Ficha técnica
La pesadilla de Darwin
Director: Hubert Sauper
Colaboración artística: Snador Rieder y Nick Flynn
Guión: Hubert Sauper
Montaje: Demose Vindevolgel
País: Francia, Austria, Bélgica
Título original: Darwin´s Nightmare
Categoría: Documental
Productora: Mille et une productions, Coop99 Film Produktion,
Saga Films
Duración: 107 m
Año de Producción: 2004
Web oficial
Distribución en España:
SagreraTV
El austriaco
Hubert Sauper firma este multipremiado documental que
denuncia los efectos devastadores de la
globalización en
Tanzania. La exportación de peces al mercado europeo ha
traído consigo un silencioso tráfico de armas, y ha incentivado,
entre otras cosas, la pobreza, la violencia y la prostitución.
¿De qué va La
pesadilla de Darwin?
En los años 60, en pleno corazón de África, una nueva especie
animal fue introducida en el Lago Victoria a modo de experimento
científico. La especie en cuestión, la Perca del Nilo, resultó
ser un voraz depredador que arrasó con todas las especies
autóctonas del lago. El pez se reprodujo rápidamente y se
convirtió en un producto de exportación mundial. Enormes aviones
de carga procedentes de la antigua Unión Soviética aterrizan a
diario para recoger cargamentos de pesca, depositando a cambio
armas y munición destinadas a las innumerables guerras que
asolan la parte central del continente. Esta explosiva industria
multinacional de peces y armas ha juntado en sus redes a
personajes de todo tipo y condición: pescadores locales,
ministros africanos, niños sin casa, comisarios de la Unión
Europea, ejecutivos financieros internacionales, prostitutas
tanzanesas y pilotos rusos.
A 50 toneladas de filetes de blanco pescado
por avión destino al Primer Mundo, casi nadie está libre de no
haber comido alguna vez un pescado que se vende en las
pescaderías como "mero". Los filetes de "mero" no son los de
otra especie que la de la perca del Nilo protagonista de La
pesadilla de Darwin. Cada uno de nosotros contribuimos comiendo
filetes de "mero" a la realidad que se narra en esta paradoja
mortal de la que somos responsables.
Este film, considerado el mejor documental
europeo del 2004, empieza con la sombra de gigantescos aviones
atravesando el lago Victoria, el lago tropical más grande del
mundo, -de 68.000 km2, dos veces la superficie de Cataluña. El
ruido ensordecedor de los motores de los aviones de carga
acompaña a los centenares de miles de pescadores que diariamente
faenan entre redes las aguas del lago a la caza de la inmensa
perca del Nilo. En los años 50 y casi clandestinamente, un
funcionario colonial relacionado con el departamento de pesca,
introdujo esta especie en el lago Victoria que resultó ser un
gigantesco y voraz depredador. A lo largo de miles de años, los
diferentes géneros de peces de las más de 300 especies endémicas
de cíclidos catalogadas, se habían especializado en los
diferentes nichos ecológicos del inmenso lago, muchos de ellos
ciclando los detritos manteniendo el equilibrio natural y la
salud de las aguas. Años después, la perca se ha multiplicado
rápidamente, ha extinguido a más de 210 especies de cíclidos
provocando la multiplicación de algas, la creciente
eutrofización y la consiguiente anoxia en las profundidad del
lago. Pero La pesadilla de Darwin no termina aquí; la perca se
ha convertido en la especie más capturada, impulsando el
florecimiento de una industria privada de procesado y
comercialización de filetes destinados, exclusivamente, a la
exportación hacia mercados extranjeros. En el año 1970 el
volumen de pescado capturado de otras especies ascendía a
100.000 toneladas, veinte años después el volumen de perca
capturada alcanzaba las 325.000 toneladas, representando el 65%
del volumen total de pesca.
Hubert
Saupert deja hablar a los protagonistas del film. A través de
miradas tuertas de impotencia de secadores de cabezas de perca,
canciones de jóvenes tanzanesas prostitutas de pilotos
comerciales y gritos de peleas entre niños de la calle por algo
de arroz o de cola, Saupert explica la desgarradora situación de
25 millones de personas que viven en los alrededores del lago,
más de la mitad de las cuales se encuentra en situación de
desnutrición. Mientras en un bar de pescadores la televisión
recuenta los sacos de harina y arroz de donaciones de ayuda
internacional que aterrizan para combatir las hambrunas que
azotan el país, la exportación anual de perca entre los tres
países que se reparten el lago Victoria (Uganda 43%, Tanzania
51% y Kenya 6%) asciende a los 72 millones de kg (datos del
2002). La comunidad local no se pueden permitir ni tan siquiera
comprar el pescado que ellos mismos han pescado o que han
ayudado procesar. Se limitan a consumir los desperdicios de la
industria procesadora y las espinas.
