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Aportaciones al debate de la Conferencia Política del PCE


Aportaciones del Partido Comunista de Galicia



Partido Comunista de Galicia / 28-29 jun 08

Sin entrar en los contenidos de un discurso, casi siempre sus formas de expresión revelan condicionantes que nos pasan inadvertidos, al formar parte del medio que nos rodea, del que no es fácil ser consciente. Desde dentro de una nube no se ve la nube.

Así, podemos dejar de notar el sesgo inquietante de un lenguaje muy común en la última IU, como se puede ver en documentos recientes de la dirección federal.

De su último documento conocido son expresiones como: "discurso ilusionante"; "proceso ilusionante"; "modernizar y renovar nuestros lenguajes"; "apertura, dinamismo, visibilidad institucional"; "discurso inteligible y atractivo"; "política creíble, ilusionante y realista"; "algo asequible y atractivo"; "nueva organización, nueva manera de ser y estar"; "utilidad política"; "organización abierta, plural, amable"; "no tenemos más límites que nuestra imaginación"; "valor añadido"; "nos hará más creíbles"; "medidas de liberalización económica después de largos años de penuria"; "priorizar la empresa innovadora, democrática y socialmente responsable"...

Es evidente la intención vacuamente publicitaria de tales conceptos, casi todos vacíos de contenido, salvo el de centrarse en promocionar la imagen de la organización, y su aceptación acrítica de ideas corrientes del sistema. Se trata de vender IU como un producto atractivo, manteniendo una vaga referencia a ideas de cambio que al fin y al cabo reparten todos los partidos, sean de "derecha" o de "izquierda".

En realidad, la venta de imagen viene de bastante atrás.

Cuando el PCE lanzó la política de reconciliación nacional, sustancialmente justa, se trataba sobre todo de acabar con la dictadura. En la perspectiva desarrollista de la época era impensable en occidente una revolución, y era lo correcto aglutinar a las fuerzas democráticas. Existía el campo socialista, contrapeso de un sistema con el que trataba de competir. Quedaba muy lejos la idea de los límites objetivos del crecimiento y no era previsible que en la carrera del desarrollo el socialismo real quedara fuera de combate.

La búsqueda de un frente común y la urgencia ante la muy previsible muerte del dictador, impulsó a anticiparse a otras salidas del régimen, con la creación de la Junta Democrática. Como no se pudo hacer con fuerzas reales, casi inexistentes, se improvisó con dos o tres personajes independientes; y fue un acierto que impidió el aislamiento del PCE. Así se pudo participar en la transición, bien que con grandes rebajas de la meta original.

Se pasó de nuestra ruptura a la reforma de Suárez, disfrazada con el eufemismo de ruptura pactada.

De este segundo eufemismo (porque el primero había sido presentar como Junta Democrática a un grupo reducido de notables) deriva una tendencia a la cultura de la imagen, en la que hemos acabado siendo víctimas de nuestro propio lenguaje.

Ante cada renuncia, una justificación. El eurocomunismo era la aceptación de que sólo quedaba una vía: participar en la corriente general, con la esperanza de desviarla hacia el socialismo, profundización de la democracia (eso es totalmente cierto, pero se ocultaba el hecho de que la democracia capitalista, y más la resultante de la reforma en este país, es una falsificación, cosa que ahora está más clara).

Llegamos a pensar que la transición era sobre todo una criatura muestra, y como tal la alabamos sin crítica, como lo único que se podía hacer. Eso se llama en román paladino hacer de necesidad virtud.

Surge Izquierda Unida, y se repite la ficción de la Junta Democrática. Es igualmente una política correcta, pero cuenta con la misma debilidad de partida. Como no puede montarse con verdaderas fuerzas sociales, casi inexistentes, o con partidos consistentes, se articula sobre personajes que se representan a sí mismos (Castellano o Tamames, como antes fueran Trevijano o Calvo Serer), y partidos casi fantasmales (republicano, PASOC) o de incierta trayectoria (partido humanista). Se sale nuevamente del paso, pero no se ha conseguido una verdadera Izquierda Unida. Otra vez creamos imagen.

