quienes achacan los males al hecho de haber «pedagogizado»
la enseñanza, desatendiendo los contenidos. ¿Acaso no se
imparten siempre éstos con o bajo algún modelo
educativo? ¿Es posible enseñar bien o mal sin alguna
orientación pedagógica? ¿Tanto poder de influencia tiene
el dañino pensamiento pedagógico como para deteriorar la
enseñanza? ¿Tan receptivo es el profesorado a esa
pedagogía? Otros apelan a los estudios bilingües para
lamentarse de nuestra precariedad educativa, o a la
falta de disciplina y orden en los centros de
secundaria, que no son capaces de conseguir el
profesorado de este nivel.
El malestar acerca del sistema educativo es general en
bastantes países, no es de ahora. Lo curioso es que tal
desasosiego no parece inquietar a la población, en
general. La educación preocupa en las familias, en lo
que se refiere a la marcha de los hijos, pero no como
problema general que afecta a todos la ciudadanía, como
proyecto colectivo. En los barómetros de opinión del CIS
sobre lo que inquieta en la vida de las personas, la
educación aparece como un problema que tiene el país
sólo para un 4% de la población; un porcentaje que se
mantiene estabilizado en el tiempo. La sensación de que
el sistema no funciona bien la tienen y la airean los
propios profesionales de la educación (sobre todo los
del sistema público y de secundaria) y los lectores de
informes y de estadísticas, sobre todo desde que existen
cada vez más diagnósticos y se comparan los países entre
sí. Aparecer en una tabla en un determinado orden mueve
al orgullo, a la complacencia o a la vergüenza.
Los informes de organismos internacionales hace tiempo
que vienen señalando la crisis de los sistemas
educativos en general. El aumento de expectativas y
aspiraciones populares en materia de educación, la
escasez de recursos ante una demanda creciente, la
inercia de los sistemas y de la sociedad, estarían en el
origen de la crisis. Ocupamos un lugar entre las diez
primeras economías del mundo, pero estamos alejados de
ese puesto en variables corno la protección social, el
gasto en educación, el desarrollo científico, la
proporción de la población con la titulación de
bachillerato, la compra de libros, lectura de
periódicos, dotación de bibliotecas, etcétera. Según los
datos proporcionados por la Comisión Europea, ocupamos,
junto con Portugal el último puesto en cuanto a recursos
dedicados a protección social en general y, por lo tanto
también es bajo el gasto público en educación. A este
dato se une el hecho de que el Estado español es un país
con fuertes desigualdades (la quinta parte de población
con más ingresos tiene una renta que supera en cinco
veces a la quinta parte de la población que tiene menos
recursos en el contexto de países de Ia UE). Son datos
que nos explican el que la política de privatización de
la enseñanza haya sido tan contundente, así como la
insolidaridad de quienes, buscando el beneficio propio,
regatean medios para fortalecer al sistema público.
Cuando estos déficits están señalándonos carencias
básicas, no debemos perdernos en discusiones estériles o
de segundo orden. Seguramente, desde el punto de vista
educativo, es más decisivo para un país la capacitación
del profesorado o el nivel de aprendizaje alcanzado por
la juventud que si la Religión es evaluada o no. Un
análisis del contenido de los medios, sin embargo, nos
daría la imagen contraria. Demasiado ocupados todavía en
polémicas que tendrían que darse por superadas, como el
tener que defender la laicidad de la enseñanza o la
importancia del sector público, presos en disquisiciones
técnico-pedagógicas superfluas, ocupados en asentar el
reparto de competencias en un Estado en proceso de
descentralización sin la contrapartida de contar con los
imprescindibles mecanismos de coordinación y de
compensación eficaces, tenemos la sensación a veces de
estar despistados respecto de los retos que nos plantea
la sociedad del presente, sabiendo cuáles son nuestras
carencias y las raíces profundas que tienen. Superar
esto exige un programa de cambios internos y externos,
contando con el apoyo de toda la sociedad, la cual, a su
vez, debería cambiar también sus valores, prácticas de
educación informal, etc.
Haría falta un aldabonazo que moviera a la clase
política y a todos en general para colocar la educación
como una preocupación esencial en nuestras vidas,
sostener planes a largo plazo, sensibilizar para
aprovechar los recursos de que disponemos, elevar la
imagen de la cultura y de las personas cultas, en vez de
que se ensalce, a través de los medios, la trivialidad y
la estulticia. La educación tendría que ser un reto
prioritario para todo el país. Los objetivos son claros
y podríamos resumirlos en la siguiente relación:
- Incrementar el nivel educativo de la población de
todas las edades utilizando todos los medios.
- Mejorar la cultura que se imparte en el sistema
educativo, para lo cual se precisa: a) Revisar y ampliar
el sentido de lo que son contenidos relevantes. b)
Hacerlos atractivos para el alumnado. c) Aprovechar los
medios disponibles, los clásicos y las nuevas
tecnologías. d) Revisar las prácticas que dificultan
estos objetivos. e) Hacer de los centros algo más que
dispensarios de clases. f) Disponer de un profesorado
bien cualificado, evitando que formen al profesorado
quien no lo haya sido antes.
- Hacer que los contenidos del currículum, así como la
atención que reciba cada alumno y alumna, sean justas
para todos.
- Procurar que todo estudiante aproveche al máximo sus
posibilidades, sin que nadie quede atrás descolgado ni
se impida a ninguno el ir por delante según sus
capacidades.
- Hacer más flexibles las instituciones escolares, el
tiempo de la escolarización, los horarios, las
actividades posibles, los espacios...
- Promover un liderazgo compartido que democratice la
toma de decisiones y haga partícipe a toda la comunidad
educativa en la implicación de un proyecto en pos de
calidad y justicia.
- Todo ello dentro de un planteamiento educativo más
global para desarrollar a personas que sean racionales,
capaces de comportarse libre y autónomamente, ciudadanos
y ciudadanas responsables y solidarios.
- Llamar a todas las partes a la cooperación para llevar
a cabo este proyecto: administraciones, padres y madres,
alumnos y alumnas, profesorado, editores, movimientos
sociales, políticos y políticas, medios de comunicación,
publicistas, sindicatos, etcétera.
- Disponibilidad de medios, incrementando el gasto
público para dedicarlo a objetivos precisos: mejorar la
igualdad y la calidad.
- Establecer sistemas de información para que las partes
intervinientes tengan conocimiento de cómo se desarrolla
este proyecto, así como disponer de mecanismos de
auditoría acerca del cumplimiento de las
responsabilidades que a cada quien correspondan.