En España el consumo semanal de perca se
sitúa cerca de las 150 toneladas y, cada día, dos millones de
personas del mundo rico comemos perca del Nilo probablemente sin
saberlo, pensando que es filete de un pez inofensivo. Esta
cantidad de pescado que comemos en el Primer Mundo cubriría las
necesidades básicas de proteina de una tercera parte de la
población desnutrida de los alrededores del lago. Un antiguo
profesor de escuela reconvertido a pescador no duda en su
respuesta enfrentado a la brutalidad con que el mundo
desarrollado somete a estas comunidades: “es la ley de la selva,
el más fuerte se queda con los recursos y, está claro, que el
europeo es más fuerte que el africano”.
No es hasta que el espectador está
completamente inmerso en el brutal expolio de las comunidades a
las orillas del lago Victoria que Sauper empieza a estirar el
hilo de la sorpresa deplorable que nos depara la segunda mitad
del film. Mientras un pescador mira a su hijo cómo con los
brazos extendidos imita el ruido de un motor de avión, comenta
que se sentiría orgulloso que su hijo fuera uno de esos pilotos
que transportan pescado a Europa. “Y podría traer muchas cosas
de Europa... Podría traer... cosas.” La mirada perdida y el
silencio interrogante a modo de respuesta. Las respuestas
esquivas de los pilotos comerciales de la antigua Unión
Soviética cuando se les pregunta qué mercancía descargan cuando
aterrizan hace temer lo peor. Diariamente recogen los últimos
cargamentos de filetes y, a cambio, descargan otras "mercancías"
que pueden estar destinadas a las innumerables guerras del área
central del continente africano.
El director argumenta que “es increible que
allí donde un materia prima es descubierta, los habitantes de
las comunidades locales mueren en la miseria, sus hijos se
convierten en soldados y sus hijas en sirvientas o prostitutas.
Escuchar y ver una y otra vez las mismas historias me pone
enfermo. Después de centenares de años de esclavitud y
colonialismo en África, la globalización de los mercados
africanos es la tercera y más aniquiladora forma de humillación
para la gente de este continente. La arrogancia de los países
ricos hacia el Tercer mundo (que representan 3/4 partes de la
humanidad) está creando incomnesurables peligros futuros para
todos”.
La
pesadilla de Darwin es un film crudo, lleno de detalles y
aderezado con una extraña mezcla de la resignación y la dignidad
que destilan los protagonistas entrevistados, a los que el
director consigue acercarse con asombrosa facilidad. Consigue
estar lo suficientemente cerca de pilotos, políticos y
propietarios de fábricas procesadoras de filetes para mostrarlos
no como villanos sino simplemente como personas que intentan
sobrevivir. Precisamente esto es lo que hace el visionado del
film más revelador: permite experimentar la brutalidad de las
injusticias desde múltiples ángulos con personas "normales",
cercanas como protagonistas. Y revelador; después de la dureza
de estos 107 minutos, difícilmente alguien puede quedarse sin
reaccionar.
Con la excusa de la perca del Nilo, el
director Hubert Sauper nos propone un documental sobre las
miserias de la globalización. Sin embargo reconoce que La
pesadilla de Darwin podría haberse realizado en Sierra Leona
sólo sustituyendo los peces por diamantes, en Honduras con las
bananas, o en Libia, Nigeria o Angola con el petróleo.
Hubert Sauper dedicó varios años a este
trabajo para explicar cómo una parte de los seres humanos del
planeta muere de hambre porque se les roba la riqueza. El rodaje
de esta película duró unos 6 meses de rodaje en África y acumuló
unas 200 horas de filmación. Una parte importante del
presupuesto del rodaje se volatilizó pagando multas y fianzas.
Este documental no deja indiferente. En
Francia hay una campaña de boicot contra la perca del Nilo
procedente del Lago Victoria. En España, diversas entidades
advierten de la pesadilla que supone la alimentación global con
la campaña No te comas el mundo, una propuesta destinada a
promover el reconocimiento de la deuda ecológica, la exigencia
del derecho a la soberanía alimentaria de todos los ciudadanos y
a desmontar los mitos creados sobre esta temática.
¿Sabías
que...?