A lo largo de todo el camino, tanto el PCE como IU se van desangrando, con la salida continua hacia la derecha de personajes que no hace falta citar, pero que acaban casi indefectiblemente en la casa común del PSOE.

Erróneamente se interpreta que no estamos suficientemente a la derecha para competir dentro del sistema, y se produce en cadena una tendencia a acompañar las políticas del PSOE, mientras éste deriva indefectiblemente hacia las políticas del PP.

Con este arrastre se va orientando a la sociedad hacia una derechización imparable. Casi nadie previó que el colapso del socialismo en los países del este era sólo el primer acto de la crisis general del sistema desarrollista en un mundo con límites naturales. El capitalismo finalmente implantado a escala mundial tiene los días contados, pero eso no es masivamente percibido, y seguimos con políticas, y lo que es peor, con ideas para un mundo cada vez más próspero, cuando se acerca otro muy distinto.

La nueva y previsible situación nos coge mal preparados. Los trabajadores se encuadran en unos sindicatos claudicantes, economicistas, regidos por funcionarios dispuestos al diálogo social y a la concertación, en definitiva al posibilismo, que son más un soporte que una oposición al sistema.

Llevamos ya mucho tiempo tratando de ampliar el campo de la izquierda, intentando ganar en amplitud lo que vamos perdiendo en coherencia y profundidad. Y los resultados son contrarios a la intención, porque cuanto más intentamos ilusionar, menos ilusionantes son las propuestas. El fenómeno no se da sólo en España: Francia e Italia, los otros países del eurocomunismo, tras las sucesivas rebajas han ido a parar al mismo punto. Por aquí no se va a ninguna parte.

Queremos dejar clara la idea de un movimiento amplio, como debería ser IU. Es una buena idea.

Un único partido no puede esperar a que lleguen a aglutinarse dentro de él todas las fuerzas que hay que acumular para que sus planteamientos lleguen a ser hegemónicos. La cohesión en torno a un cambio revolucionario no es un punto de partida, sino de llegada. No hay que volver a un espíritu de secta, de los pocos buenos... pero aislados.

Pero la nueva hegemonía necesaria debe partir de que sus partícipes acepten inequívocamente algunos principios fundamentales:
· El conocimiento que se ha tenido alguna vez puede desaparecer. La cultura socialista basada en la experiencia, en la teoría y la práctica del pasado no es hoy acervo común de la clase explotada.
· Esta pérdida, en aras de la inmediatez, nos ha hecho olvidar las contradicciones intrínsecas del sistema capitalista, aparcar nuestra interpretación de los hechos de la historia y llegar a creer que el sistema es invencible.
· Hemos ido abandonado, con las palabras, los conceptos; con los conceptos, las ideas, y con las ideas, los proyectos
· En lugar de cambiar la sociedad, hemos cambiado nosotros. La ética que nos hizo fuertes se ha convertido en juego estratégico que nos hace débiles.
· Una interpretación mecanicista de la historia lleva a abandonar la voluntad como factor de los cambios. No se hacen cambios sin la intención de hacerlos.
· Hoy es ya evidente la certeza de la interpretación marxista de la realidad, y la utilidad de nuestra crítica para anticiparnos a lo que vendrá.
· Sin un análisis de cómo evolucionan las necesidades e intereses de los trabajadores como clase frente al capital, contradicción principal y fundamento de todas las demás, las luchas que inevitablemente se avecinan serán, no de clases, sino de clanes. Las soluciones serán nacionalistas, fascistas, racistas... Funestas en suma para la inmensa mayoría.
· El sujeto revolucionario es desde ahora el ser humano, y el enemigo es una máquina ciega, el capital, pero subsidiariamente lo son sus defensores, sea por intereses o por ideología.
· Nuestro papel (o el de los que ocupen nuestro lugar, si no lo sabemos hacer nosotros) es crucial para crear una cohesión que hoy no existe, y que no surgirá como movimiento espontáneo, porque necesitará siempre una articulación política.
· El desprestigio de la política es una realidad, pero su necesidad es objetiva. Urge la batalla de las ideas, basada en el conocimiento de cómo son las cosas. Pero la polis, hoy, es el mundo entero, y sus ciudadanos son todos los seres humanos, tanto presentes como futuros.

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