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La solución a la crisis
Enrique Javier Díez Gutiérrez. Profesor de la Universidad de
León |
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Los organismos
financieros internacionales han generado un discurso, repetido y
reiterado hasta la saciedad por la mayoría de los gobiernos y los
medios de comunicación, que se ha convertido en un nuevo sentido
común. Han conseguido convencer a la mayoría de la población, como
analiza el famoso catedrático de economía portugués Boaventura de
Sousa Santos, que todos somos culpables de la crisis porque
todos, ciudadanos, empresas y Estados, hemos vivido por encima de
nuestras posibilidades y nos hemos endeudado en exceso; las
deudas deben pagarse y el Estado debe dar ejemplo; dado que subir
los impuestos agravaría la crisis, la única solución posible es
recortar el gasto del Estado mediante la reducción de los servicios
públicos, el despido de funcionarios, la disminución de sus salarios
y la eliminación de prestaciones sociales; estamos en un período
de austeridad que afecta a todos y para enfrentarlo tenemos que
soportar el sabor amargo de una fiesta en la que nos arruinamos y
ahora terminó.
Esta “realidad”, a fuerza de reiteración y de invisibilizar
cualquier otro tipo de análisis, se ha convertido en el nuevo
pensamiento único que se torna evidente por su redundancia. Es
el efecto de la “gota malaya”: gota a gota, el agua horada la roca.
Gota a gota, va calando en la mente y construyendo ese nuevo sentido
común “evidente” e innegable. Y, sin embargo, sólo es real ese
discurso en la medida en que encubre otra realidad de la que la
mayoría de la gente tiene, como mucho, una idea difusa y que reprime
para no ser llamado ignorante, disidente o incluso radical por la
gente “bienpensante”. Esta otra realidad nos dice lo siguiente.
La crisis fue provocada por el sistema capitalista, abanderado en
esta época por un sistema financiero indignantemente lucrativo y tan
poderoso que, cuando explotó y causó un enorme agujero financiero en
la economía mundial, logró presionar y convencer a los Estados (y,
por tanto, a los ciudadanos que son quienes financian con sus
impuestos los Estados) de que lo salvaran de la quiebra y le
llenaran sus arcas sin pedirle cuentas. De este modo, los
Estados se endeudaron increíblemente, por lo cual tuvieron que
recurrir al sistema financiero que acababan de rescatar y éste ha
decidido que sólo prestaría dinero bajo condiciones que le
garantizasen fabulosos beneficios hasta la próxima explosión.
En este escenario, si los Estados siguen de rodillas ante los
mercados, si siguen empeñados en aplicar medidas neoliberales que,
como han comprobado en Irlanda, han llevado a la catástrofe, la
ruina y una crisis aún más profunda a los países, el futuro
inevitable es la recesión, el aumento del desempleo y la miseria de
casi todos. La historia de la década de 1930 del siglo pasado
nos dice que la única solución es la inversión de los Estados, la
creación de empleo, la presión fiscal sobre lo más ricos y la
regulación del sistema financiero. Ya la tercera fuerza política
de este país, Izquierda Unida, ha elaborado propuestas concretas
para una salida social de la crisis: establecer democráticamente
otro sistema económico basado en la intervención democrática de
la economía, en una fiscalidad progresiva y solidaria, en
la eliminación de los paraísos fiscales, en el
restablecimiento del control sobre el movimiento internacional de
capitales y en la gestión de los recursos al servicio de las
necesidades sociales y no del mercado.
Sólo así la austeridad será para todos y no sólo para las clases
trabajadoras y medias que más dependen de los servicios públicos
(educación, sanidad, pensiones, seguridad social, etc.).
¿Por qué quieren hacernos ver que esta solución no es posible hoy en
día? Por una decisión política de quienes controlan el sistema
financiero e, indirectamente, los Estados. Como explica Boaventura
Santos, esta decisión tiene como objetivo debilitar aún más el
Estado, liquidar el poco Estado del bienestar que queda allí
donde todavía existe, desgastar el movimiento obrero hasta el
punto de que los trabajadores y las trabajadoras, sin organizaciones
sindicales combativas que les defiendan, se vean obligados a aceptar
las condiciones de trabajo y la remuneración impuesta
unilateralmente por los empleadores. Como el Estado tiende a ser un
empleador que paga salarios más justos y como las prestaciones
sociales (salud, educación, pensiones, seguridad social) se ejecutan
a través de los servicios públicos, el ataque debe centrarse en
la función pública y en los que más dependen de ella. Para los
que actualmente controlan el sistema financiero y económico mundial
es prioritario, ya no sólo que los trabajadores dejen de exigir una
cuota decente de la renta nacional, para lo cual es necesario
eliminar todos los derechos conquistados después de la Segunda
Guerra Mundial volviendo a la explotación pura y dura del siglo XIX,
sino que se instale en su sentido común más profundo la
inevitabilidad del sistema capitalista en el que asientan esa
explotación (1.400 personas que controlan y gestionan actualmente en
España un capital equivalente al 80% de su PIB).
Tenemos que rechazar la actual retórica dominante, según la cual la
competencia por la supervivencia es un estímulo que favorece la
cohesión social y la solidaridad. Al contrario, la competencia es un
proceso en el que unos ganan y otros pierden. La historia nunca
produjo una sociedad que fomentara el interés común por medio de la
lucha, la competencia y la guerra, inspirada en la defensa y la
afirmación de los intereses individuales. Para alcanzar una
distribución justa de la riqueza común global es necesario avanzar
hacia formas de economía basada en la cooperación, la justicia, la
solidaridad y la eficacia en la administración de los servicios
comunes. Pero tales ideas tienen pocas posibilidades de éxito si
antes no desarmamos al poder financiero a través de una iniciativa
coordinada a escala mundial que una a las fuerzas políticas,
sociales y sindicales de la izquierda anticapitalista.
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