Los medios para rodar el documental han sido mínimos. En la
mayoría de las ocasiones tan solo estaban presentes Hubert
Sauper y su colaborador Sandor Rieder. Para rodar en un lugar
como Tanzania tuvieron que hacerse pasar por todo tipo de
personas menos cineastas. Para viajar en los aviones de carga se
identificaron como pilotos, en los poblados los confundían con
misioneros, y en las fábricas de pescado pensaban que eran
inspectores de sanidad pertenecientes a la Unión Europea. Fueron
empresarios australianos en los bares de los hoteles e
inofensivos mochileros que hacían fotos en los montes de África.
La policía y los militares los detuvieron en varias ocasiones,
llegando a ser acusados de rodar una película porno. Parte del
presupuesto del documental fue destinado a pagar las
correspondientes multas y fianzas.
Análisis
Érase
una vez un país situado en la zona de los Grandes Lagos, una de
las más hermosas del planeta, si hemos de hacer caso a
Kapuscinski y su Ébano. Habituado a guerras tribales,
hambrunas periódicas, gobiernos corruptos y SIDA pandémico, esta
tierra maldecida por los Dioses creyó por un momento que la
suerte se le ponía de cara cuando un extraño y descomunal pez
empezó a colonizar el limítrofe lago Victoria, para regocijo de
propios y (sobretodo) extraños.
El país se llamaba Tanzania y sus jerifaltes
no querían saber nada de viejas rencillas entre hutus y tutsis.
Habían aprendido de sus colegas occidentales a promocionarse, a
"vender" los atractivos económicos de su tierra sin preocuparse
de desagradables asuntos secundarios, como la miseria que
reinaba entre sus conciudadanos o la altísima tasa de mortalidad
infantil.
Como una bendición, pues, fue recibida la
implantación de numerosas fábricas en la orilla del lago,
encargadas del procesado y manipulación de tan preciado
alimento. Un pescado que, además, comenzaba a gozar de una gran
demanda en los mercados europeos y japoneses. La perca del Nilo,
lo llamaban. «Auténtico oro en barras», les aseguraban
analistas y observadores, que auguraban un vuelco en las
desalentadoras estadísticas de crecimiento que manejaban.
La noticia se extendió como la pólvora por
toda la región: de Tambora a Dodoma, de Mbogo a Morogoro. ¡Había
trabajo! Bastaba con abandonar unas tierras de labranza que
apenas cubrían las necesidades de subsistencia de una siempre
numerosa familia africana y hacerse pescador, allá en Mwanza.
Por fin iban a tener la oportunidad de demostrar su valía.
Podrían ganar dinero, ofrecerles un futuro mejor a sus hijos.
¡Quién sabe si incluso podrían ir a la escuela y todo!
El todopoderoso Fondo Monetario Internacional
alentaba la iniciativa privada, animando a empresarios y
emprendedores en general, interesados en la explotación de una
especie que indudablemente redundaría en infinitos beneficios
para los habitantes del lugar. Cierto es que este animal —que
parecía extraído de las profundidades abisales del Pacífico—
había acabado con todas las demás especies autóctonas, debido a
su increíble voracidad. El depredador —implantado en la zona
hacía cuatro décadas no se sabía muy bien por quién— se había
encontrado en una auténtica balsa de aceite: un genuino
"comedor" donde podía servirse a su antojo, devorando bancos de
sorprendidos pececillos incapaces de oponer resistencia alguna.
Dinero llama a dinero. Desde Europa, decenas
de aviones despegaban cada día con destino africano, para volver
cargados de suculentos filetes de la dichosa perca del Nilo. No
parecía haber nada malo en aquella relación claramente
simbiótica: los parabienes del capitalismo se demostraban una
vez más. Si ofertas un producto de calidad, la demanda va a
crecer. Y si además eres capaz de minimizar tus costes fijos
(con un sueldo que, con todo, a los deprimidos africanos les
parecerá una millonada), el negocio se antoja redondo.
Pero hete aquí que "algunos factores
externos" comienzan a desarmonizar el conjunto. Resulta que el
súbito incremento de la población masculina —la única válida
para echarse a la mar y capturar ese pescado que las fábricas le
arrebatarán de las manos por un precio irrisorio— provoca un
flujo migratorio, en paralelo, de mujeres dispuestas a cubrir
los "apetitos animales" de sus nuevos convecinos. Las comunas
obreras quedan así constituidas por dos clases de explotados: la
mano de obra (que trabaja durante el día) y las prostitutas (con
una jornada eminentemente nocturna). Existe también un tercer
tipo de desarrapado: los niños. Esos niños que nadie quiere, que
nacen no se sabe muy bien cómo ni porqué y que vienen a
amargarle a uno la vida cuando no ha cumplido ni los quince
años. Hay que deshacerse de ellos, claro está. Abandonarlos a su
suerte en las calles, donde se juntarán con otros de su misma
estirpe anónima y lograrán así sobrevivir entre montañas de
detritus, esnifadas de cola y sodomizaciones de compañeros
mayores, igualmente drogados.
Quizás la cosa mejoraría si utilizasen
condones. Pero el curita local lo tiene claro: eso no es seguro,
hombre… ¡y además es pecado! Un analfabeto impartiendo clases de
ética a otros analfabetos… de vez en cuando aparecen
evangelistas con sed de conversión y les pasan películas
—¡menudo acontecimiento!— donde uno al que llaman Jesús logra
capturas olímpicas en un mar calmado…
Los
aviones que aterrizan en la pista de un aeropuerto bacheado, sin
controlador aéreo cualificado ni medios para retirar a algunos
de los aparatos que han tenido menos suerte en alguna maniobra
de aproximación, yéndose a estampar contra el asfalto; esos
aviones rusos tan baratos, digo, vienen tripulados por gente que
moja en alcohol y sexo la culpa de servir a unos intereses
despreciables, que no comprenden pero intuyen…
Porque lo terrible no es que les robemos
—literalmente— la comida que podría paliar la hambruna que
padecen 2 millones de personas (aunque las autoridades bananeras
se nieguen a reconocerlo, no vaya a ser que se frene el ímpetu
inversor). Tampoco es lo más terrible saber que cocinan las
sobras, aquello que los europeos tiramos al cubo de la basura. O
el ver una de las imágenes más duras del año: niños pegándose
por un puñado de arroz.
No. Lo más inconcebible —aunque intuido
durante todo este cuento, pues en el mundo de ahí fuera el lobo
feroz se jala a Caperucita después de beneficiársela, el
flautista de Hamelin acaba de proxeneta con su legión de
infantes, la Blancanieves haciendo la calle en pos de un
príncipe por horas y lo de los siete enanitos con la Bella
Durmiente … mejor ni te lo cuento— es que esos gigantescos
aviones de carga no vienen sólo por el pescado. Eso sería sólo
un expolio amoral y los occidentales con pasado colonialista
estamos relativamente acostumbrados a rapiñar recursos naturales
ajenos. Pero lo que hemos visto hasta ahora es únicamente el
viaje de vuelta. Y conozco pocos transportistas —por tierra, mar
o aire— que vuelvan de algún sitio… sin haber llevado algo en la
ida.
En el viaje a África esos aviones no van
vacíos, no. Traen armas, esas armas que importamos desde Europa
para que se perpetúen las guerras, esas guerras que
paradójicamente sus futuros contendientes parecen ansiar
largamente, como única posibilidad de abandonar la miseria y
alistarse en el ejército, donde los salarios son más dignos. A
cambio, ¿qué pueden perder? ¿La vida? ¡¿Qué vida?!
Esas guerras que después trataremos de paliar
con nuestras misiones humanitarias, nuestra verborrea de
funcionario de Bruselas, nuestra hipocresía antiamericana…
porque en este cuento, somos nosotros los malos. No hay
republicanos fascistas ni familiares de Bush ni la sombra
pérfida de Washington. Hay, eso sí, residuos colonialistas
—mirando un mapa de África, sigue sorprendiendo la inquietante
presencia francesa, ¿les he contado alguna vez que una de las
causas del genocidio ruandés fue una disputa francófona? Mejor
otro día, no se me vayan a deprimir—. Residuos de una Europa
sonriente, encantada, dialogante. Podrida.
La
pesadilla de Darwin nos baja del limbo con un golpe de
culata (culata manufacturada en algún lugar no tan lejano…
quizás en nuestro propio país). Es nuestra decisión pretender
seguir creyendo que nada extraordinario ocurre o informarnos
sobre una tropelía que —hasta ahora sin saberlo— ayudamos a
consumar. Si quieren saber algo más sobre el tema, les invito a
que visiten (ya no como oidores de un cuento, sino como
conocedores de una realidad cruenta) la web
www.notecomaselmundo.org. En ella descubrirán, sin ir más
lejos, que en Mercabarna (Barcelona) se vendieron el año pasado
2 millones de kilos de perca del Nilo, la mayoría procedente de
ese mismo lugar que vemos en la película. La venden en nuestros
mercados y pescaderías, convenientemente filetada y etiquetada a
veces como mero... a precios sorprendentemente (¿o no tanto?)
asequibles.
No se pierdan este cuento de terror,
escenificación cruenta de la batalla norte-sur, genuina guerra
de los mundos, genuino exterminio. Pero sin un final alentador
que llevarnos a la boca.